sábado, 5 de abril de 2008

Propaganda

Casi todos, hagamos lo que hagamos, formamos parte del Sistema: trabajamos, ganamos dinero, gastamos dinero. Y la rueda sigue girando. Henry Ford dijo: “pago a mis empleados para que compren mis coches”. O sea, que de entrada no quiero juzgar a nadie. El que esté libre de culpa, –no seré yo-, que tire la primera piedra.

Por eso, que ningún publicista se ofenda. Pero dicho esto, creo que la Publicidad es el maquinista de las antiguas locomotoras de vapor que está continuamente metiendo paletadas de carbón en los viejos motores, siempre hambrientos. La locomotora es el Sistema en el que vivimos y el carbón somos nosotros, los que pagamos.

Cuando era crío, había un anuncio de un gel de baño que se renovaba cada temporada en el que siempre debía aparecer una bella mujer con sus bellas tetas al viento, dando blincos en cámara lenta, rodeada por el marco paradisíaco de una playa caribeña. En aquellos años, –hablo del Triásico, justo antes del Jurásico-, aquello impactaba. El gel se llamaba Fa, ya nunca se me olvidará. Así que, al menos con respecto a mí, el anuncio consiguió su objetivo: grabó una marca comercial en una mente. No sé si todavía existe el gel en cuestión, no recuerdo haberlo comprado alguna vez ni tampoco haberlo visto nunca en casa. Y mucho menos creo haber concebido jamás la esperanza de que por comprar dicho engrudo se me hubiera podido aparecer esa real hembra con la pechera al aire en el baño de mi casa, mientras me duchaba. Pero ahí está. Fa. Veinticinco años después.

Hay anuncios que, como algunas canciones, se quedan marcados a fuego. Otro día trataré sobre los que más me han gustado. Hoy déjenme tomar la vía fácil y comenzar por los otros, la mayoría. Si les parece, voy a repasar alguno de ellos, y a decirles lo que me parece que cuentan.

Por ejemplo, el último de Movistar: salen tres pirámides construidas con teléfonos móviles, de distintos tamaños ellas y colores ellos –naranja, rojo y azul-, representando las tres marcas que se dedican al negocio en España. La pirámide de teléfonos azules, que es de Movistar, es la más grande, la más alta. O sea, que su empresa es la mejor, la que más gana. Pero no les basta. No. Recordemos que esta empresa de móviles es de Telefónica, empresa-monopolio creada en la dictadura de Primo de Rivera, hace unos 80 años. Y ya se sabe que muchos de los comportamientos de Telefónica desprenden ese tufillo de desprecio hacia los clientes –y hacia los ciudadanos- propio de los monopolios y de las dictaduras. Volviendo al anuncio, al final un tipo viene a decir que eres jilipollas si no estás con ellos, por “eso de que, como somos más, pagamos menos”. Y lo dice con el tonillo del que lo ha contado tantas veces que está hasta los huevos de que no todos le hayamos creído. Su tonillo es acusador, como diciendo: “a ver si lo pillas ya, pobre imbécil, y te vienes con nosotros”. Es decir, el anuncio apela a un principio de autoridad que ahora se lleva mucho: el de la mayoría. Su fundamento es sencillo: si lo hace la mayoría, seguro que es bueno. En fin. Algún día deberían hacer un estudio serio sobre cuántos somos los que hacemos por norma precisamente lo contrario que la mayoría, porque no nos hemos creído semejante porquería de principio.

Otro que es una joya. Bueno, la verdad es que en los últimos años ya han sido varios. Son de gafas, de Afflelou. Los anuncios tienen que cumplir varias condiciones que se pueden resumir en una sola: satisfacer el insaciable ego del dueño de la empresa. Éste debe salir siempre en sus spots –por algo los paga él- hablando con su acento francés, y al final del anuncio alguien debe decir: “tiene vista este Afflelou”. Divino.

Luego están los de los deportistas, esos nuevos dioses. De entre ellos hay dos que me pueden: el Alonso y el tenista Nadal. El primero, en un anuncio en el que le adelanta hasta el Cojo Manteca, nos dice: “para ganar, no hace falta ser Fernando Alonso”. Gracias, Fernando. Gracias, de verdad. Ya duermo mucho mejor. Y el otro, el Nadal, el eternamente cabreado, siempre luchando a pelotazos contra el mundo. La traducción de lo que dice en finlandés no tiene desperdicio. Espero de verdad que el chaval se vaya relajando de mayor y deje de mirarnos así. Yo, al menos, no le he hecho nada.

No me gusta la publicidad que me dice que soy un mierda con sólo una posibilidad de redención: ese momento preciso en el que compre lo que me quieren vender. Tengo derecho a pensar que mi vida es tan plena y tan válida como la de los que salen en la tele y/o persiguen un balón y ganan una pasta gansa por lo que hacen, sin duda una enorme contribución a la Humanidad. Nunca compraré relojes de 150 euros que anuncian personas que tienen decenas de millones de euros porque ellos, en su vida diaria, no los van a llegar. (Yo no lo haría, teniendo todo ese dinero).

Así que tranquilo, Enrique, no hace falta que te bajes los pantalones, como cuando nos vendías relojes: no te quitaré tu Viceroy. Y saludos a la Kournikova. Por cierto: excelente candidata y delantera para el anuncio de Fa.

P.D.: ayer, cuatro de abril, fue el cuarto peldaño en la escalera. Ya falta menos.

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