domingo, 20 de noviembre de 2011

El cambio


Hoy no sé acerca de qué escribir. Me refiero al blog, a esto. En la novela sí lo sé, todo es más claro: primera versión del segundo fragmento del segundo capítulo. Hacia el final del tercer capítulo, ocurrirá el “primer punto de giro”, de cariz negativo: un quiebro en la línea que sigue la historia para que el protagonista, y también todos los demás, tengan que reaccionar, y cambiar.

Cambiar. El cambio. Ahora se habla mucho sobre el cambio. Ya está. Es sobre el cambio. En serio que no tenía pensado escribir sobre eso, aunque parezca preparado. A veces escribes algo, lo que sea, y ya ves por dónde tiene que ir.

Son buenos tiempos estos para cambiar, otra vez más. Qué envidia los que creen en algo y lo mantienen. Qué candor, qué pureza. No recuerdo el número de partidos políticos diferentes que he votado en mi vida; hoy otro más, uno nuevo. Respecto a una visión económica, mejor ni hablamos: he dado bandazos y más bandazos. Menos mal que, en lo religioso, lo tengo claro: religiones no, gracias. Ya han llegado demasiado lejos, ya han fastidiado demasiadas vidas.

Esto de cambiar creo que me viene a la cabeza por cuestiones de estas últimas semanas: lo de los mercados, las elecciones, y Twitter. El Twitter ese es adictivo: empiezas poco a poco como pidiendo permiso para seguir a alguien, para mandar ilusionado alguna chorrada al viento, y luego resulta que te lanzas y es peor que llamar a teletienda a las cuatro de la madrugada. Lo de siempre, la novedad.

En el Twitter “sigo” a un montón de gente: me parece muy interesante leer lo que dicen otros. Soy muy escrupuloso con las listas, me gusta intentar clasificar por los temas que tratan las personas, aunque sé que no siempre va a funcionar, afortunadamente. Literatura, cultura, Navarra, política son algunas de las listas que he creado, asuntos a los que presto más atención.

Sin embargo, la lista que más me gusta es la que no he hecho yo, la que sale por defecto, la pared inicial de Twitter donde se recoge, cronológicamente, todo lo que escriben, referencian o retuitean las personas a las que sigo. A veces gotean unos pocos tuits, de uno en uno, o a lo mucho agrupados de tres en tres. Otras veces –recuerdo cuando sucedió el debate televisivo Rubalcaba-Rajoy alias Rubaljoy- los mensajes entraban por decenas, todos de golpe. Los partidos políticos, los militantes y simpatizantes, contertulios y periodistas, todos opinando. Aparte del tradicional posicionamiento a favor o en contra de uno u otro candidato, había un respetable porcentaje de tuits que comentaban el absurdo del debate, del gasto que había conllevado, del despliegue y de la atención que había suscitado.

Realmente, ¿es posible un cambio? Y me refiero a un cambio no sólo político, sino de más calado, y no sólo en España. El caso es que no lo sé, pero no lo creo. Reconozco que, en estos momentos, estoy escuchando “Claro de Luna” de Beethoven, y no es la mejor de las músicas para tomar iniciativas que vayan más allá del mantenimiento de la depresión mental. Siempre que se han intentado cambios de verdad, los creyentes en la doctrina o dogma o ideología o religión que fuera han muerto siguiendo las consignas de los que no morían pero sabían por qué motivo era digno que muriesen sus seguidores, la carne de cañón. Pasado un tiempo, los líderes que habían conseguido licuar ese supuesto cambio en poder -como los cerdos de “Rebelión en la Granja” de George Orwell- acababan caminando sobre dos patas y confraternizando con el viejo enemigo para mantener el nuevo Sistema instaurado. No sé.

