sábado, 24 de septiembre de 2011

Realpolitik

         Otra vez me meto donde no me llaman. Pero bueno, eso son algunos blogs, ¿no? Un batiburrillo de desajustes mentales. Pues eso.

Si hay algo que se me escapa, como si estuviese en clave, encriptada, es la política. A ver: comprendo que es muy importante –posiblemente lo más importante, ya que en el momento en que estamos más de dos todo se complica y hay que organizarse, como en el chiste-. Pero no, no lo pillo.

Antes era más fácil. Antes de la Revolución Francesa y Americana, digo. Siempre mandaba uno, y ya está. De vez en cuando quería mandar otro, y se hacía la guerra o se ponía veneno en la comida del que estaba, y listo. Luego se limpiaba la sangre y los destrozos, y venía el chamán de turno a bendecir lo sucedido y a decir que a Dios todo aquello le parecía muy bien. Después –y antes- el chamán hablaba al oído del nuevo mandamás. Bueno, más bien le metía la lengua por una oreja, limpiaba la concavidad interna del cráneo con la sinhueso y la sacaba por la oreja opuesta a la primera. Así había sido siempre, vamos.

Luego llegó el XIX, las derechas y las izquierdas, las elecciones, y las cosas se volvieron más difusas. Pero es igual, vamos al lío. A ver, hoy, en España: ¿qué pasa? Pues vaya usted a saber, que diría aquel. Va un intento de descripción. 

Hay dos grandes partidos, y luego otros. Los otros son menores, pintorescos, o se quieren ir. Éstos últimos están pero sólo de momento, mientras no puedan irse. Resumiendo: “el tsunami bipartidista”, que dijo un montón de veces Llamazares aquella noche en que perdió tropecientosmil votos.

Yo creo que estarían bien dos cosas, aunque dentro de un rato posiblemente piense lo contrario o cualquier otra cosa: o que la democracia fuera más real –listas abiertas, que la gente no tenga que dejar su alma por el camino para ser primero nombrado dentro del partido y luego al llegar al poder ya no cambiar nada porque el Sistema lo ha cambiado-, o que, puesto que ya se sabe que van a mandar ellos dos alternativamente, que llegaran a unos puntos mínimos de acuerdo. ¿Hay que tener un déficit del carajo? No. ¿Hay que mantener la educación, sanidad y protección social públicas? Sí. ¿Debemos dejar que la fauna y ecosistema propios de Telecinco sigan reproduciéndose sin control alguno? No. Puntos sencillos, vamos.

Jeje. Qué tontería más grande. Les prometo que no he bebido. Claro que no hay puntos sencillos. Si uno de esos partidos dice algo que está bien, el otro dirá que está mal. Y lo que es peor, si uno dice que algo está mal y lo está de verdad, el otro dirá que está bien y no hará nada al respecto. Ninguno asumirá responsabilidades ni dimitirá nunca, bajo ningún concepto. ¿Cuándo oiremos decir a un político “lo siento, me equivoqué, he defraudado a mis electores y pido perdón”? Nunca dirán “me arrepiento”. Porque en este país cualquiera que haya rozado mínimamente el éxito en el campo que sea tiene que decir “ha sido muy duro, cambiaría algunas cosas, pero no me arrepiento de nada”. ¿En qué quedamos? ¿Cambiar algo no es arrepentirse en cierta manera? Qué chulería. Es como si los delitos y las faltas se desdibujasen o perdiesen gravedad porque los del otro partido son los que han puesto la denuncia.

Luego, aún habrá alguno que se extrañe de que la gente se canse, y pase de todo. Hay mucha gente indignada, y de todos ellos, los que han estado en la Puerta del Sol o en otras manifestaciones son un porcentaje mínimo. “Son unos perroflautas”, dirán en El Mundo. “Son los de la ETA, que diversifican su estrategia para confundirnos”, dirán los de Intereconomía y La Gaceta. Chorradas. Es gente harta. Y hay mucha gente harta, desvinculada.

