lunes, 19 de mayo de 2008

El Color de la Duda

Comunico a mis escasos lectores que se abre un período de reflexión acerca de la necesidad, conveniencia y resultados del presente blog, por lo que permanecerá durante un periodo indeterminando sin aportaciones que lo enriquezcan o empobrezcan, que lo mismo da.

Un saludo a todos, y cuídense de la primavera y los brotes nuevos, que alteran la sangre.

Demian

sábado, 10 de mayo de 2008

Muerte en Venecia

Lo sé. No son horas ni condiciones idóneas. Recurro a lo fácil: más tarea hecha, enlatada, de tapper. Pero vamos, no me siento mal. Es mejor así, rendirse ante la evidencia. Aparte de ello, me queda menos de una hora para estar en Pamplona, arreglado y medio presentable.

De todos modos, si alguien lee esto y de verdad tiene interés en algo interesante, le recomiendo el Babelia de hoy: un recuerdo para "Muerte en Venecia", de Thomas Mann. También para la película de Visconti y la ópera de Britten. La belleza, lo turbio y lo prohibido.

Les dejo con una cita, sólo con una, antes de unos recuerdos de la infancia:

"Quien con sus ojos la belleza ha visto,
está ya entregado a la muerte"
(August von Platen)


Recuerdos
La mayoría de los recuerdos de mi infancia tienen un lugar común: el pueblo. Durante el año vivíamos en las afueras de Pamplona, pero tras las clases nos refugiábamos allí –treinta habitantes, trigo, cebada y calor-. Desde entonces me ha quedado la sensación de que todo lo sucedido entre los meses de octubre a junio de aquellos años no tuviera que ver conmigo: hechos aislados y sin importancia.

Como he dicho, todo comenzaba tras coger las notas, con mi intento forzado y falso por participar en la alegría jacobina de mis compañeros al acabar las clases. De verdad que intenté contagiarme de ese entusiasmo incendiario, pero era inútil. Apenas sacrificaba en aquellas hogueras de San Juan unos pocos apuntes que no servían, que previamente había pasado a limpio, y que al quemarse me dolían como si yo mismo hubiera caído entre las brasas.

Otro recuerdo de aquellos días: el llegar a casa tras la última clase y derrumbarme durante unas horas, indefenso ante aquel mar de días por delante, sin clases. La desazón ante ese medio hostil remitía hasta desaparecer cuando éramos salvados a primeros de julio y llevados al pueblo.

Salvados de los Sanfermines. Rescatados del Mal igual que los Niños de Londres de los ataques de la Luftwaffe, como los Niños de la Guerra rumbo a Rusia. Durante unos años habría de funcionar: las visitas a la Fiesta siempre de día –los fuegos artificiales eran nuestro toque de queda, abandonábamos Pamplona poco antes de medianoche corriendo medio descalzos igual que Cenicienta-, visitas con guardaespaldas –los mayores- y con una ruta segura de escape siempre abierta. Mirando todo “desde el otro lado”, desde la Fe y el Orden, viendo en vivo lo que no debía hacerse, observando de cerca los borrachos, los excesos y la alegría sucia de esos días. El Mal, en definitiva. Ese mismo Mal al que nos abrazaremos en menos de dos meses todos los Niños de los Sanfermines marcados con el signo de Caín.

Del pueblo recuerdo la cosecha, el frontón, el calor y las noches en la calle hasta tarde, así como las visitas del señor Julián los jueves, con su camión chato cargado con todo lo que pensábamos que podría ofrecernos el mundo: desde alpargatas y cal en bolsas de plástico hasta fruta y chocolate. Esperábamos nuestro turno –primero los mayores-, y comprábamos leche condensada en pequeñas latas de metal y golosinas.
¿Qué más? Veamos.

Nosotros, los críos, descalzos con los pantalones remangados en el remolque lleno de trigo, empujándolo con palas que no pesábamos hacia el agujero desde el que caía a un cajón de madera, en el suelo, con un sinfín desde el que subía a habitaciones en casas abandonadas, utilizadas de granero. Accidentes de circulación en el frontón: dibujábamos a tiza sobre el cemento liso circuitos enrevesados, semáforos y pasos de cebra que nos comprometíamos a respetar con nuestras bicis. Pocos eran lo que querían hacer de peatones. Media hora después íbamos a por ellos, como si puntuara atropellarlos, y estrellábamos nuestras bicis contra las de los demás, a veces con nosotros sobre ellas y otras veces habiéndolas abandonado segundos antes de la colisión.

Sangre en las rodillas, sangre en los codos, y muchos lloros, siempre lloros. Y guantazos y gritos de nuestras madres, que nos zarandeaban como las mammas italianas en las películas de Fellini. Y es que hay que recordar que en aquella época los niños no mandaban.

Atrevimiento o verdad, prueba o beso. Mayoritariamente escogíamos la prueba.

Fines de los 70’, primeros de los 80’: Mike Oldfield, Supertram, Triana, Pink Floyd y Status Quo.

sábado, 3 de mayo de 2008

De ratón a hombre

El pequeño ratón no comprendió a tiempo que devorar libros le habría de llevar a lo que nunca podría ser. Pero eso no le importó ni siquiera cuando fue mayor para darse cuenta de ello, ni aún cuando era demasiado tarde para reaccionar. Aceptó el cúmulo de errores –o aciertos- que le habían llevado a esa situación con la dignidad mísera de los que no tienen nada más que eso: la dignidad.

En el principio de todo comenzó sin pretensiones, con obritas menores para niños: Los Hollister, Los Cinco. Familias numerosas que hablaban de un american way que no tenía que ver con él, pero que no tardó en envidiar. Envidia y arte, siempre de la mano.

Luego vino Alberto Vázquez Figueroa, el aventurero. Mientras las demás ratas –ya no era un ratón: había crecido- se entretenían con la realidad él prefería escaparse a los mundos de La Iguana, Tuareg, Nuevos Dioses, Vendaval, Océano, Yaiza, Mar Adentro… No eran malas lecturas para esa edad, justo en el momento en que los ratones se hacen ratas.

Al poco comenzó una de sus interferencias más notorias: la música. Era más rápida, más fácil. Hubo un día en que las notas explotaron en su cabeza al escuchar las canciones: los acordes de dibujaban solos y era posible seguirlos como si fuera una lectura a primera vista. Y comenzó el embrujo de lo fácil, el que nunca debió seguir.

Después, siendo ya un gato de angora, vinieron las lecturas de instituto: El Quijote, El Árbol de la Ciencia, Gabo, El Sí de las Niñas, y por encima de todos ellas una, sin duda: Tragicomedia de Calixto y Melibea y de la Puta Vieja Celestina. Por primera vez, una voz de hace 500 años le hablaba del poder del deseo, de la pasión, del sexo. Envidia y sexo: Arte.

A continuación se convirtió en un perro sumiso. Vinieron años de silencio en los que sirvió a dioses ajenos. Años en que hizo lo que se supone que debía hacer. Años perdidos. No se aprecia lo que ganas o tienes si no lo comparas con lo que perdiste, o al menos con lo que dejaste de ganar.

Pero el perro se cansó, y se convirtió en un lobo: un lobo estepario. Siddartha, Demian, El Juego de los Abalorios, El Viaje a Oriente. Un lobo amable que a través de sus amigos y sobre todo gracias al mejor de todos ellos se reconcilió con el mundo.

Un lobo que empieza a ser hombre.