sábado, 26 de abril de 2008

Frikis

El jueves pasado estaba a las siete de la mañana en la estación de autobuses de Pamplona. Esas no son horas para andar despierto ni para estar en ningún otro sitio que no se sea en la cama o de juerga. Posiblemente por eso mi habitual actitud y disposición bondadosa hacia las personas y las circunstancias no se encontraba operativa.

El autobús salía a las siete y cuarto, y diez minutos antes el conductor nos dejó subir a él (al autobús, no al conductor). Una vez sentado en la segunda fila comencé a repasar la lección que ese día me tocaría dar en Tudela: Hidrología. Ríos, regímenes fluviales, vertientes, lagunas, embalses, nacederos kársticos… Vamos, una chapa potente, consistente. Puestos a dar una chapa, no te andes con medias tintas, dala bien.

En estas oigo que abajo, junto a la puerta, alguien pregunta al conductor: “Joven, ¿qué opina de la situación económica actual?”. La voz era firme, segura, pero con un puntito de desequilibrio y de histrionismo que me hizo prestar atención. Enseguida resultó evidente que aquella era una liturgia que se repetía con cierta frecuencia. No podía entender lo que decía el chofer, pero al otro se le oía calentarse cada vez más mientras decía estupideces con el fervor creciente de un catedrático calenturiento ante las faldas cortas de las alumnas de la primera fila. Vamos, que empezaba a gritar.

De pronto, el friki –resultaba evidente que eso era, uno más de esa nueva plaga bíblica que nos sacude- gritó, con todas sus fuerzas:
-¡Señores! Por la acera, vayan por la acera, gracias!

La mayoría de los que estaban en el autobús despertaron y pegaron sus jetas a los cristales del lado derecho del vehículo para fijarse con detalle en semejante individuo. Yo preferí imaginármelo y rellenar los huecos, con la disposición torcida y malévola que me posee durante las primeras horas de cada día, hasta que despierto y me reconcilio con el mundo. Además puse algo de mi infinito cariño hacia las personas que se empeñan en destacar cuando lo que tendrían que hacer es no salir nunca de casa.

Los frikis. Imaginé que el de la estación de autobuses era el encargado de alegrarle el día a los conductores de autobuses, que esperaban ansiosos que viniera a decirles siempre las mismas tonterías, día tras día. Y los pasajeros. Cómo agradecían igualmente que les gritara desde la otra punta del andén, reventándoles los tímpanos, para recordarles que debían ir por la acera, no por donde circulan los autobuses. Siempre se giraban agradecidos y le sonreían. Sin duda.

Hay un friki para cada situación. Cada uno tiene su cometido. La mayoría de ellos, a pesar de lo que mucha gente pueda pensar, no buscan una contraprestación económica. En general son vocacionales, tipo "amateur". Tienen un don y deben compartirlo, eso es todo. La luz no se hace para que esté escondida. Se hace para que esté a la vista de todos.

Los miembros de este colectivo que pronto tendrá su propio Número de Identificación Fiscal suelen seguir unos ritos, un proceder sistemático y riguroso que han ido reforzando con el tiempo y la repetición. Pero por mucho que practiquen, a diferencia de las personas con talento, los frikis nunca consiguen hacerlo bien, nunca llegan a ese mínimo exigible que no haga sentir vergüenza ajena a los que están alrededor. Además, para ellos la luz roja de la cámara siempre tiene que estar encendida. Creen que cualquier cosa que hagan, en cualquier momento, tiene interés, es susceptible de ser admirada y tenida en cuenta. Son como quijotes, sólo ven lo que quieren ver. Y eso es lo que más me gusta de ellos, lo reconozco.