El otro día comentaba con un tuitero de Colombia que con las ideologías había que tener cuidado, que te crees libre de ellas, te descuidas y en un momento ya estás predicando. Espero que esto no sea una prédica, sino una plática sin más intención que ordenar un poco unas ideas desactivadas, inoperantes e inofensivas. Ideas que creo que al final gravitan en torno a la segunda opción de las tres que presenté en la entrada anterior del blog, el cuento “Filantropía”: el hartazgo y el fin de ese paréntesis histórico que ha sido Europa desde los años 50’ –ese Camelot con pies de barro-.

Así que, mejor que con Beethoven, les dejo con Pink Floyd, y su “The Wall”, para los jóvenes. Contra la mala educación. Saludos.

  

         http://youtu.be/VZbM_MIz4RM

sábado, 12 de noviembre de 2011

Filantropía


 Hoy, un cuentito hecho en dos horas y media, no le pidan demasiado... Saludos.


FILANTROPÍA

-El primer escenario que contemplo, el que opino que tiene más posibilidades de que ocurra…
-Perdone –interrumpió la Chica al Investigador-, ¿es que hay varias posibilidades de que el ser humano desaparezca de la Tierra en menos de 50 años?
-Déjale que hable, no le interrumpas –recriminó a la Chica su actual pareja, el Filántropo-. Continúe, por favor –dijo éste al Investigador. 
Frente a la Chica y al Filántropo, desde detrás de sus gafas gruesas como el vidrio de un telescopio astronómico, el Investigador miró primero a ella sentada a su izquierda, y luego, girando el rostro un poco hacia su derecha, enfocando sus cristales hacia el multimillonario, continuó su explicación.
- El primer escenario, el más probable, es el de una explosión nuclear en una gran ciudad de Estados Unidos o de Europa. La explosión no tiene por qué estar directamente relacionada con el reciente bombardeo de Israel a las plantas nucleares de Irán, pero nadie dejará de asociar una cosa con la otra, de algún modo. Porque sea quien sea la organización que introduzca la bomba en esa ciudad de Occidente, se acusará a los islamistas. Enseguida Israel borrará automáticamente del mapa, con bombas nucleares y como medida preventiva, lo que queda de Irán, y de paso posiblemente también Siria y el sur del Líbano. Eso será una provocación que el resto de países árabes, sobre todo Egipto, no podrá obviar, y entrarán en guerra. Mientras, Estados Unidos tendrá que apoyar como siempre a Israel para que no acabe bombardeando también a Turquía y Arabia Saudita, cortando el flujo de petróleo a Occidente. Aunque obviamente, ese flujo ya se habrá cortado. Para siempre.
El Filántropo escuchaba como si todo formase parte de una broma. Había convocado a aquella reunión al Investigador por el reconocimiento del que gozaban, entre la comunidad científica y los gobiernos occidentales,  sus últimos estudios sobre geopolítica y estrategia global. El Filántropo había decidido que un experto de primer nivel se encargara de asesorarle acerca de dónde invertir un cuarto de su fortuna, 5.000 millones de dólares, en la mejora de la humanidad. Y el individuo elegido, aquel Investigador sentado en su sala privada del Savoy de Londres, frente a él y su Chica, aquel tipo extraño al cual se había molestado en enviarle su propio jet privado para sacarlo de la pequeña ciudad del medio Oeste donde daba clases entre paletos y campos de maíz le decía ahora que en menos de una o dos generaciones la humanidad volvería a la Edad Media, en el caso improbable de que sobreviviera a su aniquilación. Al planear aquella reunión, el Filántropo incluso había pensado que todo aquello podría distraer algo y hasta divertir a Selene, su Chica, y apartarla durante un rato de la obsesión por estar delgada y provocarse el vómito cada cuatro horas.
