sábado, 22 de noviembre de 2008

L'été est mort. Vive l'été!

Esta mañana he subido a Pamplona, a la biblioteca de la Plaza San Francisco. Algunos sábados voy, compro el Babelia y escribo algo. Hacía frío y el suelo estaba cubierto, más que otros días, por hojas muertas. De algunas de ellas no quedaba más que una pasta blanda y deforme, atacada por el agua y las pisadas de la gente. Entonces me he convencido de que del verano ya no queda nada, y de que el blog lleva tiempo sin tontadas reseñables. Así que nada, aquí volvemos.

Este verano ha sido el primero en muchos años que prácticamente no he estado en Sanfermín. Tanto hablar de la Fiesta, y luego me voy por la puerta de atrás. Sólo estuve día y medio, insuficiente para participar con la actitud adecuada, con la pérdida de conciencia necesaria de lo que es la Fiesta. Y si alguno de los presentes ha estado un fin de semana en Sanfermín y se lo pasó bien o al menos no recuerda nada, nada que afirme lo contrario, que sepa que ha sido como una piedra lisa y pulida que rebota en la superficie de algo que no ha llegado a conocer en absoluto. Y eso es lo que quería: llegar el sábado doce y no salir, ir de la estación de autobuses a mi casa como un mormón del Medio Oeste horrorizado por tanto chico sano echado a perder. El domingo trece levantarme tarde -había estado de vacaciones y tenía que descansar, excelente excusa- y por la tarde recoger a mis amigos supervivientes de la Fiesta todavía alcoholizados, sí, pero dignos, después de una semana de Fiesta para tomar un martini a las seis de la tarde y luego –no había opción- verlos entregarse otra vez a la Fiesta mientras yo era incapaz esta vez de comulgar con ellos y mantener medianamente el tipo, como si fuera a hacer un largo viaje a ninguna parte y necesitara la suficiente frialdad para comenzarlo bien. Luego el día catorce, el último, ese en el que se ven más que nunca personas que no quieren crecer o que han crecido ya y de vez en cuando se conceden el lujo de volver a tener menos años. Por la tarde-noche estuve con amigos tomando algo, comiendo-cenando mis primeros huevos con magras y tomate de los Sanfermines del 2008, acompañados de Marqués de Cáceres. Luego cubatas mientras esperábamos a que alguien nos dijera lo que toda Pamplona -salvo la que empieza- ansía a la vez que detesta: que se han acabado las fiestas de Sanfermín. Siempre nos quedará (les quedará, a los que van) Salou o Sitges -pero no saludes, que luego todos nos conocemos- o las fiestas menos conocidas pero igual de divertidas de otros pueblos a los que no llegó ni el escritor borracho y genial que estuvo en todos los sitios en los que se bebía con ganas -sin mesura, hasta el fondo- ni la televisión, ese último espejismo de que todos somos iguales. Luego unos últimos Jackdaniels acocacolados en bares de la Pamplona de bien, esa misma Pamplona que al día siguiente de la Fiesta hará como que no se acuerda de nada “¿en serio hice eso? ¿de verdad? Qué cosa. Es el alcohol”. Si Pamplona no tuviera los Sanfermines reventaría hacia dentro, como un submarino a cientos de metros de profundidad, sería abducida por su propia mediocridad. O tal vez el mediocre sea yo.

Por contra, estuve en París. Del cinco al doce. Voy a poner alguna nota sobre ese viaje a continuación, y espero seguir añadiendo cosas. Pero no esperen mucho. Porque algo que tengo claro es que no voy a mantener ninguna periodicidad con este blog. Uno de los objetivos de este engendro era asentar el hábito de escribir. Ese hábito ya está fijado, ha borrado del mapa otros como los de ganar dinero o llevar una vida normal. Así pues, habiendo cumplido como un héroe su cometido, la utilidad del presente blog queda en entredicho. Pero bueno, nos veremos de vez en cuando por aquí.

Saludos.


PARÍS, 2008 (1)

2008.07.05. Once treinta de la mañana, Pamplona. Acaba la última clase antes de las vacaciones. Todos preguntan a dónde voy, con la pequeña maleta de ruedas. A París, claro. Se despiden de mí pensando que tienen el mismo derecho que yo a pasárselo bien. Pobricos.