Es difícil escapar al frikismo hoy en día. Está ahí, en todas partes, como el mundo rosa o el fútbol. Al final, de una manera u otra, te acabas enterando de quién es el nuevo juguete de la Obregón o de quién va a ganar la liga. Aunque te importe tanto como el nombre del Secretario del Tesoro estadounidense. Por ejemplo: Tamara. Es difícil escapar de Tamara, no de la que canta boleros, sino de la otra, de la que tiene una madre-escolta con un ladrillo en el bolso. ¿Se han fijado en cómo mira a cámara? Es asombroso. Habría que escribir una novela sobre ese personaje. Es genial. Además abre un poquito la boca, a medio camino entre una mujer que acaba de descubrir algo y una actriz porno de tercera. Pero es imposible que haya descubierto nada: todos podemos ver que no tiene esa capacidad, es un libro abierto: no tiene nada ni entre las orejas ni entre la nuca y los ojos. Nada. Pero se empeña en estar ahí, ¿no es genial? ¿Por qué tenemos que saber quién es Tamara? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Es el apocalipsis que llega? Que la exorticen, por favor.

Tengo un vecino friki. Vive en el octavo, cuatro pisos más arriba que yo. Tiene unos 60 años, y es incapaz de estar en el ascensor sin decir alguna estupidez. Al principio le seguía la corriente, le sonreía, intentaba añadir algo coherente. Pero eso no funcionaba: se crecía, se ponía a explicarme cómo era realmente la vida, y la próxima vez que me lo encontraba contaba algo peor. Un día decidí cambiar de estrategia. Me resultó violento, pero no me gusta que la gente se engañe. Así que cuando dijo la chorrada de turno me quedé serio, muy muy muy serio, mirando fijamente a través de su cabeza. Conseguí que no estuviera en el ascensor, que desapareciera. Cuando bajé en mi piso, no había nadie conmigo. Desde ese día, cuando coincidimos, hay un silencio tenso entre nosotros que me he ganado a pulso. Sí. Me lo he ganado.

domingo, 20 de abril de 2008

Punto de Vista

Os propongo un juego. En el siguiente relato hay cuatro narradores distintos para una misma historia. Uno de ellos es objetivo, frío, no se involucra, es como una cámara que se limita a describir lo que ve. Otro es el típico narrador que todo lo sabe, que cuenta lo que quiere, que se cree Dios. El tercero es la propia voz del protagonista, en primera persona, y el cuarto es uno de los personajes menores del relato.
Ale. Se diviertan. O se aburran, porque tampoco es gran cosa.


REALITY

(En algún punto de Morant Cays, Jamaica)
Una cámara enfoca el interior de un chamizo con estructura de madera y cubierta de lona caqui. Dentro, una silla plegable de madera y tela. A su lado, una pequeña mesilla con un botellín de agua sin abrir y un vaso. Interferencia en la imagen de 14 segundos –puntos y rayas blancas y negras-. Ningún sonido.
Un joven entra en la tienda. Tiene algo más de 20 años, un metro setenta y cinco de estatura, aproximadamente. Constitución delgada. Viste sandalias destrozadas, pantalón corto marrón y camiseta sucia. Está muy moreno. Lleva un puño cerrado, en el que parece ocultar algo. Nueva interferencia, 20 segundos esta vez.
El joven reaparece sentado en la silla plegable, mirando a cámara. Seguramente está hablando. Gesticula, pero no se oye nada. Interferencia -7 segundos-. Ahora está mirando al suelo. Levanta la cabeza. Está llorando. Interferencia de 18 segundos. Tras ella, vemos al chico mirando hacia la cubierta de la choza. Muestra el cuello y la nuez, poderosa. Respira como con esfuerzo, tomando grandes bocanadas y expulsando el aire con violencia. Bruscamente endereza la cabeza y mira de nuevo a cámara, con fiereza. Abre la mano que ha tenido cerrada todo el tiempo. Aparece una navaja. La abre. El filo despliega brillos perfectos. Interferencia de 62 segundos. Reaparece la silla, caída en el suelo.
El joven ha desaparecido.