- Lo más interesante de todo esto –comentó el Investigador sonriendo, satisfecho de su sagacidad por cuenta de la tremenda paradoja contenida en lo que iba a decir- es que, con casi total seguridad, los de la bomba no habrán sido los islamistas, sino los viejos enemigos rusos, o los nuevos, los chinos. Sea quien sea, habrán actuado con inteligencia: en vez de iniciar una guerra clásica para acabar con el actual imperio -una guerra que no pueden ganar- e imponer el siguiente régimen –el suyo-, parecerán lamentar lo ocurrido mientras siguen tomando posiciones ante el viejo competidor debilitado, que ya no levantará cabeza.
- Usted ha citado también a Europa –interrumpió el Filántropo-. ¿Y si la ciudad atacada está en Europa? Estamos en el corazón de Londres. Aquí comía y bebía Churchill.
- El Savoy. Un buen lugar, sí –el Investigador miró el lujo a su alrededor como calibrando los efectos que pudiera tener una explosión-. Una pequeña bomba sucia, lo justo para volar 10 o 15 manzanas a la redonda. Sí, podría ocurrir aquí, perfectamente. La bomba podría estar ahí fuera, en cualquier camioneta o todoterreno.
En el fondo de los ojos de la Chica chispearon levemente dos fugaces notas de vida, como si acabase de chupar un azucarillo, y dibujó una leve sonrisa. Se descalzó sus zapatos de 1.600 libras, y aprisionó con sus pies el tobillo derecho del Investigador, algo alejado de ella. Éste se quitó las pesadas gafas y las desempañó con una servilleta de papel. Sus ojos eran diminutos, dos bolitas negras como de gamba incrustadas en el fondo de un rostro aniñado, pese a sus 42 años.
- El segundo escenario –continuó, pese a todo, el Investigador-, comenzaría con el colapso del sistema financiero, bancario y crediticio.
- Eso ya lo hemos superado. Hemos ordenado las cuentas. Las de Europa, al menos –atajó el Filántropo-. Olvídese. Los gobiernos ya saben lo que tienen que hacer.
- No es suficiente. Resulta que es a ustedes y a los gobiernos a quienes se les ha acabado el crédito. Se ha instalado la desconfianza entre la gente. Aquí en Europa han estado a punto de que todo colapsara. Y eso casi ha ocurrido varias veces en un lapsus de tiempo relativamente corto. Ustedes le han dicho a la gente que el sistema funcionaba, pero que venían tiempos duros porque se habían hecho mal las cosas, que debían bajarse los pantalones…
-¿Cómo? –el Filántropo simuló indignación aunque sabía que no estaba en posición de imponer nada, ni siquiera de dejar constancia de un simbólico enfado. Se notaba que el Investigador no tenía el menor interés en encargarse de llevar adelante su proyecto filantrópico, y que podría levantarse e irse en cualquier momento. Volvería con sus gafas y su aura de desinterés existencial a su pequeña y perfecta vida de rata bibliófila ordenada y metódica. Olvidaría el viaje a Londres, el Savoy y la entrevista, o la acabaría confundiendo con un sueño. Mientras, él, el Filántropo, tendría que buscarse a un segundón de menos renombre e impacto mediático para invertir su dinero y conseguir así el halo de Gran Hombre que le permitiese ganar a quien fuese cuando Cameron dejase el gobierno y el liderazgo de los conservadores. Mientras, por debajo de la mesa, unos pies iban reptando por la pierna del Investigador, comprobando satisfechos su dureza y volumen.