Siempre he tenido una idea estúpida acerca de los políticos. En el fondo, me recuerdan a los artistas –músicos, principalmente- que se ponen frente a un auditorio. Están ellos, su trayectoria, y sus cojones para que todo encaje. Su soledad es la del músico que viaja de bolo en bolo. Saben que fuera del poder hace frío, mucho frío. Lo primero es ser elegidos, lo segundo ser reelegidos. Y eso lo comparten todos, es su modo de vida. Por eso los rivales políticos se saludan como si nada después de decirse todo lo que se dicen cuando las cámaras graban. Se miran a los ojos y saben que están en política, y en un instante se comprenden y confraternizan. Otras veces en que me encuentro más bienintencionado pienso que esa cordialidad en lo personal es necesaria, algo así como vías abiertas para que la comunicación siempre sea posible entre modos diferentes de entender la sociedad, igual que entre la gente a la que representan. No sé, ya digo que sobre este tema tengo más dudas que de normal, si es posible.

Nada cambia mientras tanto, y los mercaderes y chamanes se frotan las manos, y susurran a los oídos de los políticos, lubricándolos. Y es que ya se sabe: pequeños cambios son necesarios, de vez en cuando, para que todo siga igual.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Hermann Hesse


El otro día, mi biblioteca llegó a los 1.000 ejemplares. Soy un friki de muchas cosas, y entre ellas se encuentran los libros. Cada vez que compro uno, lo numero e introduzco sus datos principales en una base de datos. Y si el libro es de literatura, uso otra base complementaria, con más información todavía, en la que especifico por ejemplo si el libro es una novela, o es un conjunto de relatos o cuentos. En ese caso, los detallo uno a uno: su nombre, página del libro en la que se encuentra… La última columna de cada uno de los libros que reseño es una con mis comentarios, tras haber leído la obra en cuestión. El leer cronológicamente esa columna es un modo de recordar con cierto detalle las distintas pedradas mentales que he ido sufriendo, y que son básicamente circulares y no van a ninguna parte decente. En total: 1.003 libros (437 de literatura), en los que hay -entre novelas, cuentos, relatos, artículos, memorias…-  2.306 obras literarias.

Y también el otro día, pensando acerca de la biblioteca, me pregunté por el autor hacia el que puedo sentir más cariño, ese del que siento más cercano. Y no tengo ninguna duda. Algunos autores me habrán hecho reír, otros pensar; algunos han sido simplemente un rato fantástico, que ya es mucho. Otros te invitan a su propio mundo y no puedes más que entrar sin hacer ruido y dejarte llevar por hechos y personajes más reales que muchos de ahí fuera. Sin embargo, ninguno ha sido como Hermann Hesse.

Recuerdo haber visto siempre en casa dos libracos gordos y feos –hoy numerados como el 231 y 232 de la biblioteca- con sus cuentos y novelas cortas de juventud. También estaba por ahí Shiddartha, hoy desaparecido por préstamo indebido a un alumno –todos los préstamos de libros son un error, independientemente del beneficiario-. Luego llegó El lobo estepario, en edición de Círculo de Lectores, serie Biblioteca de Plata, prologado por Mario Vargas Llosa. Éste lo he leído tres veces, y creo que hasta la tercera lectura –hace apenas dos años- no me había enterado del todo de que el autor critica –o reprende, al menos- a los lobos esteparios, en vez de halagarlos.

Nietzsche, Apolo contra Dionisio, como en segundo de Bachiller. Citando del libro: “Se me antoja que eres prudente de un modo estúpido, justamente como un profesor”. “Yo estaba lleno de anhelos ardientes, lleno de angustia sofocante, y me agarré fuertemente y con fiereza a María, recorrí una vez más, ávido y ebrio, todos los senderos y malezas de su jardín, me cebé una vez más en la dulce fruta del árbol del paraíso”.

