A tenor de la fotografía, podríamos pensar que parece que por fin algo va cambiando en la
Iglesia con respecto a la utilización de preservativos. Pero no, no se animen. Los cinco posiblemente lo estén pensando:
"parecemos condones, ya verás. Mañana salimos fijo en todas las
televisiones. Sobre todo en las rojas, claro”.
El señor de la izquierda no
tiene intención de bajarse más el plástico, quiere dejarse las manos libres y ha intentado recuperar cuanto antes la pose y dignidad moral anexa a su cargo. Piensa: “la
Cristiandad amenazada y vosotros riéndoos de minucias, atendiendo al vano poder de la estética. Vanitas vanitatum”. Pero
se sabe ridículo. Vulnerable.
El siguiente por la izquierda, en segundo plano, siempre
sonríe. Es el cuco del grupo. No hay
nada de lo que no pueda reírse cuando sabe que puede hacerlo. Si ahora toca
ponerse eso encima para seguir viviendo como vive, lo hará. Es feliz por sistema. El
tercero -el del centro- ha avanzado bastante en el proceso, pero se ha dejado el gorrito
púrpura debajo de la goma y ahora tiene que bucear con la mano izquierda debajo
de ella para rescatarlo. Tiene aspecto de haber estado en Misiones y resulta el
más natural. Enseguida descubrirá que basta que se lo estire hacia abajo por detrás, y que entonces encajará perfecto, sin arrugas.
El cuarto -segundo por la izquierda- ha comenzado por la capucha porque
no tiene ninguna intención de acabar y ponerse la protección. Mira al obispo de la
izquierda –al primero, con el que no se lleva bien-, toma conciencia de su patetismo y
decide no pasar por lo mismo así caiga un diluvio o se derrumbe la columnata de la Plaza del Vaticano. El quinto y último, pudoroso, se gira
un poquito respecto a los demás y hace sus evoluciones. Va por buen camino.
Ya faltan menos de 220 días para Sanfermín. Eso
no es nada. Quedan 20 días para la primera escalera, el uno de enero. Antes me
ponía nervioso con estas cosas, ahora ya no.
No es el caso de nuestro protagonista. Por dónde
empezar. Hay tanto que decir… Lo primero, que es un “homo pamplonica” de pura
cepa. Zapatillas de deporte buenillas pero prescindibles, destrozables. Cómodas,
principalmente. Uniforme sanferminero aceptable –tal vez esos ribetes negros
del polo sobran…-, pañuelo y delantal, aunque la total ausencia de manchas le
delata: no ha estado con las peñas, o mejor, se ha estado los seis toros fuera del tendido ocupándose de los calderos y de la logística de su cuadrilla, y de beber. Lo mejor de todo creo que es la trinidad –una y
trina- del colorcillo de su rostro, la concentración en su papel de torero en
la barrera y el vaso de kalimotxo revenido y a medias. El capote, una almohadilla de las nuevas de la Casa de la Misericordia.
P.D.: nótese la arena con sangre amontonada
junto al chaval, y el programa de mano del espectáculo arrugado a sus pies. Pura civilización y cultura patria.
El cuervo de la izquierda observa a su amado
Dick -su pose augusta, entre ofendida y digna- y vuelve a preguntarse si no será
mejor probar fortuna en otra parte. Ha oído que en estados vecinos –Oklahoma,
Nuevo Méjico- han aprobado nuevas reservas naturales, y que allí nadie hace
preguntas y cada uno va a lo suyo. Pero ni se le ocurre planteárselo a Dick. Él
es oriundo de Texas y vota a los republicanos, y ya le ha dicho alguna vez que
no piensa dejar su estado si no es para quemar la Casa Blanca.
Dick está enfadado, y el cuervo de la
izquierda reconoce que fue por su culpa, del todo. Se pasó con el alcohol en la fiesta del
condado, la que se hace cada año para recaudar fondos para el partido. El cuervo de la izquierda no soporta bien el alcohol, y bebió
más Jack Daniels de la cuenta. Así que cuando comenzó a sonar esa canción de ZZ
Top que tanto gusta a Dick y que suelen bailar bien juntitos cuando nadie les
ve no pudo evitar acercarse a su cuervo y comenzar a decirle cosas guarras al oído
mientras le rodeaba con las alas. El cuervo de la izquierda juraría que por un
instante Dick iba a reaccionar como siempre –y hasta aquí los detalles íntimos-
pero su cuervo enseguida comprendió dónde estaba y con quién. Le miró aterrado
y levantó el vuelo dejándolo allí solo en la fiesta, rodeado de todos los pájaros
republicanos, que le miraron raro y siguieron bebiendo.
El cuervo de la izquierda dejó pasar dos días
para que a Dick se le fuera disipando el enfado y luego voló a buscarlo al único
sitio en que sabía que podía estar. Allí, en la valla de la finca de los Bush
donde se habían conocido hacía ya 8 años. Al principio, el cuervo de la
izquierda se posó bien lejos de Dick, para que éste le viera pero no se
sintiera inmediatamente presionado. Luego, a saltitos de tres en tres unas
veces y otras corriendo primero la pata izquierda y luego la derecha como una bailarina clásica ensayando ante el espejo se había
ido acercando, despacio y parando inmediatamente cuando veía que Dick se giraba
a mirarlo. Cuando el pájaro de la izquierda estuvo ya junto a su cuervo comprobó
que también había estado echando de menos, sin saberlo, su olor. Dick se giró
un momento para mirarlo, pero no dijo nada. Volvió la cara hacia donde miraba
antes, hacia donde posiblemente había estado mirando todo el tiempo mientras le
esperaba. El pájaro de la izquierda comprendió que le tocaba a él comenzar.
- No sé, cariño, por qué sufres tanto después
de tanto tiempo. No creo que seamos los primeros cuervos –ni los últimos- que
se amen. Además, en el condado ya todos lo saben …
- Calla, loca. Bueno, loca no: locaza.


2 comentarios:
La foto de los cuervos es fascinante. Parece el destino que siempre es inevitable.
Un placer pasar por aqui.
Me alegro de que te haya gustado.
Procuraremos que el placer continúe.
Un saludo.
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