miércoles, 18 de enero de 2012

Impresiones I

Aquí van unas notas tomadas esta tarde, en una cafetería. He preferido no corregirlas. Saludos.

2012.01.18. 15.30 horas. Cafetería… (omito el nombre).

Cúmulo de horteradas que me recuerdan otros tiempos: hoy, aquí, en la cafetería: tazas desgastadísimas, cocidas para su limpieza infinidad de veces, de las que se han ido desprendiendo en sucesivos lavados la pintura azul de las letras, el esmalte que un día les dio brillo, y hasta minúsculos granos coloidales que las hacen más desgastadas y rugosas. Un camarero rozando los 60, con gafas y miope, con pluma y camisa negra, delantal y corbata granate. Fauna autóctona: la tía buena con mallas ajustadas que entra en éste su pequeño reino de gloria como si en otro lugar con un poquito más de glamour hubiera alguien que se fuese a girar para mirarla; junto a la barra, su compañero de trabajo casi cuarentón, gordito y calvo que la espera como cada día, que siempre la esperará y nunca pasará de ahí. Mesas ocupadas por señoras de la limpieza posiblemente rusas que han acabado el turno de trabajo en las casas de este barrio con posibles y se vengan a su manera de sus señoras tomándose un café en el mismo lugar caduco en que las otras juegan a ser alguien. Y luego estoy yo, tomando un café antes de la primera clase de la tarde: la Teoría de la Realidad de Descartes, el cuarto de los ocho filósofos de segundo de Bachiller.

Esto es lo real. La cafetería. El camarero que sueña con el cliente que entre y le saque en brazos del local como Richard Gere a su chica en “Oficial y Caballero”; la buenorra que para Pamplona pase pero que en Madrid sería del montón, las señoras que limpian casas, y un imbécil que escribe.



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