Esta mañana he subido a Pamplona, a la biblioteca de la Plaza San Francisco. Algunos sábados voy, compro el Babelia y escribo algo. Hacía frío y el suelo estaba cubierto, más que otros días, por hojas muertas. De algunas de ellas no quedaba más que una pasta blanda y deforme, atacada por el agua y las pisadas de la gente. Entonces me he convencido de que del verano ya no queda nada, y de que el blog lleva tiempo sin tontadas reseñables. Así que nada, aquí volvemos.
Este verano ha sido el primero en muchos años que prácticamente no he estado en Sanfermín. Tanto hablar de la Fiesta, y luego me voy por la puerta de atrás. Sólo estuve día y medio, insuficiente para participar con la actitud adecuada, con la pérdida de conciencia necesaria de lo que es la Fiesta. Y si alguno de los presentes ha estado un fin de semana en Sanfermín y se lo pasó bien o al menos no recuerda nada, nada que afirme lo contrario, que sepa que ha sido como una piedra lisa y pulida que rebota en la superficie de algo que no ha llegado a conocer en absoluto. Y eso es lo que quería: llegar el sábado doce y no salir, ir de la estación de autobuses a mi casa como un mormón del Medio Oeste horrorizado por tanto chico sano echado a perder. El domingo trece levantarme tarde -había estado de vacaciones y tenía que descansar, excelente excusa- y por la tarde recoger a mis amigos supervivientes de la Fiesta todavía alcoholizados, sí, pero dignos, después de una semana de Fiesta para tomar un martini a las seis de la tarde y luego –no había opción- verlos entregarse otra vez a la Fiesta mientras yo era incapaz esta vez de comulgar con ellos y mantener medianamente el tipo, como si fuera a hacer un largo viaje a ninguna parte y necesitara la suficiente frialdad para comenzarlo bien. Luego el día catorce, el último, ese en el que se ven más que nunca personas que no quieren crecer o que han crecido ya y de vez en cuando se conceden el lujo de volver a tener menos años. Por la tarde-noche estuve con amigos tomando algo, comiendo-cenando mis primeros huevos con magras y tomate de los Sanfermines del 2008, acompañados de Marqués de Cáceres. Luego cubatas mientras esperábamos a que alguien nos dijera lo que toda Pamplona -salvo la que empieza- ansía a la vez que detesta: que se han acabado las fiestas de Sanfermín. Siempre nos quedará (les quedará, a los que van) Salou o Sitges -pero no saludes, que luego todos nos conocemos- o las fiestas menos conocidas pero igual de divertidas de otros pueblos a los que no llegó ni el escritor borracho y genial que estuvo en todos los sitios en los que se bebía con ganas -sin mesura, hasta el fondo- ni la televisión, ese último espejismo de que todos somos iguales. Luego unos últimos Jackdaniels acocacolados en bares de la Pamplona de bien, esa misma Pamplona que al día siguiente de la Fiesta hará como que no se acuerda de nada “¿en serio hice eso? ¿de verdad? Qué cosa. Es el alcohol”. Si Pamplona no tuviera los Sanfermines reventaría hacia dentro, como un submarino a cientos de metros de profundidad, sería abducida por su propia mediocridad. O tal vez el mediocre sea yo.
Por contra, estuve en París. Del cinco al doce. Voy a poner alguna nota sobre ese viaje a continuación, y espero seguir añadiendo cosas. Pero no esperen mucho. Porque algo que tengo claro es que no voy a mantener ninguna periodicidad con este blog. Uno de los objetivos de este engendro era asentar el hábito de escribir. Ese hábito ya está fijado, ha borrado del mapa otros como los de ganar dinero o llevar una vida normal. Así pues, habiendo cumplido como un héroe su cometido, la utilidad del presente blog queda en entredicho. Pero bueno, nos veremos de vez en cuando por aquí.
Saludos.
PARÍS, 2008 (1)
2008.07.05. Once treinta de la mañana, Pamplona. Acaba la última clase antes de las vacaciones. Todos preguntan a dónde voy, con la pequeña maleta de ruedas. A París, claro. Se despiden de mí pensando que tienen el mismo derecho que yo a pasárselo bien. Pobricos.
