domingo, 30 de marzo de 2008

Benidorm

A mitad del camino, a quince minutos de su casa, comenzó a darse cuenta de que algo extraño sucedía.

No era normal que en donde siempre había habido un centro deportivo con su piscina y sus frontones y hasta un campo de béisbol ahora hubiera una nave espacial varada en segunda fila esperando turno para aparcar. El artefecto era enorme, y le pareció que ocupaba más espacio que todo aquel recinto deportivo destinado a sublimar en algo medianamente aceptable las ansias sexualmente insatisfechas de aquella pequeña ciudad de provincias. Le hizo bastante gracia ver a esa mole de acero y de metal con las luces de posición puestas tocando el claxon tras el Renault Megane que le precedía, pidiendo vez para aparcar como si fuera un socio más de las piscinas.

Nunca había bajado hasta el club deportivo, siempre se había limitado a mirarlo desde el paseo por el que iba y venía cada día a su casa. