viernes, 10 de mayo de 2013

El Notario Reina (I).

       Después de mucho tiempo, una entrada al blog. Una historia en 4 ó 5 partes, con ambientación musical incluída. 

       

El Notario Reina (I).


Una vez al año, Francisco Javier Reina va a Madrid. Francisco Javier Reina es notario, y puede que baje más veces a Madrid al cabo del año, por trabajo o por lo que sea. Pero esta vez -una vez al año- el viaje se convierte en “El Viaje”, su viaje a Madrid. El importante, el de verdad.

Comienza todo el sábado. Va primero a su notaría, sita en la Avenida de Roncesvalles de Pamplona, en el centro de la ciudad, muy cerca de la estatua del Encierro y de la difunta Caja de Ahorros de Navarra, ahora envuelta en un compleja crisis existencial tras ser comprada por la Caixa. Francisco Javier Reina no tiene por qué ir a la notaría, pero ese día le gusta empezar allí, como una venganza. Conduce desde Gorráiz, la urbanización en la que vive, en su chalet de casi 500 metros cuadrados edificados, y aparca su A7 del año en su plaza de garaje de la avenida de Carlos III. Arrastra consigo una maleta de tamaño medio con ruedas, y lleva también un porta-trajes. Sube a su notaría, y allí, en su despacho personal, tras haber comprobado antes que no hay nadie en toda la oficina, despeja en parte los papeles que esperan sobre su enorme escritorio y se sirve un Johnnie Walker Blue Label con un hielo. También se echa un tirito de coca de buena calidad, de la mejor. Se deja desparramar en el sofá de cuero desde el que apabulla a las visitas dejando que su cuerpo sedentario y echado a perder disfrute la buena vida que se ha ganado, y acaba su whisky. Apenas se condede dos minutos: hay que seguir el Viaje. Así, mientras limpia las pruebas del delito que puedan haber quedado sobre la madera de su mesa, saca del bolsillo de su abrigo un mp4 y unos auriculares finos, de la marca Beats. Abre una caja fuerte incrustada en la pared detrás de un falso Chagall y saca algo de dinero: diez o doce billetes de 500, y un fajo ya preparado con cien billetes de 50. Guarda la pasta junto a otra dosis de coca, en un bolsillo oculto de su abrigo Prada. Cierra la caja fuerte y coloca de nuevo el cuadro en su sitio: allí no ha pasado nada.

El notario Francisco Javier Reina sale de su notaría, con su pequeña maleta y el porta-trajes y, nada más cerrar la puerta, se coloca los auriculares y enciende el mp4. La primera canción ha sido elegida tan cuidadosamente como todas las que va a ir escuchando ese fin de semana, cada una en el momento adecuado. La primera es “Moves Like Jagger”, de Maroon 5 con Christina Aguilera: http://youtu.be/suRsxpoAc5w . La canción comienza con un rift silbado y otro de guitarra, un ritmo marcado, y la voz fresca e incisiva del flaco -que ya no está tan flaco- que canta. Nuestro notario se esfuerza por relajarse, mueve algo los hombros dejando todo a sus espaldas, en el rellano de la escalera de ese piso de Ensanche que hubiera querido vivir en el Paseo de Gracia o en el barrio de Salamanca pero que está en Pamplona. En la repetición de la estrofa un bajo poderoso le rasca las orejas. Luego la canción se dispara, pero contenida, con la Aguilera empeñada como siempre en que apreciemos lo bien que clava las notas -como si a su nivel fuese opcional o lo pudiera hacer mal. Nuestro notario se deja imprimir por el ritmo, sube más el volumen, el bajo le ataca desde ambos lados y se sonroja un poco frente al espejo, mientras vuelve a recordar que el corazón puede ir a distintos ritmos, y sentirse. Desciende hasta el portal y se dirige a la parada de taxis de la cafetería Niza, apenas a unos 200 metros de su despacho. Lleva gafas de sol también de Prada pese al frío, oculta sus ojos ya algo dilatados, confiando en que en esa mañana de sábado no tenga que saludar a nadie. Involuntariamente mira hacia las oficinas del PP, ubicadas allí cerca; no se aprecian signos de vida ni gente en el portal. Son las diez de la mañana.

