viernes, 2 de septiembre de 2011

Metamorfosis

Hoy he estado de concierto. Mozart, y la Metamorfosis de Strauss. Se me ha ocurrido una pequeña historia.


En cuanto los violonchelos y los contrabajos comenzaron, supo que todo iba a cambiar. Pero lejos de cualquier optimismo, lamentó haber hecho caso a su hermana, y haber acudido. Se avergonzó de que, acabada la guerra hacía ya 6 años, y habiéndose creído preparado para no mostrar sentimientos, aquellos primeros compases le desarmaran de inmediato, como a un niño pillado ante una falta. Metamorfosis, de Richard Strauss. Se había estrenado en el 46, y la obra era un homenaje a la Ópera de Munich, destruida por una bomba. Pero él, en aquel momento, después de más de 10 años sin asistir a un concierto, no pensó sólo en edificios arrasados por las bombas. Sonrió.

Recordó el momento de abandonar los barracones destruidos y cubiertos de nieve en que se encontraba su regimiento, en Stalingrado, para recoger los restos de su mejor amigo. El fuego enemigo frente a ellos había cesado tras un bombardeo preciso de artillería desde la retaguardia. Salió del escondrijo y tomó aire, pero, pese a las temperaturas bajo cero, olía a muerte. De su compañero y de los otros dos que murieron con él en el bombardeo de un par de días antes pudo recoger alguna pierna y las tres cabezas. De la parte central de los cuerpos no encontró nada. La cabeza a la que le faltaba la mitad era la de su amigo, Hans.

En el escenario, 23 instrumentos solistas de cuerda competían frente a él para imponerse, buscando sin lograrlo una melodía y un hueco en un mundo que ya no existía. No buscaba entender nada pero apreciaba el dolor, y eso era suficiente. Los sonidos se apoderaban de él como una enfermedad, todavía no estaba preparado para la música. Dedujo que nunca lo estaría ya. Con Hans hablaba de todo, también de música. Por un momento pensó que su amigo estaba sentado a su lado. Su hermana a la derecha, Hans a la izquierda. Miró en esa dirección y sentada, mirándole, una mujer lloraba como él, en silencio. Apartaron la mirada a la vez, y bajo sus ojos húmedos cuatro mejillas empapadas de lágrimas se iluminaron algo con la luz del escenario.

Se disparó en una pierna para escapar del cerco de Stalingrado por avión, antes de que fuera demasiado tarde. Era tan arriesgado como quedarse y confiar en que el IVº Ejército les rescatara. Podían descubrir su traición y matarlo allí mismo, sobre las pistas del aeródromo a unos metros de la salvación, o tirarlo a una cuneta para no malgastar una bala y que muriese de frío. Pero consiguió un hueco en un avión. Salvó su vida. Se preguntó dónde estaría Hans.

La orquesta se ha detenido un momento, han sido cuatro segundos. No está prestando atención, las cuerdas sobre el escenario siguen buscando algo, perdidas, apagándose. Los violines se apoyan en la dominante, bajan hasta la tónica, lo hacen varias veces. Modulan, intentan agarrarse a un tema. Algo le ha recordado antes a Beethoven, durante un instante. Antes de la guerra él era músico aficionado, tocaba el violín. No ha vuelto a hacerlo. No. No volverá a tocar.

- ¿Estás bien? –le pregunta su hermana, al acabar la obra.
- Sí, vamos a casa. Quiero dormir. Creo que hoy dormiré bien.


Durmió bien. No soñó esa noche ni ninguna más con el Panzer Tiger que, saliendo de ninguna parte, le perseguía y a veces le alcanzaba y trituraba bajo sus orugas y otras veces paraba justo antes de aplastarlo, le miraba con su largo ojo y le permitía seguir adelante con la vida muerta de aquellos últimos años. No le arrojaron más, descubierta su traición, desde el avión de carga de la Luftwaffe el resto de heridos que viajaban en el mismo, a la vuelta de Stalingrado. Y tampoco volvió nunca más por la noche el cuerpo decapitado de Hans con su media cabeza en ristre en una mano, ladeada y apoyado el hueco de lo que faltaba contra las costillas. En su lugar las noches pasaron a ser ocupadas por un vacío placentero, una película muda con un solo fotograma en negro, ningún recuerdo ya de ningún sueño. En todo caso -y siempre dudó de ello hasta el final- a veces algunas mañanas creía recordar sonidos hilvanados en una especie de melodía simple; Mozart, tal vez.

In Memoriam

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Olé! Cómo da de sí la Metamorfosis de Strauss. Muy bueno. Un abrazo
Rubén