Con excepción de sus seis últimos meses, aquellos en que planeó su suicidio, a Pablo Rangel le llevó toda su vida identificar y poder mirar de frente a su más fiel compañera. Ésta –habilidosa, persistente-, en ocasiones se había disfrazado de entusiasmo, de fe, de optimismo. Otras veces le había soplado frente a sus narices un poco del duende de la genialidad, durante apenas un instante, para que sintiera un poquito cómo podría haber sido, de haber tenido talento. Y es que, a su modo, ella siempre había procurado su bien: lo mantuvo alejado del abismo de saberse uno más –o aún menos- que el resto, lo ocupó en quimeras, y en algún momento le dio las alas justas para planear unos metros en lo que a él se le antojó un vuelo. Con 24 años, acabado y deprimido, Pablo Rangel por fin pudo saludar a su mediocridad.

Si les digo a los demás que soy un fracaso, no me creerían. Pero así es. Por fin lo sé: yo, Pablo Rangel, de profesión: fracasado. No se lo puedo comentar a mis amigos del barrio: se enfadarían. “Tienes piso y coche, y están pagados, mamón”, -me dirían. Luego intentarían animarme, y eso no lo soporto. Repasarían todos mis logros: mi elección entre decenas de miles para concursar y cantar en el programa de la tele, una vez allí los coros estupendos que hacía para mis compañeros, para esos que de verdad iban como una bala hacia arriba. Siempre era a mí a quien contaban sus secretos y sus sensaciones al tener el cielo ya tan cerca. (Bueno, a mí y a cámara, y a medio país por tanto). Mis compañeros, qué majos, recogiendo al poco de aquello sus varios discos de platino, dedicándome unas palabras cariñosas.
Pero lo cierto es que no gané ni una sola noche en aquel puto programa, no he vendido todavía las segundas cincuenta mil copias de mi primer disco, nadie quiere hacerme una canción buena y llevo dos años arrastrándome por lo peor de la televisión, dándome codazos con buscavidas por unos minutos en antena. “Mediocres del mundo, yo os absuelvo a todos”, eso era de la película en que Mozart se reía todo el rato. Pero a mí no. Yo no busco perdón. Yo me bajo en la próxima parada.


-Mire inspector, ya sé lo qué me está preguntando, soy psicólogo, ¿sabe? Que si Pablo estaba mal de la cabeza, o que si alguno de los concursantes de la isla podía tener algo contra él. Usted no ve el programa, ¿verdad? Bueno, es igual. La respuesta a las dos preguntas es no. Rotundamente no. Comprendo que ustedes tengan que investigar todas las opciones, y que la cinta de vídeo, sin sonido y con interferencias, no aclare del todo lo sucedido. Pero por Dios, nadie quería mal a Pablo. De hecho, cuando vino aquí a hacer las pruebas, pensamos que no daría juego. Era un buenazo, al menos así lo recordábamos de cuando cantaba en el programa de las versiones: soso, diligente, aplicado. Un tipo sin magia, un perdedor de libro. Sin embargo, en la entrevista vimos que había cambiado. Estaba más maduro. Había recorrido su desierto y ahora sí estaba preparado. Ahora iba para arriba. Mire, yo conozco a la gente, inspector. He visto pasar por aquí a gente muy pero que muy famosa, –famosa de verdad-, dispuesta a lo que fuera con tal de ir a la isla y aguantar en este negocio un par de años. Pero aquí sabemos quién puede valer y quién no. Pablo estaba ahí, era su momento. Mire, para ganar hay que mirarse al espejo, ¿vale? Pablo fue a la isla para acabar de mirarse del todo, para comprobar si merecía estar arriba, y de paso para demostrarnos que ya no era el osito de peluche que todos recordábamos. Lo que pasa es que en la isla se dio cuenta de que no tenía madera. Éste es un programa de verdad, ¿sabe? A Pablo no le gustó lo que vio en el espejo. Y se suicidó. Punto. Delante de las cámaras. Lástima que ni en esto tuviera suerte. Pero aquí vino limpio, inspector, no traía nada en la cabeza.