Ya en la parada de taxis sonríe al comprobar que el primero de los coches que espera clientes es un BMW Serie 5. Golpea sobre el cristal del conductor que lee el Diario de Navarra; espera a que éste salga y meta su maleta en el maletero. El taxista hace el gesto de meter también el porta-trajes atrás, pero nuestro notario lo evita y comenta:

- No, éste va conmigo –mientras lo cuelga con sumo cuidado en el asidero que se encuentra sobre la puerta trasera, y él se mete en el coche por el otra puerta.

El taxista deja el periódico sobre el asiento del copiloto, y, entonces, antes de preguntar nada, nuestro notario le alegra el día:

- A Tudela, por favor. Por la autopista.

Ya son años, teniendo ese fin de semana, haciendo “El Viaje”, el notario empieza a no ser joven. Han cambiado sus ingresos, sus accesorios, las bagatelas y las canciones. Pero el gesto de contento del taxista -unas veces más disimulado que otras- ante ese cliente extraño que le ha salvado el fin de semana siempre está ahí, al comienzo de su viaje.

- Bien -dice a nadie en particular el notario de Pamplona, que se permite también una sonrisa-. Esto está bien. Vamos.


viernes, 21 de septiembre de 2012

Not Religious


"Creo que la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar". (Amos Oz).

Hoy, viernes 21 de septiembre de 2012, se esperaban importantes protestas y altercados públicos en varios países islámicos debido tanto al vídeo en el que aparecía representado Mahoma como a diversas publicaciones europeas en las que, de forma satírica, se osaba también caracterizar al profeta del Islam. No sé en qué habrá quedado el asunto, si esos quince muertos en Pakistán de los que habla la prensa son parte de lo esperado, de lo “razonable”, o no. Saco el asunto sólo contextualizar esta entrada al blog.

El otro día pensé que, de algún modo, estamos volviendo a la casilla de salida, después de un viaje de varios milenios. Religiones que se rearman –nunca se desarmaron, en realidad; simplemente saben esperar el momento apropiado para intentar el regreso a sus “buenos tiempos”-, los casquetes polares bajo mínimos –en un trasunto de plaga bíblica apocalíptica-, sociedades que se cuestionan sus mecanismos de funcionamiento supuestamente firmes, y mercaderes ávidos que intentan, como los chamanes y hechiceros, regresar al pasado. Pero hoy, de todo eso, me voy a centrar en los hechiceros.

Aquí en Europa, hace un par de siglos y pico, hubo algo que se llamó Ilustración, y Revolución Francesa. Al otro lado del océano, más o menos en las mismas fechas, se dio la Revolución Americana, la fundación de los Estados Unidos. Anteriormente, en el Renacimiento, hubo algo así como un proceso cultural preparatorio, que luego resultó algo disuelto en los excesos del Barroco. De resultas de todos esos importantes movimientos filosóficos, culturales, políticos y sociales, las religiones, hoy en Europa, están domesticadas.

Sí, domesticadas. Amaestradas, suavizadas, más o menos bajo control, díganlo como elijan. Cuando oigo a un sacerdote –no conozco a ningún imán ni rabino, y sí a varios curas, debido al fuerte peso con que el catolicismo ha moldeado este país- defender la separación Iglesia-Estado, y hasta la Democracia, no puedo sino sonreír. Posiblemente lo dice con mejor intención –y seguro que con menos ironía- que si lo dijese yo, pero aún así no he aprendido todavía a no levantar las aletillas de la nariz. Porque suele sonar esa defensa a un proceso dialogado, de tipo buen rollo, de igual a igual, entre la Iglesia y el Estado, la Teocracia y la Democracia. Y no. Si por ellos fuera –tal vez no por ese cura de calle del que estoy hablando, sino por los otros, por los que mandan- seguiríamos con la asignatura aquella de Formación del Espíritu Nacional, del franquismo. Si las cosas están como están en Europa y en USA con respecto a las religiones –religiones de “baja intensidad”, bajo control-, es porque la democracia, la ciencia, la cultura, el sentido común, se ha impuesto al control mental, al fanatismo, a la ignorancia, y esas Verdades Absolutas –todas las religiones tienen las suyas y todas dicen estar en lo cierto- por las que tanto y con tanta fe han matado y quemado siempre.