-No se ofenda, es una metáfora -se excusó el Investigador-. Ustedes y los gobernantes les han dicho a los mortales que han vivido por encima de sus posibilidades…
-Es cierto. No se puede gastar lo que no se tiene.
-Ya. Pero lo importante es que esta vez ellos sí se van a preguntar en serio por qué, mientras su escaso dinero desaparece, el de ustedes no. Ustedes lo tienen. Parece que ustedes hagan el dinero. Acumulan capital constantemente. Esta vez irán a por ustedes. Será un saqueo a escala mundial, el orden se vendrá abajo, y la democracia desaparecerá. De nuevo, o totalitarismo o teocracia, si es que hay diferencia. Segundo escenario.
La Chica comenzó a recrearse en la posible vida sexual del Investigador. Posiblemente se reduciría a impresionar a las alumnas de las primeras filas de la clase, hacer chistes en el momento adecuado y mantener esa calculada distancia académica que a los jóvenes tanto les gusta perforar. Algo conseguiría, posiblemente, en su estrategia. Un trofeo muy de vez en cuando que conservaría en su memoria hasta que se fuese desdibujando con el tiempo, sobreviviendo algo más de tiempo que el olor de la presa marcado en las sábanas. Sin embargo, allí en aquella sala privada del Savoy, bajo el hostigamiento de sus embestidas bajo la mesa, el Investigador apenas la miraba ni le hacía caso, mantenía el tipo y demostraba que sabía jugar sus cartas.
-¿Y cuál sería el tercer escenario? –preguntó la chica con una media sonrisa, mientras adentraba su pie derecho en el hueco del ángulo cerrado que formaban uno contra otro los muslos del Investigador.
-Por supuesto -respondió el Investigador sin mirarla, como si la pregunta se hubiera generado sola- la insostenibilidad ecológica. De modo acelerado desde la Revolución Industrial, vamos acrecentando nuestra huella ecológica sobre el planeta, y ya hemos sobrepasado el punto antes del cual podríamos arreglarlo. Los mitos del liberalismo económico -crecimiento y progreso constante, consumo, superación personal, culto al dinero y al éxito material- se apoyan sobre la explotación de los recursos del planeta. No es sostenible. Los recursos ya se están acabando. Da igual qué suceda primero: puede ser el fin del petróleo, el cambio climático, desertización, tormentas y sequías, la inundación de las ciudades a menos de 10 metros del nivel del mar… o incluso una nueva glaciación. Con todo, esta tercera posibilidad, aunque no se lo crean, es la que contemplo a más “largo plazo”. Largo plazo me refiero a 50 o 100 años, máximo. De todas formas, el avance en este escenario provocará distorsiones en progresión geométrica: se acelerarán la desestabilización política y social, las tensiones internacionales, las emigraciones masivas. Pero no se preocupen. Es muy probable que antes de este tercer escenario se dé el primero o el segundo. O los dos.
El Filántropo y su Chica se miraron un instante, y se dieron la mano. Luego se giraron hacia el Investigador.
-¿Y qué nos recomienda, profesor? –preguntó el Filántropo.
Con un pie aprisionando su sexo, el académico se concedió un instante para ser consciente de cómo éste crecía y reaccionaba al contacto. Luego, mirando primero a la Chica un instante nada más y luego al Filántropo, respondió, mientras se atrevía a tomar la mano libre del hombre entre las suyas, sonriéndole e inclinando algo la cabeza, torciéndola un poco a un lado:
-No tengo todas las respuestas, querido. Pero sabiendo hace tiempo todo lo que te he contado, ya sólo me limito a disfrutar de cada instante, de cada alumno, de cada pie que juega bajo una mesa.