2008.07.05. Una menos cuarto del mediodía en la Estación de Autobuses de Pamplona. Aquí la fauna variopinta que puebla Sanfermín se condensa de un modo incontestable y se muestra a falta de unas pocas horas. Sin tonterías. Gente que busca, expectante. En otra época les hubiera dicho que miraran en otra parte. Pero como estoy tan harto de equivocarme y hacer el gamba que me callo y sigo con mi martini y mi libro. Hasta que llegue el autobús.

2008.07.05. Dos y cuarto del mediodía. Oronoz-Mugaire. Esperamos hasta hacer el trasbordo de autobús. Casi había olvidado la aventura de viajar sin coche por el Norte de Navarra. Dos chicas se han equivocado de enlace y temen no llegar a Pamplona a tiempo para el Innombrable, al día siguiente. El Chupinazo. Fiesta. El puto Hemingway. La puta tele y los putos encierros televisados. Mi padre conoció la Fiesta en los cincuenta. Se metía en ella y no volvía al pueblo por días. Al final siempre volvía. Qué largo puede ser un año. Incluso un solo día, sin dinero y borracho, puede ser insoportable.

2008.07.05. Cuatro y media de la tarde. Hendaya. En el tren de la SNCF (Sociedad Nacional de los Caminos de Hierro Franceses). Junto a mí se sientan una pareja joven francesita y su crío. Comienzo a conocer la liberalidad francesa en cuanto el tren se pone en marcha. Ella, de unos 25 años, sentada casi enfrente mía, gorda y vulgar, se descalza el pie derecho y lo planta en la entrepierna chandalera de su chorbo, francesito barriobajero aún más joven sentado a mi lado, flaco y como distraído, como si aquello no tuviera que ver con él y fuera lo más normal. Enfrente mío el crío, un demonio cabrón que no para quieto y grita cada vez más. Me dice cosas que no entiendo, y me enseña un cuaderno con colores. Si esa es la manera de desempolvar mi francés hablado, si así se divierte Dios, yo lo acepto. Repaso con él los colores en su idioma. La pareja mira sonriendo tanto al retaco que salió el día que no usaron condón como al españolito con pintas de poca cosa, mientras ella mueve los deditos de su pie derecho animando el cotarro de su chico que crece y crece tal vez más por miedo a lo que se le pueda ocurrir a aquella mole con trasuntos de mujer que se le sienta enfrente que por deseo. El deseo. De qué sirve el deseo si quien lo atiza es el pie de una mujer normanda cubierto –el pie- por un calcetín blanco de deporte con marca falsa de a euro y medio el par.

2008.07.05. Diez y algo de la noche. París. Gare Montparnasse. París. París existe y siempre nos quedará París. Una kilometrada andando desde donde para el tren hasta la boca de la estación. El metro está donde decía el mapa, el hotel también. El tipo de la recepción… El tipo no estaba en el mapa. Viene del África más negra y más profunda y creo que lleva en Francia menos horas que yo. No le entiendo una. En la llave que me da, la de la habitación, pone algo. El número de la habitación. Bien. Dejo la maleta y salgo por las calles cercanas. Qué se bebe por aquí. Poco y caro. Pijadas, me gusta decir a mí. Mariconadas, dicen algunos de mis amigos. Pensando en lo malamente que aguantan bebiendo, sonrío y brindo por ellos. Solo. Sin problemas.

(Continuará)

3 comentarios:

César Rina dijo...

Estimado Lucio:

Me alegra que hayas retomado el blog, para que todos podamos disfrutar de tus lindezas literarias.

He pasado varias semanas muy agobiado, con la excepcion de la majestuosa boda a la que asistimos. Ya te contare mas detenidamente y comentare tus experiencias pamplonicas y parisinas.

Un abrazo y cuidate.

César Rina dijo...

Felices fiestas Lucio, aunque sean paganas y feliz anho nuevo.

Espero que 2009 sea al menos igual de concurrido que 2008.

Supongo que hoy habra disfraces. En mi caso solo alcohol y perversion.

Un abrazo

Té la mà Maria - Reus dijo...

muy buen escrito felicidades
saludos desde Reus