Que estén apaciguadas, de todos modos, no significa que haya que bajar la guardia. En muchos de los países que no han tenido nada como una revolución francesa, como la ilustración, como el liberalismo –hablo del liberalismo político del siglo XIX europeo-, las cosas están donde están: en la Edad Media, o antes, si se puede decir así. Países subordinados a la religión, teocracias. (No me resigno a creer que la jerarquía católica no mire con un poco de envidia y nostalgia hacia esos países, donde los jefes religiosos son los que mandan de verdad). La famosa “primavera árabe”, posiblemente, acabe instaurando países teocráticos –tal vez no tan extremistas como Irán-, a medio plazo. Al fin y al cabo, el norte de África –toda África- se ha saltado el siglo XX: si bien en el XXI ya no eran colonias, apenas acaban de derrocar desde Túnez a Egipto –Siria se resiste- a los dictadores de turno conchabados con Europa y USA con los que Occidente jugaba el juego geoestratégico propio de otras épocas, y al que van a tener que buscar sustituto ya, en cuanto todo se clarifique un poco más.

En esos países, de un modo tal vez silencioso y durante décadas, la religión ha hecho su trabajo, ha ido trabajando las mentes, los “Hermanos musulmanes” ganándose a las gentes, y ahora recogen sus frutos. Y todavía no han hecho su “revolución francesa”. En Siria, como hace poco en Libia, los combatientes de ambas partes, al disparar, dicen lo mismo: "allah'u akbar" (Alá es grande). Allí la religión lo inunda todo. El manto que va a cubrirlos, no sé si a medio o a largo plazo, es el mismo que cubre Afganistán –tras una guerra de tantos años-, Pakistán –tras tanto tiempo de “democracia”-, o los países propiamente arábigos (Arabia Saudita, Yemen, etc.): una religión en estado puro, sin cortapisas, totalitaria, sin tibiezas ni debilidades democráticas.

Luego está Israel. A veces pienso que Hitler ha vencido porque ha inoculado en buena parte de Israel una semilla del mal, esa especie de certeza de que cualquier decisión que tomen está justificada por todo el horror al que fue sometido el pueblo judío durante el Holocausto. Parece que algunas de las decisiones que se toman en Israel –pasadas, presentes, y me temo que futuras- no sólo están bañadas por el integrismo religioso e irracional –el fanatismo impregna sólo ciertos sectores de su sociedad, y es innegable la existencia de una sociedad laica israelí- sino también por ese dolor y vacío eterno, no superado (seguramente insuperable) de haber sido perseguidos, exterminados, gaseados, volatilizados. Por millones.

Acabo, volviendo a Europa, a España. Y como igual me he puesto un poco geopolítico, retomo el meollo de lo que quería hablar hoy: religiones. No recuerdo con exactitud las palabras de monseñor Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, en varias de sus intervenciones. Pero recuerdo bien la música, el mensaje implícito: “podéis jugar durante un tiempo con nuestra España a democracias, parlamentos, legislaciones, e incluso a casar entre sí a personas de "conductas desordenadas", por ejemplo. Pero nosotros tenemos la razón, la Verdad. Nos asiste Dios, las leyes verdaderas, y acabaremos regresando”.

Pues eso. Cuidado.

(Entradas anteriores del blog relacionadas: "Ideología", "La Visita").

lunes, 10 de septiembre de 2012

Septiembre I

Sobre la no heroica ciudad que aún así dormía la siesta ambigua de primeros de septiembre se posó lo que algunos lugareños no pudieron definir de otro modo que de podredumbre -era el final del verano, el regreso a los ritos obscenos y fríos de la estación de Mordor, la pronta llegada de un invierno que, como en Vetusta, no se iría hasta mayo-.