2008.07.05. Una menos cuarto del mediodía en la Estación de Autobuses de Pamplona. Aquí la fauna variopinta que puebla Sanfermín se condensa de un modo incontestable y se muestra a falta de unas pocas horas. Sin tonterías. Gente que busca, expectante. En otra época les hubiera dicho que miraran en otra parte. Pero como estoy tan harto de equivocarme y hacer el gamba que me callo y sigo con mi martini y mi libro. Hasta que llegue el autobús.
2008.07.05. Dos y cuarto del mediodía. Oronoz-Mugaire. Esperamos hasta hacer el trasbordo de autobús. Casi había olvidado la aventura de viajar sin coche por el Norte de Navarra. Dos chicas se han equivocado de enlace y temen no llegar a Pamplona a tiempo para el Innombrable, al día siguiente. El Chupinazo. Fiesta. El puto Hemingway. La puta tele y los putos encierros televisados. Mi padre conoció la Fiesta en los cincuenta. Se metía en ella y no volvía al pueblo por días. Al final siempre volvía. Qué largo puede ser un año. Incluso un solo día, sin dinero y borracho, puede ser insoportable.
2008.07.05. Cuatro y media de la tarde. Hendaya. En el tren de la SNCF (Sociedad Nacional de los Caminos de Hierro Franceses). Junto a mí se sientan una pareja joven francesita y su crío. Comienzo a conocer la liberalidad francesa en cuanto el tren se pone en marcha. Ella, de unos 25 años, sentada casi enfrente mía, gorda y vulgar, se descalza el pie derecho y lo planta en la entrepierna chandalera de su chorbo, francesito barriobajero aún más joven sentado a mi lado, flaco y como distraído, como si aquello no tuviera que ver con él y fuera lo más normal. Enfrente mío el crío, un demonio cabrón que no para quieto y grita cada vez más. Me dice cosas que no entiendo, y me enseña un cuaderno con colores. Si esa es la manera de desempolvar mi francés hablado, si así se divierte Dios, yo lo acepto. Repaso con él los colores en su idioma. La pareja mira sonriendo tanto al retaco que salió el día que no usaron condón como al españolito con pintas de poca cosa, mientras ella mueve los deditos de su pie derecho animando el cotarro de su chico que crece y crece tal vez más por miedo a lo que se le pueda ocurrir a aquella mole con trasuntos de mujer que se le sienta enfrente que por deseo. El deseo. De qué sirve el deseo si quien lo atiza es el pie de una mujer normanda cubierto –el pie- por un calcetín blanco de deporte con marca falsa de a euro y medio el par.
2008.07.05. Diez y algo de la noche. París. Gare Montparnasse. París. París existe y siempre nos quedará París. Una kilometrada andando desde donde para el tren hasta la boca de la estación. El metro está donde decía el mapa, el hotel también. El tipo de la recepción… El tipo no estaba en el mapa. Viene del África más negra y más profunda y creo que lleva en Francia menos horas que yo. No le entiendo una. En la llave que me da, la de la habitación, pone algo. El número de la habitación. Bien. Dejo la maleta y salgo por las calles cercanas. Qué se bebe por aquí. Poco y caro. Pijadas, me gusta decir a mí. Mariconadas, dicen algunos de mis amigos. Pensando en lo malamente que aguantan bebiendo, sonrío y brindo por ellos. Solo. Sin problemas.
(Continuará)
sábado 22 de noviembre de 2008
lunes 19 de mayo de 2008
El Color de la Duda
Comunico a mis escasos lectores que se abre un período de reflexión acerca de la necesidad, conveniencia y resultados del presente blog, por lo que permanecerá durante un periodo indeterminando sin aportaciones que lo enriquezcan o empobrezcan, que lo mismo da.
Un saludo a todos, y cuídense de la primavera y los brotes nuevos, que alteran la sangre.
Demian
Un saludo a todos, y cuídense de la primavera y los brotes nuevos, que alteran la sangre.
Demian
sábado 10 de mayo de 2008
Muerte en Venecia
Lo sé. No son horas ni condiciones idóneas. Recurro a lo fácil: más tarea hecha, enlatada, de tapper. Pero vamos, no me siento mal. Es mejor así, rendirse ante la evidencia. Aparte de ello, me queda menos de una hora para estar en Pamplona, arreglado y medio presentable.