En los últimos meses de su vida, Pablo Rangel planeó algo parecido a una gran venganza: demostraría ante las cámaras de qué estaba hecho, en directo. Tenía pensado conseguir plaza en un nuevo “reality”. Lo cierto es que los conocía todos –llevaba toda su vida viendo triunfar a otros en ellos-. El que más le gustaba era el de la isla. Engañaría a los psicólogos que evaluaban la idoneidad de los candidatos al concurso. Ocultaría sus motivos y sublimaría su decisión de morir en un genuino deseo de ganar: con lo que había aprendido en los últimos años, desde el concurso de las canciones, se sentía capaz de cualquier cosa. Una vez en la isla, se abriría las venas en directo, frente a la cámara, en el espacio de tiempo que tenía cada concursante para desahogarse delante de todo el país. Eran esos minutos algo así como una confesión, y en ellos los participantes interpretaban, manipulaban e intrigaban libremente con la única compañía de un objetivo fijo, a solas. Eran unos pocos minutos al día, absolutamente vitales e incensurables, sin duda el principal motivo de éxito del programa casi desde el principio.
Es justo mencionar que también consideró otra opción, si bien no le llevó mucho tiempo pensar en ella. Quedó descartada casi de inmediato. Consistía en empezar de cero. Dar marcha atrás. Apagar la tele y no volver a cantar. Como en aquel vídeo musical que vio cuando era más joven todavía: Stupid Girls, de Pink, así creía recordar que se llamaba. Jamonas de instituto, campeonas de su clase, animadoras-jefe del equipo de béisbol del condado metidas a artistas. Vulgares, sin talento. Casi al final del videoclip, la niña deja de cantar con su karaoke casero y sigue haciendo los deberes.


No, demasiado tarde para mí. Ya no puedo apagar la tele. No quiero que me vean como a un ex-convicto, esforzándome por no volver a robar. Un horario de 9 a 5, un trabajo de verdad. Ni hablar. ¿Y las noches? No. No renunciaré a entrar en un bar y saber que empiezan a mirarme y a preguntarse por lo bajo si no soy ese que sale en la tele. Yo no voy a renunciar a eso: voy a cambiarlo por algo mucho mejor. Me recordarán. Sabrán que no soy uno más.


-No sé, Jaime, puede que se nos colara una rata en la isla. Llevo años en esto, he hecho cientos de entrevistas, y más o menos siempre los concursantes han dado en pantalla lo que yo había imaginado. Pero con Pablo, no sé. Tal vez ya estaba muerto cuando lo entrevistamos. ¿Te acuerdas de cómo brillaba? Dios, parecía que lo tenía, era su momento. Ya sabes lo que pienso de este negocio, Jaime, te lo he dicho muchas veces: de toda esa basura blanca, sólo uno entre mil triunfa y llega arriba. La misma probabilidad de que Pablo nos la haya metido.
-Claro, claro.
-Pero Dios es justo, Jaime, y pone a cada uno en su lugar. Jódete, Pablo, mi querido perdedor, entérate de que la cámara aquel día no funcionaba. Nadie oyó tu discursito. Nadie vio cómo te rajabas las muñecas ni tampoco cómo salías a la carrera de la tienda, tirando la silla. Nadie te vio morir desangrado unos metros más allá, en la playa más impresionante de tu vida, aterrado tras darte cuenta de que ahora sí ibas en serio, y de que lo más grande que habías hecho nunca iba a ser también lo último.

sábado, 12 de abril de 2008

El adjetivo adecuado

Y de qué escribo hoy. De qué escribo, de qué escribo…

El otro día me comentaba uno de los pocos lectores de este blog que la última aportación era para salir del paso. Y la verdad es que no le falta razón.

Sin embargo, no dejo de sentir cierto orgullo estúpido e infantil al mirar atrás y ver lo que hay publicado por ahora. Salvo en los casos en que he echado mano de escritos anteriores, el resto ha sido hecho como mucho en hora u hora y media, en las tardes de los sábados, como hoy. Si corrigiera o pensara este blog como los cuentos que tengo por ahí, no publicaría nada. Uno de ellos va por la duodécima revisión, sólo le faltan dos o tres vueltas más y sin embargo tengo dudas de que lo termine antes de junio, fecha límite en que debe estar acabado. Otro está en la octava corrección, y le queda más o menos un año para que se salve de acabar en la basura. Y así varios. Es de locos.