Aún así era agradable abdicar una tarde de los pequeños compromisos burgueses que no conducían a nada y vagar por las terrazas de la Plaza del Castillo, esa que venía a ser como el sofá del cuarto de estar (Pamplona) de casa (Navarra).

Pero ajena a la horrenda triple metáfora -la de antes, la que hubiera sido mejor suprimir- la tarde se jodía por momentos con respecto a lo que convencionalmente se entiende por buen tiempo pero que aquí -sobre todo si se desea sobrevivir más o menos cuerdo a partir de septiembre- no debe ser considerado como norma climática, sino más bien como excepción y rareza. Además corría una especie de brisa absurda -absurda porque aquí no hay mar, ni se lo espera- todavía cálida no tanto por venir del sur como por ser el remate final de temporada de las presiones y aires no resueltos de un verano excepcionalmente cálido, pero no tanto -eso es así, pese a quien le pese- comparado con lo que nos espera, durante las próximas décadas, hasta que todo pete, en no mucho tiempo.

Así, superpuesto a todo, sobrevolándolo, la sensación de fin de ciclo, el aire recalentado e insano, agradable y algo muerto como de melón maduro a punto de pasarse pero en su mejor momento si te atreves a comerlo. Y las parejas de municipales, ociosas y augustas en su paso suave, no tanto majestuoso como indolente, a tono con el medio circundante, haciendo acto de presencia innecesaria pero ornamental, propia del mejor reparto.

¿Y todo para qué? No lo sé, ni me importa. Para despedirnos con clase del verano, tal vez. O para mañana inventar un personaje entre tanta convención. Alguien que rompa la norma, un tipo serio que comience algo diferente. O simplemente para imaginar que, además de lo que ves, hay algo más ahí fuera. Sí, algo más.

 Y algo más para qué, puede preguntar alguien. Buena pregunta, tan buena que no sé muy bien qué responder. Lo que sea, mientras no nos aburramos...

viernes, 6 de abril de 2012

Realpolitik II


La amnistía fiscal está bien, dice el PP. La del 2012. Pero cuando el PSOE la propuso hace un tiempo, entonces estaba mal. Ahora, la amnistía fiscal está mal, dice el PSOE. Pero las que hizo él, con anterioridad, o la que propuso, están bien.

Si la prima de riesgo sube ahora, es por la amenaza de recesión en Europa, dice el PP. Cuando subía antes, era por las políticas de Zapatero. Ahora, para los socialistas, la prima esa sube por el gobierno Rajoy y sus presupuestos; antes subía por la coyuntura internacional.

Y así, una tras otra. Escribo a trazos gordos, lo sé, ni por asomo tengo las ganas de pasar un minuto buscando hemerotecas, citas, declaraciones… Estoy de vacaciones. Paso. No es mi negocio, ni mi guerra.

Paso de formar parte de un juguete roto, muerto y que ya huele mal: el de la política, pese a su gran importancia. De todos modos, no dejo de intentar una aproximación, un análisis.

A ver, me pongo en su lugar, voy a fabular un poco.

Una persona empieza joven en este asunto, supongo. Quiero pensar que con grandes ilusiones. Enseguida comprenderá que lo que hay que hacer primero es controlar el aparato del partido, formar parte –dentro de las corrientes que suben y bajan como mareas- de los que van para arriba.

Consigues un puestito. Interno, todavía. Desarrollas tu instinto político, que consiste en: si tu partido está en la oposición, criticar al gobierno. Si estás en el gobierno, defenderte de los ataques de la oposición. Has de aprender a hablar bien, para poder decir “Sí” donde hace poco dijiste “No”, y viceversa. Y eso, a ser posible, atacando a la vez la ambigüedad y poca definición de tu rival.

Es la guerra. Es, simplemente, la guerra. Lo primero: llegar al poder. Lo segundo: conservar el poder.