De todos modos, si alguien lee esto y de verdad tiene interés en algo interesante, le recomiendo el Babelia de hoy: un recuerdo para "Muerte en Venecia", de Thomas Mann. También para la película de Visconti y la ópera de Britten. La belleza, lo turbio y lo prohibido.
Les dejo con una cita, sólo con una, antes de unos recuerdos de la infancia:
"Quien con sus ojos la belleza ha visto,
está ya entregado a la muerte"
(August von Platen)
Recuerdos
La mayoría de los recuerdos de mi infancia tienen un lugar común: el pueblo. Durante el año vivíamos en las afueras de Pamplona, pero tras las clases nos refugiábamos allí –treinta habitantes, trigo, cebada y calor-. Desde entonces me ha quedado la sensación de que todo lo sucedido entre los meses de octubre a junio de aquellos años no tuviera que ver conmigo: hechos aislados y sin importancia.
Como he dicho, todo comenzaba tras coger las notas, con mi intento forzado y falso por participar en la alegría jacobina de mis compañeros al acabar las clases. De verdad que intenté contagiarme de ese entusiasmo incendiario, pero era inútil. Apenas sacrificaba en aquellas hogueras de San Juan unos pocos apuntes que no servían, que previamente había pasado a limpio, y que al quemarse me dolían como si yo mismo hubiera caído entre las brasas.
Otro recuerdo de aquellos días: el llegar a casa tras la última clase y derrumbarme durante unas horas, indefenso ante aquel mar de días por delante, sin clases. La desazón ante ese medio hostil remitía hasta desaparecer cuando éramos salvados a primeros de julio y llevados al pueblo.
Salvados de los Sanfermines. Rescatados del Mal igual que los Niños de Londres de los ataques de la Luftwaffe, como los Niños de la Guerra rumbo a Rusia. Durante unos años habría de funcionar: las visitas a la Fiesta siempre de día –los fuegos artificiales eran nuestro toque de queda, abandonábamos Pamplona poco antes de medianoche corriendo medio descalzos igual que Cenicienta-, visitas con guardaespaldas –los mayores- y con una ruta segura de escape siempre abierta. Mirando todo “desde el otro lado”, desde la Fe y el Orden, viendo en vivo lo que no debía hacerse, observando de cerca los borrachos, los excesos y la alegría sucia de esos días. El Mal, en definitiva. Ese mismo Mal al que nos abrazaremos en menos de dos meses todos los Niños de los Sanfermines marcados con el signo de Caín.
Del pueblo recuerdo la cosecha, el frontón, el calor y las noches en la calle hasta tarde, así como las visitas del señor Julián los jueves, con su camión chato cargado con todo lo que pensábamos que podría ofrecernos el mundo: desde alpargatas y cal en bolsas de plástico hasta fruta y chocolate. Esperábamos nuestro turno –primero los mayores-, y comprábamos leche condensada en pequeñas latas de metal y golosinas.
¿Qué más? Veamos.
Nosotros, los críos, descalzos con los pantalones remangados en el remolque lleno de trigo, empujándolo con palas que no pesábamos hacia el agujero desde el que caía a un cajón de madera, en el suelo, con un sinfín desde el que subía a habitaciones en casas abandonadas, utilizadas de granero. Accidentes de circulación en el frontón: dibujábamos a tiza sobre el cemento liso circuitos enrevesados, semáforos y pasos de cebra que nos comprometíamos a respetar con nuestras bicis. Pocos eran lo que querían hacer de peatones. Media hora después íbamos a por ellos, como si puntuara atropellarlos, y estrellábamos nuestras bicis contra las de los demás, a veces con nosotros sobre ellas y otras veces habiéndolas abandonado segundos antes de la colisión.
Sangre en las rodillas, sangre en los codos, y muchos lloros, siempre lloros. Y guantazos y gritos de nuestras madres, que nos zarandeaban como las mammas italianas en las películas de Fellini. Y es que hay que recordar que en aquella época los niños no mandaban.
Atrevimiento o verdad, prueba o beso. Mayoritariamente escogíamos la prueba.
Fines de los 70’, primeros de los 80’: Mike Oldfield, Supertram, Triana, Pink Floyd y Status Quo.
De todos modos, si alguien lee esto y de verdad tiene interés en algo interesante, le recomiendo el Babelia de hoy: un recuerdo para "Muerte en Venecia", de Thomas Mann. También para la película de Visconti y la ópera de Britten. La belleza, lo turbio y lo prohibido.