Demian tal vez sea su libro más autobiográfico –todos lo son-. El recorrido vital de un chico que va creciendo y tiene que hacer preguntas, y responderlas. “Cada uno tiene que descubrir por sí mismo lo que le está prohibido”. “Otros sienten en sí su propia ley”. Y de nuevo Dionisio contra Apolo: “Usted desea y al mismo tiempo se arrepiente de ello con miedo. Hay que superar eso”. 

Y para ir acabando por hoy, mi preferido. El juego de los abalorios. Se publica en 1.943, cuando posiblemente Hesse ya sabe que su nación, Alemania, va a ser derrotada de nuevo, como 25 años antes. En la Primera Guerra Mundial le acusaron de anti-patriota por no vociferar a favor de la guerra y apartarse de todo, en la Segunda sobrevivió en Suiza. “Había llegado al final de mi carrera, había perdido la alegría verdadera en mi trabajo y había llegado el momento de acabar con la molesta situación. Una vez más había franqueado un peldaño, atravesado un espacio”. 

Más cuentos, artículos periodísticos… Una vida buscando, inadaptado y entregado al arte: "Todas las cosas poseen una faceta bella, aun las cosas feas o desprovistas de interés; sólo hace falta saber mirar". Apolo, Dionisio; Dionisio, Apolo. “Si en los años juveniles he aspirado a la sabiduría, ahora todo mi esfuerzo se encamina a ser un insustancial. Y no siempre lo consigo, pero sí con bastante frecuencia, y me divierte mucho”.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Basura I

Hoy inauguramos una especie de sección, o algo así. Estoy ilusionado: creo que me lo voy a pasar bien escribiéndola, y espero que guste. Comento algo sobre ella.

Primero, el porqué del nombre. La palabra “basura” en castellano tiene diversas acepciones. Una de ellas, –la quinta-, dice: “cosa repugnante o despreciable”. O la sexta: “en aposición, sirve para indicar que lo designado por el sustantivo al que se pospone es de muy baja calidad”. Así: comida basura, contrato basura.

El otro día, Ana Rosa Quintana dijo: “No hay telebasura: hay televisión que la gente ve o no ve”. Un razonamiento poderoso, sin duda, con ramificaciones filosóficas, y todo. Vamos a jugar con él. Es como si digo: “el animal negro que avanza a por ti por la calle Estafeta arriba el 8 de julio a las 8 y dos minutos de la mañana no existe: simplemente hay un toro que la gente ve o no ve”. La frasecica tiene su cosa, después de todo: la cara oculta de la luna, ¿existe? La mitad que no vemos de una manzana porque está del otro lado, ¿es real? Hume decía que no podíamos estar absolutamente seguros de ello, así que en parte un poco por lo menos el filósofo está con Ana Rosa. No sé, igual Quintana tiene razón. Sin embargo, continuando con la RAE, resulta que la telebasura sí existe como palabra, si bien todavía de un modo coloquial: “conjunto de programas televisivos de muy baja calidad”.

De todos modos, prefiero más la primera palabra, "basura", a secas. Es más amplia, deja más posibilidad de maniobra. Por ejemplo, si acotara esta sección sólo a la basura televisiva, no podría meterme con lo que salga en el Hola o en el Diez Minutos, quedando fuera material sensible e importante a tener en cuenta.

Tenemos pues un nombre, una definición –un Qué-: Basura. Y está bien, para empezar. Pero hacen falta más cosas, a modo de ingredientes en una buena receta. Por ejemplo, un Dónde. Un lugar físico donde se produzca basura. Automáticamente se me viene a los labios la palabra Telecinco. Pero apenas me mojo los labios con la palabra, al modo Ortega Cano, no la bebo totalmente hasta triplicar lo permitido; no abuso de ella, por ahora. También hace falta un Quién: ahí tenemos a los personajes basura, periodistas basura, tertulianos basura. ¿Algo más? Sí. Un contenido, una mercancía: las noticias basura.