martes, 1 de noviembre de 2011

Los niños salvajes


Ayer no tuve puente. Por la mañana no hice gran cosa, pero a la tarde fui a dar un par de clases. Acabé cansado, más por pensar en toda la gente que no trabajaba ese lunes que por lo que yo había hecho. Tomé el autobús urbano –la llamada villavesa, en Pamplona-, y me dispuse a volver a casa, atravesando buena parte de la ciudad. El viaje podía durar 15 o 20 minutos, así que saqué el libro que llevaba en la mochila, y comencé a leer.

Al principio fue bien. Aunque el conductor parecía competir con algún otro coche por ver quién llegaba antes al siguiente semáforo, yo me metí en mi libro y pasé de todo. En las villavesas puedo leer yendo sentado hacia delante, hacia atrás, estando de pie… Creo que podría hacerlo hasta boca abajo. Lo que no consigo es leer cuando alguien habla cerca, así que muchas veces lo que hago es renunciar a la lectura. Sin ningún problema. Faltaría más.

En cierta parada, más o menos a mitad de trayecto, supe que mi lectura había acabado. Pasó corriendo por el pasillo -y para sentarse justo detrás de mí -un niño de unos 3 ó 4 años, supongo que encantador, gritando. Eso no era raro. Lo extraño era el aura que rodeaba a los dos adultos, padre y madre, que iban tras él. La expresión “ir tras él”, esta vez, no conllevaba velocidad, carreras tras el renacuajo, preocupación por la seguridad del vástago, estrés de padre neófito; sólo correlación en el espacio y en el tiempo, nada más: el niño primero, ellos después. La atmósfera que desprendieron aquellos padres al pasar junto a mí fue de rendición. En un instante pensé en la Supernanny de Cuatro, y en cómo mira y trata a los niños, especie de enfermos bajo tratamiento, objetos de los que se espera una determinada respuesta ante una pregunta o comentario absolutamente calculado. Esa mujer genial espera de ellos un automatismo pauloviano. Como debe ser.

No quise girarme ni una sola vez, ni siquiera cuando el niño empezó sus “evoluciones”. Fue levantando la voz mientras repetía todas las tonterías y pecados aprendidos para estudiar, en aquel contexto ajeno a sus dominios domésticos -el autobús- dónde encontraría la primera resistencia, el primer aviso de los fatigados papá y mamá. Luego, vuelta a empezar. Después, lo mismo, una y otra vez, hasta minar la paciencia de sus padres y el límite difuso y arbitrario que éstos han establecido, tantas veces reventado, sin consecuencias, por la criatura. Luego el lloro, el enfado, la pataleta para acojonarlos y someterlos al escarnio público, y pasar posteriormente a la negociación, de igual a igual, imponiendo el pequeño sus propios términos. Algunas explicaciones claritas de papá y mamá, lógicas y equilibradas, para que todos en el autobús comprendiesen que dominaban la situación. Mientras, el pequeño cabrón sonríe decidiendo en qué momento va a saltarse los términos del acuerdo, avanzando con los tanques unos kilómetros más. Hasta Berlín.

Soy un cobarde, lo reconozco, y cada vez más asocial. De no ser así,  me habría dado la vuelta y me habría acercado al pequeño con una sonrisa franca y la mano hacia adelante, para que la cogiera –igual que como me acerco a los perros, con la mano primero para que la huelan a su aire y se relajen, sin intentar tocarlos en primer lugar-. Él, confiado y sonriente en un primer momento, pero pensando también ya en cómo joderme por mi atrevimiento, posiblemente al principio me habría seguido el juego, se habría levantado y dado la mano. Nos abríamos puesto al lado de la puerta mecánica del autobús, como si nada. Le habría hecho la pelota, le habría dicho “qué zapatos más bonitos” abriendo mucho los ojos, o “¡tienes las manos llenas de dedos!” con cara de sorpresa,  para que no sospechara. Cuando la puerta llevara unos segundos abierta en la parada de turno, un poquito antes de cerrarse y continuar viaje, lo habría depositado fuera, ante su asombro. Habría sacudido mi mano para liberarme de la suya –pequeñita, algo tensa como tenazas ahora- como quien se libera de una medusa que hubiese cogido por error en la playa, supongo. Se habría quedado fuera, estupefacto. Las puertas se habrían cerrado y la villavesa habría continuado su camino.

Pero nada de eso ocurrió. (Es como pensar en que nos caen los Euromillones: todos lo hemos hecho alguna vez, pero nada). Supe de qué iba a escribir en el blog, eso sí. Y pensé de nuevo en por qué tantos tienen que hacer lo mismo al mismo tiempo para no sentirse fuera de órbita. Casarse a tal edad, tener hijos para luego quedarse –unos pocos de ellos- observando cómo sus retoños van formándose y haciéndose mayores como por generación espontánea –tipo planta-, de dentro hacia afuera, como un milagro de la naturaleza cuyo autodesarrollo -intrínsicamente bueno- hay que respetar. Niños salvajes. Y a veces me pregunto, ante el vacío y el estupor de las miradas de ciertos padres, si no es mejor así.