jueves, 18 de agosto de 2011

Brasas

Continúo releyendo “Vieja Escuela”. Apenas recordaba que hacia la mitad del libro había una crítica a una autora, Ayn Rand. El narrador-protagonista, pasado un primer momento de entusiasmo juvenil hacia los libros de ella, comprende lo lejos que se encuentran esas historias y personajes de nada que sea mínimamente auténtico, valioso. Y entonce relee a Hemingway.

A todos nos puede pasar. Ocurre a veces que, entre las lecturas, se acaba colando un librillo malo, por el motivo que sea. Un compromiso, un regalo, una recomendación de la que debiéramos haber huido, o simplemente que es verano y decimos: “venga, ahora toca algo ligero”. Y entonces echamos mano de un best-seller, por ejemplo. En ese momento casi con seguridad seguimos siendo conscientes de que la vida pasa rápido, puede que hasta recordemos los buenos propósitos del uno de enero –no más Telecinco, no leer basurillas-. Pero caemos.

Y te metes en el libro. Al principio va bien. Es claro, limpio, fácil. Algunos hasta tienen muchas páginas. Y avanzas, avanzas, avanzas. Es como cabalgar sobre tierra quemada –supongo, no lo sé-: galopas rápido al viento. Eres consciente de que vas en automático, pero con eso es suficiente. Personajes que no lo son porque no los conoces pero no hace falta porque tampoco te los crees, situaciones y tramas increíbles que responden al esquema de éxito del autor… Si otras veces el tipo ha usado esa fórmula y (le) ha funcionado, ¿por qué no va a suceder ahora? Además, qué de cosas pasan en esos libros. Son agotadores.

Recuerdo de crío en mi pueblo que solíamos quemar cosas. Nos aburríamos, y probábamos los efectos del fuego sobre diversas superficies, objetos y seres animados de pequeño tamaño. Lo normal. Pues bien, una vez, leyendo “Los pilares de la tierra”, caí en la cuenta de que leerlo era como ver arder hojas de periódico. Si las colocas bien en la chimenea -arrugadas pero sin aplastar, a modo de bolos no muy compactos-, y la llama se inicia en el punto adecuado -baja y en medio de los bolos de papel-, los efectos son rápidos, llamativos. El fuego pasa de hoja a hoja veloz y en un instante todo el contenido de la chimenea está ardiendo en la misma llamarada, y la habitación se ilumina con fuerza. Incluso, durante los escasos segundos que dura aquello, hay cierto desprendimiento de calor. Luego quedan unas cortezas entre grisáceas y negruzcas que se cuartean y revolotean a la mínima que soplemos y todo vuelve a la normalidad, a la penumbra.

Cuando los mayores nos dejaban hacer un fuego de verdad poníamos primero los bolos de hojas de periódico, y luego astillas de cajas de frutas, sarmientos o cortezas secas de árbol recubriendo el papel ahuecado, a modo de pequeña pirámide. Dábamos fuego al corazón de la estructura, y confiábamos en que todo fuera como habíamos visto tantas veces. Al poco, con las primeras llamas prendidas ya en las astillas y cortezas, utilizábamos pequeños trozos de madera que eran colocados con cuidado, en el punto justo donde la llama respiraba bien y ya era suficientemente fuerte. Esas maderas flacas se apoyaban unas contra otras y no tardaban en quemarse y en hacer más grande la pirámide, que ya podía soportar un nuevo recubrimiento, esta vez hecho con astillas casi siempre de roble que volvían a soportarse también unas con otras en torno a las llamas del fuego adolescente. Esas astillas y otras que venían pronto a sustituirlas iban formando una buena cama de brasas. Después era cuando venían ellos, los troncos, tan grandes que a veces te preguntabas si de verdad iban a caber en el hueco de la chimenea.

Aquel día que estaba con “Los Pilares de la Tierra” también pensé que prefería los libros que se leen como arden esos troncos. Al principio se muestran orgullosos e inaccesibles, y, al ponerlos sobre las brasas y el pequeño fuego primigenio, se antoja imposible que éstos vayan a poder con ellos. Son desalentadores. Pero el fuego ya está hecho y trabaja los troncos poco a poco, desde abajo. Frase a frase, párrafo a párrafo. Las llamas y el calor ascienden y acarician la enorme madera, que se ennegrece y comienza a achicharrarse. Te das cuenta entonces de que ese libro pertenece a un mundo que se ha creado en exclusiva para él. Todo un mundo, nuevo. Traspasas la puerta que el autor entorna y compruebas que éste se ha dejado algo suyo en esas páginas, que no volverá a ser el mismo ni recuperará lo que ha escrito. Al final las llamas consiguen agarrarse a las paredes del tronco, y éste se va reduciendo, enrojece y se convierte también en brasas, las brasas más bonitas de todas: como pequeños soles cuarteados por el calor que parecen respirar y arder de dentro a fuera. Y entonces es cuando ocurre. Te metes dentro de las brasas. Y lees. Lees de verdad.

1 comentario:

Krust dijo...

Al Bradbury de Fahrenheit seguro que le gustaría este post y estaría encantado de que le prestaras tu ejemplar de "Los pilares de la tierra", sería la última brasa literaria que restaría cuando ya se hubieran consumido los otros 450 best-sellers en la gran pira comercial...
Lo leí por la cabezonería de acabarlo, o para poder despellejarlo con conocimiento de causa tras el esfuerzo, aún así reconozco que otros best me han gustado bastante, depende de muchos factores supongo, pero en general huyo de ellos como del mismo fuego.
"Todo arde si le aplicas la chispa adecuada" que diría Bunbury, pero ese ya es otro tema...

Interesante blog. Saludos.-