domingo, 20 de abril de 2008

Punto de Vista

Os propongo un juego. En el siguiente relato hay cuatro narradores distintos para una misma historia. Uno de ellos es objetivo, frío, no se involucra, es como una cámara que se limita a describir lo que ve. Otro es el típico narrador que todo lo sabe, que cuenta lo que quiere, que se cree Dios. El tercero es la propia voz del protagonista, en primera persona, y el cuarto es uno de los personajes menores del relato.
Ale. Se diviertan. O se aburran, porque tampoco es gran cosa.


REALITY

(En algún punto de Morant Cays, Jamaica)
Una cámara enfoca el interior de un chamizo con estructura de madera y cubierta de lona caqui. Dentro, una silla plegable de madera y tela. A su lado, una pequeña mesilla con un botellín de agua sin abrir y un vaso. Interferencia en la imagen de 14 segundos –puntos y rayas blancas y negras-. Ningún sonido.
Un joven entra en la tienda. Tiene algo más de 20 años, un metro setenta y cinco de estatura, aproximadamente. Constitución delgada. Viste sandalias destrozadas, pantalón corto marrón y camiseta sucia. Está muy moreno. Lleva un puño cerrado, en el que parece ocultar algo. Nueva interferencia, 20 segundos esta vez.
El joven reaparece sentado en la silla plegable, mirando a cámara. Seguramente está hablando. Gesticula, pero no se oye nada. Interferencia -7 segundos-. Ahora está mirando al suelo. Levanta la cabeza. Está llorando. Interferencia de 18 segundos. Tras ella, vemos al chico mirando hacia la cubierta de la choza. Muestra el cuello y la nuez, poderosa. Respira como con esfuerzo, tomando grandes bocanadas y expulsando el aire con violencia. Bruscamente endereza la cabeza y mira de nuevo a cámara, con fiereza. Abre la mano que ha tenido cerrada todo el tiempo. Aparece una navaja. La abre. El filo despliega brillos perfectos. Interferencia de 62 segundos. Reaparece la silla, caída en el suelo.
El joven ha desaparecido.


Con excepción de sus seis últimos meses, aquellos en que planeó su suicidio, a Pablo Rangel le llevó toda su vida identificar y poder mirar de frente a su más fiel compañera. Ésta –habilidosa, persistente-, en ocasiones se había disfrazado de entusiasmo, de fe, de optimismo. Otras veces le había soplado frente a sus narices un poco del duende de la genialidad, durante apenas un instante, para que sintiera un poquito cómo podría haber sido, de haber tenido talento. Y es que, a su modo, ella siempre había procurado su bien: lo mantuvo alejado del abismo de saberse uno más –o aún menos- que el resto, lo ocupó en quimeras, y en algún momento le dio las alas justas para planear unos metros en lo que a él se le antojó un vuelo. Con 24 años, acabado y deprimido, Pablo Rangel por fin pudo saludar a su mediocridad.

Si les digo a los demás que soy un fracaso, no me creerían. Pero así es. Por fin lo sé: yo, Pablo Rangel, de profesión: fracasado. No se lo puedo comentar a mis amigos del barrio: se enfadarían. “Tienes piso y coche, y están pagados, mamón”, -me dirían. Luego intentarían animarme, y eso no lo soporto. Repasarían todos mis logros: mi elección entre decenas de miles para concursar y cantar en el programa de la tele, una vez allí los coros estupendos que hacía para mis compañeros, para esos que de verdad iban como una bala hacia arriba. Siempre era a mí a quien contaban sus secretos y sus sensaciones al tener el cielo ya tan cerca. (Bueno, a mí y a cámara, y a medio país por tanto). Mis compañeros, qué majos, recogiendo al poco de aquello sus varios discos de platino, dedicándome unas palabras cariñosas.
Pero lo cierto es que no gané ni una sola noche en aquel puto programa, no he vendido todavía las segundas cincuenta mil copias de mi primer disco, nadie quiere hacerme una canción buena y llevo dos años arrastrándome por lo peor de la televisión, dándome codazos con buscavidas por unos minutos en antena. “Mediocres del mundo, yo os absuelvo a todos”, eso era de la película en que Mozart se reía todo el rato. Pero a mí no. Yo no busco perdón. Yo me bajo en la próxima parada.