Les dejo con una cita, sólo con una, antes de unos recuerdos de la infancia:
"Quien con sus ojos la belleza ha visto,
está ya entregado a la muerte"
(August von Platen)
Recuerdos
La mayoría de los recuerdos de mi infancia tienen un lugar común: el pueblo. Durante el año vivíamos en las afueras de Pamplona, pero tras las clases nos refugiábamos allí –treinta habitantes, trigo, cebada y calor-. Desde entonces me ha quedado la sensación de que todo lo sucedido entre los meses de octubre a junio de aquellos años no tuviera que ver conmigo: hechos aislados y sin importancia.
Como he dicho, todo comenzaba tras coger las notas, con mi intento forzado y falso por participar en la alegría jacobina de mis compañeros al acabar las clases. De verdad que intenté contagiarme de ese entusiasmo incendiario, pero era inútil. Apenas sacrificaba en aquellas hogueras de San Juan unos pocos apuntes que no servían, que previamente había pasado a limpio, y que al quemarse me dolían como si yo mismo hubiera caído entre las brasas.
Otro recuerdo de aquellos días: el llegar a casa tras la última clase y derrumbarme durante unas horas, indefenso ante aquel mar de días por delante, sin clases. La desazón ante ese medio hostil remitía hasta desaparecer cuando éramos salvados a primeros de julio y llevados al pueblo.
Salvados de los Sanfermines. Rescatados del Mal igual que los Niños de Londres de los ataques de la Luftwaffe, como los Niños de la Guerra rumbo a Rusia. Durante unos años habría de funcionar: las visitas a la Fiesta siempre de día –los fuegos artificiales eran nuestro toque de queda, abandonábamos Pamplona poco antes de medianoche corriendo medio descalzos igual que Cenicienta-, visitas con guardaespaldas –los mayores- y con una ruta segura de escape siempre abierta. Mirando todo “desde el otro lado”, desde la Fe y el Orden, viendo en vivo lo que no debía hacerse, observando de cerca los borrachos, los excesos y la alegría sucia de esos días. El Mal, en definitiva. Ese mismo Mal al que nos abrazaremos en menos de dos meses todos los Niños de los Sanfermines marcados con el signo de Caín.
Del pueblo recuerdo la cosecha, el frontón, el calor y las noches en la calle hasta tarde, así como las visitas del señor Julián los jueves, con su camión chato cargado con todo lo que pensábamos que podría ofrecernos el mundo: desde alpargatas y cal en bolsas de plástico hasta fruta y chocolate. Esperábamos nuestro turno –primero los mayores-, y comprábamos leche condensada en pequeñas latas de metal y golosinas.
¿Qué más? Veamos.
Nosotros, los críos, descalzos con los pantalones remangados en el remolque lleno de trigo, empujándolo con palas que no pesábamos hacia el agujero desde el que caía a un cajón de madera, en el suelo, con un sinfín desde el que subía a habitaciones en casas abandonadas, utilizadas de granero. Accidentes de circulación en el frontón: dibujábamos a tiza sobre el cemento liso circuitos enrevesados, semáforos y pasos de cebra que nos comprometíamos a respetar con nuestras bicis. Pocos eran lo que querían hacer de peatones. Media hora después íbamos a por ellos, como si puntuara atropellarlos, y estrellábamos nuestras bicis contra las de los demás, a veces con nosotros sobre ellas y otras veces habiéndolas abandonado segundos antes de la colisión.
Sangre en las rodillas, sangre en los codos, y muchos lloros, siempre lloros. Y guantazos y gritos de nuestras madres, que nos zarandeaban como las mammas italianas en las películas de Fellini. Y es que hay que recordar que en aquella época los niños no mandaban.
Atrevimiento o verdad, prueba o beso. Mayoritariamente escogíamos la prueba.
Fines de los 70’, primeros de los 80’: Mike Oldfield, Supertram, Triana, Pink Floyd y Status Quo.
sábado 3 de mayo de 2008
De ratón a hombre
El pequeño ratón no comprendió a tiempo que devorar libros le habría de llevar a lo que nunca podría ser. Pero eso no le importó ni siquiera cuando fue mayor para darse cuenta de ello, ni aún cuando era demasiado tarde para reaccionar. Aceptó el cúmulo de errores –o aciertos- que le habían llevado a esa situación con la dignidad mísera de los que no tienen nada más que eso: la dignidad.
