sábado, 13 de agosto de 2011

Wolff, Capote, Roth y Carver

Hay escritores que se agarran a sus propios temas y vuelven a ellos vez tras vez. Tal vez sus asuntos no sean originales, pero sí su tratamiento. Es como si estos autores supiesen que hay algo que dominan –o que intuyen que tiene importancia-, y le dan vueltas y vueltas. Tal vez no sepan todas las respuestas, pero se interesan sobre un asunto determinado y lo acaban haciendo suyo.

Se me ocurren varios de estos escritores, voy a hablar de alguno. Siempre desde mi punto de vista, que es parcial y generalmente miope; más de una vez leo algo y entiendo justo lo contrario de lo que se supone que debería ser. No pasa nada, ya me he acostumbrado a que sea así. Además, siempre nos queda la relectura, que es mejor que la lectura.

Precisamente ahora releo “Vieja Escuela”, de Tobías Wolff, y como en muchos cuentos del autor y en su biográfica “Vida de este chico”, aparece la mentira, el engaño. Muchas veces empieza con una tontería, una cuestión pequeña que crece hasta ser incontrolable y cambiarle la vida a uno. Generalmente, es un adolescente el que intenta engañar. Como en “El guardián entre el centeno”, el chico mintiendo en el tren a la mujer atractiva para parecer más maduro, más interesante. El autor parece haberse pasado muchas horas en ese vagón, o con su madre yendo de una punta a la otra de Estados Unidos, buscándose la vida. ¿Por qué no intentar escapar con una mentira de la realidad aunque sea durante un rato, cuando empiezas a darte cuenta de lo jodido que va a ser todo?

Luego está la protagonista de Desayuno en Tiffany’s. El marco: Nueva York (¿qué haríamos, si no nos quedase Nueva York?, se preguntan casi al final de la película Shortbus). La joven busca cariño, busca otra vida, busca escapar. Como el niño Capote, llorando noche tras noche encerrado en la habitación de un hotel, mientras su madre sale por ahí. En 1.950, con 26 años, escribe Capote en una carta: “Caballero, ¿por qué no ha contestado a mi carta? Si escribo cartas es para luego recibir otras; por favor, que esta sí quede saldada”. Recibir cariño, atención. No quedar llorando otra noche más sentado en el suelo, mirando hacia la puerta cerrada. Solo, rodeado de oscuridad, paralizado por el miedo.

Philip Roth. Judíos y sexo. El inalcanzable mito de la jodienda libre de sentimientos de culpa, la madurez de un judío nacido en Estados Unidos que quiere ser ya algo más que una extensión de la tradición yiddish, culpabilizadora, paralizante. Creo recordar –no estoy muy seguro- que una vez dijo Roth que un judío en Estados Unidos siempre sería mentalmente un adolescente mientras sus padres viviesen. Saul Bellow se le adelantó unas décadas, le abrió el camino.

Para acabar, los cuentos de Raymond Carver. Alcohol y perdedores. Basura blanca y parejas rotas. Incomunicación, como en los cuadros de Hopper. Pero en medio de la nada y de la rutina algún fogonazo que parece indicar que tal vez la vida no sea todo el tiempo una mierda sino simplemente todo cuanto tenemos.


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