Recuerdo el prólogo de un libro, “Plegarias Atendidas”. Estaba escrito por el editor, y comentaba que solía coincidir con el autor, Truman Capote, en qué adjetivo había que cambiar en determinado cuento, antes de que éste fuera publicado. Un adjetivo, una sola palabra, que cambiaba el sentido de toda la historia, que aportaba un matiz que no se correspondía con el tono o con lo que el cuento quería contar. Y coincidían los dos, en esa palabra y en la que debía sustituirla, justo antes de ir a imprimir.

Pero es igual. Hablemos de cosas más importantes. Sanfermín. Menos de tres meses.

Ya no falta nada. Y cuando digo esto estoy usando una de esas frases hechas que no se deben utilizar nunca en ningún escrito con una mínima pretensión. Pero es que es verdad. Ya no queda nada.

Porque vamos a ver. Abril. Sí, vale, trabajamos, y tal. Pero el puente de mayo está ahí, enseguida. Y luego en mayo hace muy bueno y salimos y el día es largo y para cuando nos damos cuenta ya está junio. Y junio ya es Sanfermín. Es una continuidad no declarada de las Fiestas. La gente se mira por la calle con complicidad, sonríe pensando en cómo se lo van a pasar en breve. Cuando hay problemas en el tráfico o a la hora de aparcar los conductores se cabrean como siempre, naturalmente, pero de un modo solidario, porque saben que están intentando dejar todo acabado y hecho y atado y bien atado antes de que llegue el día 6. Y surge cierta camaradería que suaviza los roces.

Luego está andar por el Casco Viejo y ver los camiones de reparto de bebida. Los repartidores deben planificar cómo ir suministrando a los bares todo lo que han pedido para que no nos muramos de sed en esos días de fiesta. Se llenan a conciencia bodegas, bajeras, trasteros, buhardillas, baños, cocinas, pozos medievales, fosas sépticas con un arsenal de bebida que si fuera pólvora y explotara a la vez no dejaría de Pamplona más rastro que un hueco desde Francia a Zaragoza. Pero no explota. Simplemente nos lo bebemos, con disciplina y método, como nos han enseñado nuestros mayores. Y a los mayores hay que hacer caso. A veces.

Y luego están las tiendas de ropa. Llega un momento en que los escaparates sacan el blanco y rojo a la vista de todos. Y claro, ya no se puede. En esas condiciones no – se – pue - de. Cómo llevar una vida normal viendo eso. Pues no. Yo ya ni lo intento. Mires donde mires ves rojo y blanco. Rojo y blanco rojo y blanco. Como el martini. Así no se puede.

Se cuiden.

sábado, 5 de abril de 2008

Propaganda

Casi todos, hagamos lo que hagamos, formamos parte del Sistema: trabajamos, ganamos dinero, gastamos dinero. Y la rueda sigue girando. Henry Ford dijo: “pago a mis empleados para que compren mis coches”. O sea, que de entrada no quiero juzgar a nadie. El que esté libre de culpa, –no seré yo-, que tire la primera piedra.

Por eso, que ningún publicista se ofenda. Pero dicho esto, creo que la Publicidad es el maquinista de las antiguas locomotoras de vapor que está continuamente metiendo paletadas de carbón en los viejos motores, siempre hambrientos. La locomotora es el Sistema en el que vivimos y el carbón somos nosotros, los que pagamos.

Cuando era crío, había un anuncio de un gel de baño que se renovaba cada temporada en el que siempre debía aparecer una bella mujer con sus bellas tetas al viento, dando blincos en cámara lenta, rodeada por el marco paradisíaco de una playa caribeña. En aquellos años, –hablo del Triásico, justo antes del Jurásico-, aquello impactaba. El gel se llamaba Fa, ya nunca se me olvidará. Así que, al menos con respecto a mí, el anuncio consiguió su objetivo: grabó una marca comercial en una mente. No sé si todavía existe el gel en cuestión, no recuerdo haberlo comprado alguna vez ni tampoco haberlo visto nunca en casa. Y mucho menos creo haber concebido jamás la esperanza de que por comprar dicho engrudo se me hubiera podido aparecer esa real hembra con la pechera al aire en el baño de mi casa, mientras me duchaba. Pero ahí está. Fa. Veinticinco años después.

