Ayer no tuve puente. Por la
mañana no hice gran cosa, pero a la tarde fui a dar un par de clases. Acabé
cansado, más por pensar en toda la gente que no trabajaba ese lunes que por lo
que yo había hecho. Tomé el autobús urbano –la llamada villavesa, en Pamplona-,
y me dispuse a volver a casa, atravesando buena parte de la ciudad. El viaje
podía durar 15 o 20 minutos, así que saqué el libro que llevaba en la mochila,
y comencé a leer.
Al principio fue bien. Aunque el
conductor parecía competir con algún otro coche por ver quién llegaba antes al
siguiente semáforo, yo me metí en mi libro y pasé de todo. En las villavesas
puedo leer yendo sentado hacia delante, hacia atrás, estando de pie… Creo que
podría hacerlo hasta boca abajo. Lo que no consigo es leer cuando alguien habla
cerca, así que muchas veces lo que hago es renunciar a la lectura. Sin ningún
problema. Faltaría más.
En cierta parada, más o menos a
mitad de trayecto, supe que mi lectura había acabado. Pasó corriendo por el
pasillo -y para sentarse justo detrás de mí -un niño de unos 3 ó 4 años,
supongo que encantador, gritando. Eso no era raro. Lo extraño era el aura que
rodeaba a los dos adultos, padre y madre, que iban tras él. La expresión “ir tras
él”, esta vez, no conllevaba velocidad, carreras tras el renacuajo, preocupación
por la seguridad del vástago, estrés de padre neófito; sólo correlación en el
espacio y en el tiempo, nada más: el niño primero, ellos después. La atmósfera que
desprendieron aquellos padres al pasar junto a mí fue de rendición. Condensaban
vacío y estupor, como los prisioneros liberados de los campos nazis en 1.945,
sorprendidos por seguir vivos. En un instante pensé en la Supernanny de Cuatro,
y en cómo mira y trata a los niños, especie de enfermos bajo tratamiento, objetos
de los que se espera una determinada respuesta ante una pregunta o comentario
absolutamente calculado. Esa mujer genial espera de ellos un automatismo
pauloviano. Como debe ser.
No quise girarme ni una sola
vez, ni siquiera cuando el niño empezó sus “evoluciones”. Fue levantando la voz
mientras repetía todas las tonterías y pecados aprendidos para estudiar, en
aquel contexto ajeno a sus dominios domésticos -el autobús- dónde encontraría
la primera resistencia, el primer aviso de los fatigados papá y mamá. Luego,
vuelta a empezar. Después, lo mismo, una y otra vez, hasta minar la paciencia
de sus padres y el límite difuso y arbitrario que éstos han establecido, tantas
veces reventado, sin consecuencias, por la criatura. Luego el lloro, el enfado, la pataleta para
acojonarlos y someterlos al escarnio público, y pasar posteriormente a la
negociación, de igual a igual, imponiendo el pequeño sus propios términos. Algunas
explicaciones claritas de papá y mamá, lógicas y equilibradas, para que todos
en el autobús comprendiesen que dominaban la situación. Mientras, el pequeño
cabrón sonríe decidiendo en qué momento va a saltarse los términos del acuerdo, invadiendo
con los tanques y construyendo más asentamientos colonos. Como Israel,
vamos.
Soy un cobarde, lo reconozco, y
cada vez más asocial. De no ser así, me habría
dado la vuelta y me habría acercado al pequeño con una sonrisa franca y la mano
hacia adelante, para que la cogiera –igual que como me acerco a los perros, con
la mano primero para que la huelan a su aire y se relajen, sin intentar
tocarlos en primer lugar-. Él, confiado y sonriente en un primer momento, pero
pensando también ya en cómo joderme por mi atrevimiento, posiblemente al principio me habría
seguido el juego, se habría levantado y dado la mano. Nos abríamos puesto al
lado de la puerta mecánica del autobús, como si nada. Le habría hecho la
pelota, le habría dicho “qué zapatos más bonitos” abriendo mucho los ojos, o
“¡tienes las manos llenas de dedos!” con cara de sorpresa, para que no sospechara. Cuando la puerta llevara
unos segundos abierta en la parada de turno, un poquito antes de cerrarse y continuar
viaje, lo habría depositado fuera, ante su asombro. Habría sacudido mi mano
para liberarme de la suya –pequeñita, algo tensa como tenazas ahora- como quien se libera de una medusa
que hubiese cogido por error en la playa, supongo. Se habría quedado fuera,
estupefacto. Las puertas se habrían cerrado y la villavesa habría continuado su
camino.
Pero nada de eso ocurrió. (Es
como pensar en que nos caen los Euromillones: todos lo hemos hecho alguna vez,
pero nada). Supe de qué iba a escribir en el blog, eso sí. Y pensé de nuevo en
por qué tantos tienen que hacer lo mismo al mismo tiempo para no sentirse fuera
de órbita. Casarse a tal edad, tener hijos para luego quedarse –unos pocos de
ellos- observando cómo sus retoños van formándose y haciéndose mayores como por
generación espontánea –tipo planta-, de dentro hacia afuera, como un milagro de
la naturaleza cuyo autodesarrollo -intrínsicamente bueno- hay que respetar. Niños salvajes. Y a
veces me pregunto, ante el vacío y el estupor de las miradas de ciertos padres,
si no es mejor así.
5 comentarios:
Yo a los pequeños pase, pero a los que no aguanto es a los adolescentes de hoy en día. Me estoy volviendo poco carca pero cada vez que me encuentro alguno por ahí me da más razones para ponerlos a parir.
Qué razón tienes. ¿Nosotros éramos así? Bueno, yo mucho antes que tú, en todo caso, claro...
Saludos.
Si ves supernanny te das cuenta que al que hay que educar es al padre primero y luego bajar al niño de su pedestal a host.... jajajja.
Me encantan tu blog, no te estas volviendo carca es una realidad que pensamos muchos y en mi caso pronto una responsabilidad.
¡Edu! Qué tal. Jeje, que conste que hablo de una minoría, tanto de niños como de padres. Y exagero y caricaturizo, porque es un blog y ayer tarde me aburría. ¡Ánimo con todo! Un abrazo.
!SAN JUDAS!!! !ACUDE A NUESTRAS SÚPLICAS!!! !VASECTOMÍAS GENERALIZADAS YAAAAA!!!
Por cierto, ¿alguien sabe si la supernanny tiene hijos??? Mucho me temo que los ha visto en casa ajena.....
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