Respecto al Cuándo, esto va a estar más complicado. ¿Desde qué momento podemos utilizar ya la palabra Basura sin temor a equivocarnos? Difícil. De hecho, según Ana Rosa todavía no hemos llegado a ese estadio. Así que no me mojo, simplemente me limito a apuntar algunos hitos en este camino hacia las cloacas: la boda de Grace de Mónaco con Rainiero, la irrupción de la Presley como Valor en Sí –desapegada de sus maridos, eclipsándolos-, la boda de Lolita con la iglesia llena de gente borrega que se acercaba hasta el altar a mirar a una Lola Flores desesperada, la boda de la hija de Rocío Jurado con un guardia civil que hoy sigue en el negocio de la Basura, las fotos de Mar Flores en la cama con el Lequio, la irrupción de Aquí hay Tomate, o la de la Esteban –nuestra Lady Gaga-, las maricas malas telecincas, lo de la Pantoja y el Muñoz y la Zaldívar, el Paquirrín hecho hombre y comenzando a facturar en serio… No sé, es complicado. ¿Cuándo comenzó todo? Vaya usted a saber. El problema es que comenzó, y que no para.

No se detiene esto de la Basura, nunca descansa. ¿Se han fijado en la capacidad exponencial de obtener cada semana algo peor y más grotesco a lo de la semana anterior? ¿Qué industria tiene tanto I+D+I, tanta creatividad y capacidad de generar nuevos talentos, carne fresca? Más madera, por favor; más basura. La gente quiere más.

Esto de hoy no es más que una pequeña introducción, voy a ir acabando ya. De vez en cuando haré algún comentario a algo que haya visto en la Basura, sin pretensiones pero con evidente mala uva. Ahora mismo no me resisto a ir a la web de Telecinco y pescar un poco, a ver qué hay. Ardo en deseos. Pincho en Deluxe –hay basura de lujo, oigan; VIP’s basura, celebrities basura-. Rosa Benito confirma que seguirá de colaboradora en el programa. Dice que a pesar de las críticas de los kikos. Los que faltaban, los neocatecumenales metidos en todo esto (es broma). Hay una ventanita para abrir un vídeo, en la imagen detenida está un Jorge Javier Vázquez algo desmejorado junto a una sonriente Rosa Benito, toda guapa y exitosa, en la cresta de la ola. Pero no abro el vídeo; me da miedo, y hoy ya tengo mis párrafos.

Pincho más abajo, donde pone “Todo el Deluxe”. Dios Santo. Pone: “Desnudos parciales e integrales, abandonos de plató, discusiones, rumores, enfrentamientos… Todo puede pasar en la edición nocturna de lujo de Sálvame”. Vaya, debió pasar de todo. Jo, y me lo perdí. Debajo del texto anterior hay nueve fotos:  siete mujeres y dos hombres. Al pie de una morena bien guapa pone: “Una ex de Kiko Rivera le acusa de no cumplir en la cama”. Será porque no te gusta el sexo por aplastamiento, querida. Sale también otro Kiko, el Matamoros: “Kiko pide perdón”. Tiene el rostro extraño, no sé, como arrepentido. Está tristón. Qué pobrico, me está dando hasta pena. Y el Amador Mohedano: “Ortega Cano quiere que Rosa gane SV”. Este tío de perfil tiene un aire al nuevo presidente de la Comunidad Valenciana, tipos augustos.

Una vez leí que Roberto Bolaño solía ver “Gran Hermano”. No sé, los genios son muy suyos. Yo lo que no pienso perderme de la Basura es el día en que salga Ortega Cano a cobrarse ante las cámaras el toro más difícil de su vida.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Metamorfosis

Hoy he estado de concierto. Mozart, y la Metamorfosis de Strauss. Se me ha ocurrido una pequeña historia.


