jueves, 25 de agosto de 2011

La Visita

Es jueves, y los ecos de la visita del Papa a Madrid y de la Jornada Mundial de la Juventud han dejado de oírse. El domingo el Papa viajó de vuelta a Roma, y el lunes los llamados “kikos” hicieron un último acto por las calles de la capital. Del todo a la nada, podríamos decir: es jueves y es como si hubiera pasado un mes, no apenas tres días.

Ha habido de todo durante los días de la visita, voy a comentar unas pocas cuestiones. Van sin orden, sólo algunas impresiones e ideas, y ya está. A salto de mata.

1º. España siempre ha sido muy especial para la Iglesia –y también para el Islam, como nos recordaba Bin Laden en sus vídeos-. La Reconquista, los Reyes Católicos, el Emperador, los enfrentamientos contra el protestantismo y el liberalismo, Franco. El que la mayoría de los españoles se haya desapegado de los preceptos de la Iglesia y que apenas ronde su liturgia más que como cuestión social –bodas, funerales, festejos- es algo no digerido todavía por Roma. Nunca será digerido, España es irrenunciable, como vino a decir Ratzinger en sus últimas palabras en España.

2º. En línea con lo anterior, y a modo de exorcismo, en algunos momentos -sobre todo en las celebraciones que hubo en el centro de Madrid el viernes, con la misa y los pasos de Semana Santa- las jornadas me parecieron a ratos un intento de purificar nuestro solar en general y las calles del centro de Madrid en particular, tal vez de otras manifestaciones masivas bien distintas, como las del Orgullo Gay.

3º. Me dieron asco las imágenes de salvajes gritando a jóvenes y monjas que rezaban o simplemente estaban allí. Seguramente luego esos mismos se dirán tolerantes y racionales. Así no se desprograman las mentes, así se las refuerza. Parecían nuevos inquisidores, y ya llevamos unos cuantos. Demasiados.

4º. Otra idea, respecto a Europa: la lucha entre Democracia y Teocracia no ha acabado, ni mucho menos. Se va a reavivar. Comenzó en serio con la Ilustración y la Revolución Francesa, y, salvo el paréntesis de nacionalismos y totalitarismos de finales del XIX y primera mitad del XX, el punto de partida vuelve a ser el mismo: ¿legisla el pueblo, o legisla una élite religiosa gracias a su autoproclamado monopolio sobre la palabra de un Dios al que nadie ha visto ni oído jamás? A este respecto dice Philipp Blom: “El tema principal tanto en política como en cultura no es ya la batalla entre la derecha y la izquierda, sino entre la Ilustración y el oscurantismo”.

Alguno dirá: “exageras. Sólo era una reunión de jóvenes y monjas, educados y entusiastas, con guitarras y cánticos”. Y sí, en parte era eso, y me he alegrado por ellos, por ese entusiasmo y candor, me ha recordado viejos tiempos donde te dejabas llevar y todo tenía sentido, con los tuyos. Es una sensación placentera la pertenencia a un grupo, la certeza, poseer la Verdad.

5º. Los viejos tiempos siempre pueden volver. Respecto a la jerarquía de la Iglesia, ha sido un golpe en la mesa: “estamos aquí, no nos hemos ido. Cuando queremos, sacamos músculo. Hemos dominado la mente de Europa durante 15 siglos, y podemos volver a hacerlo. Vuestra debilidad es nuestra fuerza”.

6º. Una última: relativismo igual a mediocridad. (Un tema recurrente del actual Papa). Relativismo igual a falta de horizontes, valores, principios… “O piensas como yo, o no tendrás nada a lo que agarrarte, nada verdadero, serás paja que mueve el viento”. Qué va. Hay ética, moral, principios y valores fuera de las religiones. Claro que sí. Vaya que si los hay.

Esto se alarga. Simplemente, acabo con una esperanza; leve, aunque sea: entre tantos jóvenes, ¿no habrá habido alguno que haya sido fiel a la naturaleza, a la vida? Algún chico que se haya sorprendido mirando con fijación y empeño el trasero de alguna entusiasta polaca, por ejemplo. U otro-a que se haya fijado más en los peregrinos de su sexo que en los del sexo contrario, y no se haya sentido sucio-a ni enfermo-a ni culpable por hacerlo, por seguir su naturaleza y el curso real de la vida, de su vida. Quiero pensar que alguno de esos chicos ha cuestionado lo que oía. Igual que cuando les quieren vender algo por la tele, o escuchan a la Lady Gaga de turno. Es la misma esperanza de otras veces, la de que lleguen a pensar por ellos mismos, marcando de cerca al político que les dice que él sí es diferente, o despreciando al profesor mediocre y prepotente que quiere que piensen como él, y no cree que tengan nada que enseñarle.

Propiamente, Descartes no dijo “pienso, luego existo”. Dijo: “dudo, así que pienso. Pienso, luego existo”.

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