En el principio de todo comenzó sin pretensiones, con obritas menores para niños: Los Hollister, Los Cinco. Familias numerosas que hablaban de un american way que no tenía que ver con él, pero que no tardó en envidiar. Envidia y arte, siempre de la mano.
Luego vino Alberto Vázquez Figueroa, el aventurero. Mientras las demás ratas –ya no era un ratón: había crecido- se entretenían con la realidad él prefería escaparse a los mundos de La Iguana, Tuareg, Nuevos Dioses, Vendaval, Océano, Yaiza, Mar Adentro… No eran malas lecturas para esa edad, justo en el momento en que los ratones se hacen ratas.
Al poco comenzó una de sus interferencias más notorias: la música. Era más rápida, más fácil. Hubo un día en que las notas explotaron en su cabeza al escuchar las canciones: los acordes de dibujaban solos y era posible seguirlos como si fuera una lectura a primera vista. Y comenzó el embrujo de lo fácil, el que nunca debió seguir.
Después, siendo ya un gato de angora, vinieron las lecturas de instituto: El Quijote, El Árbol de la Ciencia, Gabo, El Sí de las Niñas, y por encima de todos ellas una, sin duda: Tragicomedia de Calixto y Melibea y de la Puta Vieja Celestina. Por primera vez, una voz de hace 500 años le hablaba del poder del deseo, de la pasión, del sexo. Envidia y sexo: Arte.
A continuación se convirtió en un perro sumiso. Vinieron años de silencio en los que sirvió a dioses ajenos. Años en que hizo lo que se supone que debía hacer. Años perdidos. No se aprecia lo que ganas o tienes si no lo comparas con lo que perdiste, o al menos con lo que dejaste de ganar.
Pero el perro se cansó, y se convirtió en un lobo: un lobo estepario. Siddartha, Demian, El Juego de los Abalorios, El Viaje a Oriente. Un lobo amable que a través de sus amigos y sobre todo gracias al mejor de todos ellos se reconcilió con el mundo.
Un lobo que empieza a ser hombre.
En el principio de todo comenzó sin pretensiones, con obritas menores para niños: Los Hollister, Los Cinco. Familias numerosas que hablaban de un american way que no tenía que ver con él, pero que no tardó en envidiar. Envidia y arte, siempre de la mano.
Luego vino Alberto Vázquez Figueroa, el aventurero. Mientras las demás ratas –ya no era un ratón: había crecido- se entretenían con la realidad él prefería escaparse a los mundos de La Iguana, Tuareg, Nuevos Dioses, Vendaval, Océano, Yaiza, Mar Adentro… No eran malas lecturas para esa edad, justo en el momento en que los ratones se hacen ratas.
Al poco comenzó una de sus interferencias más notorias: la música. Era más rápida, más fácil. Hubo un día en que las notas explotaron en su cabeza al escuchar las canciones: los acordes de dibujaban solos y era posible seguirlos como si fuera una lectura a primera vista. Y comenzó el embrujo de lo fácil, el que nunca debió seguir.
Después, siendo ya un gato de angora, vinieron las lecturas de instituto: El Quijote, El Árbol de la Ciencia, Gabo, El Sí de las Niñas, y por encima de todos ellas una, sin duda: Tragicomedia de Calixto y Melibea y de la Puta Vieja Celestina. Por primera vez, una voz de hace 500 años le hablaba del poder del deseo, de la pasión, del sexo. Envidia y sexo: Arte.
A continuación se convirtió en un perro sumiso. Vinieron años de silencio en los que sirvió a dioses ajenos. Años en que hizo lo que se supone que debía hacer. Años perdidos. No se aprecia lo que ganas o tienes si no lo comparas con lo que perdiste, o al menos con lo que dejaste de ganar.
Pero el perro se cansó, y se convirtió en un lobo: un lobo estepario. Siddartha, Demian, El Juego de los Abalorios, El Viaje a Oriente. Un lobo amable que a través de sus amigos y sobre todo gracias al mejor de todos ellos se reconcilió con el mundo.
Un lobo que empieza a ser hombre.
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