En cuanto los violonchelos y los contrabajos comenzaron, supo que todo iba a cambiar. Pero lejos de cualquier optimismo, lamentó haber hecho caso a su hermana, y haber acudido. Se avergonzó de que, acabada la guerra hacía ya 6 años, y habiéndose creído preparado para no mostrar sentimientos, aquellos primeros compases le desarmaran de inmediato, como a un niño pillado ante una falta. Metamorfosis, de Richard Strauss. Se había estrenado en el 46, y la obra era un homenaje a la Ópera de Munich, destruida por una bomba. Pero él, en aquel momento, después de más de 10 años sin asistir a un concierto, no pensó sólo en edificios arrasados por las bombas. Sonrió.

Recordó el momento de abandonar los barracones destruidos y cubiertos de nieve en que se encontraba su regimiento, en Stalingrado, para recoger los restos de su mejor amigo. El fuego enemigo frente a ellos había cesado tras un bombardeo preciso de artillería desde la retaguardia. Salió del escondrijo y tomó aire, pero, pese a las temperaturas bajo cero, olía a muerte. De su compañero y de los otros dos que murieron con él en el bombardeo de un par de días antes pudo recoger alguna pierna y las tres cabezas. De la parte central de los cuerpos no encontró nada. La cabeza a la que le faltaba la mitad era la de su amigo, Hans.

En el escenario, 23 instrumentos solistas de cuerda competían frente a él para imponerse, buscando sin lograrlo una melodía y un hueco en un mundo que ya no existía. No buscaba entender nada pero apreciaba el dolor, y eso era suficiente. Los sonidos se apoderaban de él como una enfermedad, todavía no estaba preparado para la música. Dedujo que nunca lo estaría ya. Con Hans hablaba de todo, también de música. Por un momento pensó que su amigo estaba sentado a su lado. Su hermana a la derecha, Hans a la izquierda. Miró en esa dirección y sentada, mirándole, una mujer lloraba como él, en silencio. Apartaron la mirada a la vez, y bajo sus ojos húmedos cuatro mejillas empapadas de lágrimas se iluminaron algo con la luz del escenario.

Se disparó en una pierna para escapar del cerco de Stalingrado por avión, antes de que fuera demasiado tarde. Era tan arriesgado como quedarse y confiar en que el IVº Ejército les rescatara. Podían descubrir su traición y matarlo allí mismo, sobre las pistas del aeródromo a unos metros de la salvación, o tirarlo a una cuneta para no malgastar una bala y que muriese de frío. Pero consiguió un hueco en un avión. Salvó su vida. Se preguntó dónde estaría Hans.

La orquesta se ha detenido un momento, han sido cuatro segundos. No está prestando atención, las cuerdas sobre el escenario siguen buscando algo, perdidas, apagándose. Los violines se apoyan en la dominante, bajan hasta la tónica, lo hacen varias veces. Modulan, intentan agarrarse a un tema. Algo le ha recordado antes a Beethoven, durante un instante. Antes de la guerra él era músico aficionado, tocaba el violín. No ha vuelto a hacerlo. No. No volverá a tocar.

- ¿Estás bien? –le pregunta su hermana, al acabar la obra.
- Sí, vamos a casa. Quiero dormir. Creo que hoy dormiré bien.


Durmió bien. No soñó esa noche ni ninguna más con el Panzer Tiger que, saliendo de ninguna parte, le perseguía y a veces le alcanzaba y trituraba bajo sus orugas y otras veces paraba justo antes de aplastarlo, le miraba con su largo ojo y le permitía seguir adelante con la vida muerta de aquellos últimos años. No le arrojaron más, descubierta su traición, desde el avión de carga de la Luftwaffe el resto de heridos que viajaban en el mismo, a la vuelta de Stalingrado. Y tampoco volvió nunca más por la noche el cuerpo decapitado de Hans con su media cabeza en ristre en una mano, ladeada y apoyado el hueco de lo que faltaba contra las costillas. En su lugar las noches pasaron a ser ocupadas por un vacío placentero, una película muda con un solo fotograma en negro, ningún recuerdo ya de ningún sueño. En todo caso -y siempre dudó de ello hasta el final- a veces algunas mañanas creía recordar sonidos hilvanados en una especie de melodía simple; Mozart, tal vez.

In Memoriam