-Mire inspector, ya sé lo qué me está preguntando, soy psicólogo, ¿sabe? Que si Pablo estaba mal de la cabeza, o que si alguno de los concursantes de la isla podía tener algo contra él. Usted no ve el programa, ¿verdad? Bueno, es igual. La respuesta a las dos preguntas es no. Rotundamente no. Comprendo que ustedes tengan que investigar todas las opciones, y que la cinta de vídeo, sin sonido y con interferencias, no aclare del todo lo sucedido. Pero por Dios, nadie quería mal a Pablo. De hecho, cuando vino aquí a hacer las pruebas, pensamos que no daría juego. Era un buenazo, al menos así lo recordábamos de cuando cantaba en el programa de las versiones: soso, diligente, aplicado. Un tipo sin magia, un perdedor de libro. Sin embargo, en la entrevista vimos que había cambiado. Estaba más maduro. Había recorrido su desierto y ahora sí estaba preparado. Ahora iba para arriba. Mire, yo conozco a la gente, inspector. He visto pasar por aquí a gente muy pero que muy famosa, –famosa de verdad-, dispuesta a lo que fuera con tal de ir a la isla y aguantar en este negocio un par de años. Pero aquí sabemos quién puede valer y quién no. Pablo estaba ahí, era su momento. Mire, para ganar hay que mirarse al espejo, ¿vale? Pablo fue a la isla para acabar de mirarse del todo, para comprobar si merecía estar arriba, y de paso para demostrarnos que ya no era el osito de peluche que todos recordábamos. Lo que pasa es que en la isla se dio cuenta de que no tenía madera. Éste es un programa de verdad, ¿sabe? A Pablo no le gustó lo que vio en el espejo. Y se suicidó. Punto. Delante de las cámaras. Lástima que ni en esto tuviera suerte. Pero aquí vino limpio, inspector, no traía nada en la cabeza.


En los últimos meses de su vida, Pablo Rangel planeó algo parecido a una gran venganza: demostraría ante las cámaras de qué estaba hecho, en directo. Tenía pensado conseguir plaza en un nuevo “reality”. Lo cierto es que los conocía todos –llevaba toda su vida viendo triunfar a otros en ellos-. El que más le gustaba era el de la isla. Engañaría a los psicólogos que evaluaban la idoneidad de los candidatos al concurso. Ocultaría sus motivos y sublimaría su decisión de morir en un genuino deseo de ganar: con lo que había aprendido en los últimos años, desde el concurso de las canciones, se sentía capaz de cualquier cosa. Una vez en la isla, se abriría las venas en directo, frente a la cámara, en el espacio de tiempo que tenía cada concursante para desahogarse delante de todo el país. Eran esos minutos algo así como una confesión, y en ellos los participantes interpretaban, manipulaban e intrigaban libremente con la única compañía de un objetivo fijo, a solas. Eran unos pocos minutos al día, absolutamente vitales e incensurables, sin duda el principal motivo de éxito del programa casi desde el principio.
Es justo mencionar que también consideró otra opción, si bien no le llevó mucho tiempo pensar en ella. Quedó descartada casi de inmediato. Consistía en empezar de cero. Dar marcha atrás. Apagar la tele y no volver a cantar. Como en aquel vídeo musical que vio cuando era más joven todavía: Stupid Girls, de Pink, así creía recordar que se llamaba. Jamonas de instituto, campeonas de su clase, animadoras-jefe del equipo de béisbol del condado metidas a artistas. Vulgares, sin talento. Casi al final del videoclip, la niña deja de cantar con su karaoke casero y sigue haciendo los deberes.


No, demasiado tarde para mí. Ya no puedo apagar la tele. No quiero que me vean como a un ex-convicto, esforzándome por no volver a robar. Un horario de 9 a 5, un trabajo de verdad. Ni hablar. ¿Y las noches? No. No renunciaré a entrar en un bar y saber que empiezan a mirarme y a preguntarse por lo bajo si no soy ese que sale en la tele. Yo no voy a renunciar a eso: voy a cambiarlo por algo mucho mejor. Me recordarán. Sabrán que no soy uno más.


-No sé, Jaime, puede que se nos colara una rata en la isla. Llevo años en esto, he hecho cientos de entrevistas, y más o menos siempre los concursantes han dado en pantalla lo que yo había imaginado. Pero con Pablo, no sé. Tal vez ya estaba muerto cuando lo entrevistamos. ¿Te acuerdas de cómo brillaba? Dios, parecía que lo tenía, era su momento. Ya sabes lo que pienso de este negocio, Jaime, te lo he dicho muchas veces: de toda esa basura blanca, sólo uno entre mil triunfa y llega arriba. La misma probabilidad de que Pablo nos la haya metido.
-Claro, claro.
-Pero Dios es justo, Jaime, y pone a cada uno en su lugar. Jódete, Pablo, mi querido perdedor, entérate de que la cámara aquel día no funcionaba. Nadie oyó tu discursito. Nadie vio cómo te rajabas las muñecas ni tampoco cómo salías a la carrera de la tienda, tirando la silla. Nadie te vio morir desangrado unos metros más allá, en la playa más impresionante de tu vida, aterrado tras darte cuenta de que ahora sí ibas en serio, y de que lo más grande que habías hecho nunca iba a ser también lo último.

1 comentario:

PIR_ADO dijo...

A ver si este sábado te sale algo menos "truculento": Saludos.