El caso es que la materia prima con que trabaja un político son las palabras. Las palabras se suelen articular en torno a contenidos. Pero los contenidos no importan tanto en política, están supeditados a la guerra. Porque, en el fondo, las verdades absolutas tampoco existen en política. Creo que, al final, la gran falta de respeto de los políticos hacia los electores –aparte de la más obvia, claro: tratarlos como a simples electores- es intentar hacerles creerse cuentos que ni ellos mismos creen, que simplemente son chicles mascados que se pasan unos a otros, según estén en el gobierno o en la oposición.

Así, un ejemplo: la amnistía fiscal. Dice el gobierno que se quiere recaudar 2.500 millones vía “impuestos” (ese 10% de gravamen que se cobraría). Supongo que lo que interesa también es que los otros 22.500 millones –el otro 90%- aflore; es decir, empiece a moverse por España y a dar un poco de vidilla a la economía. ¿Eso es bueno? Sí. Lo de dar vidilla al cotarro, digo. (Todavía no he llegado al punto en el que crea que un gobierno tome una medida 100% negativa). Sin embargo, el mensaje que se está mandando, es: “vale, has estado unos años haciendo pasta sin declarar, en esos años en que éramos la leche. Venga, sácalo de debajo del colchón, ponlo a funcionar. Sólo me quedo el 10%, y te perdono”. ¿Cuántos de los que van a aceptar la medida, y de los que no, y de los que la aceptarán para parte de su dinero defraudado, van a empezar ya a volver a llenar una nueva caja de zapatos con billetes de 500, o a sacar el dinero a paraísos fiscales del exterior, sabiendo que más adelante lo podrán volver a lavar? Por otra parte, he leído hoy mismo que cada año se defraudan 85.500 millones de euros. ¿Se hará algo contra eso?

Otra cuestión en su campo de batalla: la lealtad. En los últimos días, desde el gobierno ya se oyen voces diciendo que hay que remar todos a una, también los gobiernos autonómicos –Andalucía, Cataluña- para salir de esta difícil situación. Y que no esperan apoyo de la oposición. Saben ya que la oposición no los va a apoyar. Pues claro que lo saben: porque ellos hicieron lo mismo; los ataques al gobierno anterior fueron furibundos. En definitiva, no se creen sus propias palabras porque están en el mismo juego, y saben que ellos, estando en el otro lado, harían exactamente lo mismo. Pero eso sí, pretenden que nosotros les creamos, que juguemos a su juego, que nos calentemos la cabeza con lo suyo.

Mientras, la Unión Europea y la democracia representativa se vienen abajo. Los ciudadanos pronto van a desconectar definitivamente de este modo de hacer política. Como en anteriores etapas históricas, se abrirán múltiples opciones: fanatismos, religiones e ideologías de todo tipo venderán sus pócimas cura-todo como el no va más, como la solución definitiva. La calle arderá, y se limitarán libertades. Bocazas que tengan más o menos gracia harán carrera.

¿De verdad no es posible imaginar otra democracia? Lo que tenemos ahora es mejor que lo que teníamos antes, es indudable, ahora estamos mejor que en la Edad Media. Pero, ¿tenemos que conformarnos con esto?, ¿esto es todo lo que puede dar de sí la democracia? Lo actual apenas es un modo de zanjar los totalitarismos del siglo XX, una manera de salir de todo aquello. El mapa de Europa no cicatrizó de las heridas de la Segunda Guerra Mundial hasta los años 90’ del pasado siglo; las actuales fórmulas de democracia no responden a las necesidades de este momento. Mientras, los enemigos de la democracia acechan, esperan su gran ocasión, van haciendo su trabajo. Los políticos siguen en lo de siempre: “y tú más”.



“Puede haber una forma enferma de democracia, no es la primera vez que ocurre en la historia”. (Antonio Tabucchi).

“Hay que reflexionar sobre qué es la democracia, sobre si se puede mejorar”. (Antonio Tabucchi).

“El tema principal tanto en política como en cultura no es ya la batalla entre la derecha y la izquierda, sino entre la Ilustración y el oscurantismo”. (Philipp Blom).