Hay anuncios que, como algunas canciones, se quedan marcados a fuego. Otro día trataré sobre los que más me han gustado. Hoy déjenme tomar la vía fácil y comenzar por los otros, la mayoría. Si les parece, voy a repasar alguno de ellos, y a decirles lo que me parece que cuentan.

Por ejemplo, el último de Movistar: salen tres pirámides construidas con teléfonos móviles, de distintos tamaños ellas y colores ellos –naranja, rojo y azul-, representando las tres marcas que se dedican al negocio en España. La pirámide de teléfonos azules, que es de Movistar, es la más grande, la más alta. O sea, que su empresa es la mejor, la que más gana. Pero no les basta. No. Recordemos que esta empresa de móviles es de Telefónica, empresa-monopolio creada en la dictadura de Primo de Rivera, hace unos 80 años. Y ya se sabe que muchos de los comportamientos de Telefónica desprenden ese tufillo de desprecio hacia los clientes –y hacia los ciudadanos- propio de los monopolios y de las dictaduras. Volviendo al anuncio, al final un tipo viene a decir que eres jilipollas si no estás con ellos, por “eso de que, como somos más, pagamos menos”. Y lo dice con el tonillo del que lo ha contado tantas veces que está hasta los huevos de que no todos le hayamos creído. Su tonillo es acusador, como diciendo: “a ver si lo pillas ya, pobre imbécil, y te vienes con nosotros”. Es decir, el anuncio apela a un principio de autoridad que ahora se lleva mucho: el de la mayoría. Su fundamento es sencillo: si lo hace la mayoría, seguro que es bueno. En fin. Algún día deberían hacer un estudio serio sobre cuántos somos los que hacemos por norma precisamente lo contrario que la mayoría, porque no nos hemos creído semejante porquería de principio.

Otro que es una joya. Bueno, la verdad es que en los últimos años ya han sido varios. Son de gafas, de Afflelou. Los anuncios tienen que cumplir varias condiciones que se pueden resumir en una sola: satisfacer el insaciable ego del dueño de la empresa. Éste debe salir siempre en sus spots –por algo los paga él- hablando con su acento francés, y al final del anuncio alguien debe decir: “tiene vista este Afflelou”. Divino.

Luego están los de los deportistas, esos nuevos dioses. De entre ellos hay dos que me pueden: el Alonso y el tenista Nadal. El primero, en un anuncio en el que le adelanta hasta el Cojo Manteca, nos dice: “para ganar, no hace falta ser Fernando Alonso”. Gracias, Fernando. Gracias, de verdad. Ya duermo mucho mejor. Y el otro, el Nadal, el eternamente cabreado, siempre luchando a pelotazos contra el mundo. La traducción de lo que dice en finlandés no tiene desperdicio. Espero de verdad que el chaval se vaya relajando de mayor y deje de mirarnos así. Yo, al menos, no le he hecho nada.

No me gusta la publicidad que me dice que soy un mierda con sólo una posibilidad de redención: ese momento preciso en el que compre lo que me quieren vender. Tengo derecho a pensar que mi vida es tan plena y tan válida como la de los que salen en la tele y/o persiguen un balón y ganan una pasta gansa por lo que hacen, sin duda una enorme contribución a la Humanidad. Nunca compraré relojes de 150 euros que anuncian personas que tienen decenas de millones de euros porque ellos, en su vida diaria, no los van a llegar. (Yo no lo haría, teniendo todo ese dinero).

Así que tranquilo, Enrique, no hace falta que te bajes los pantalones, como cuando nos vendías relojes: no te quitaré tu Viceroy. Y saludos a la Kournikova. Por cierto: excelente candidata y delantera para el anuncio de Fa.

P.D.: ayer, cuatro de abril, fue el cuarto peldaño en la escalera. Ya falta menos.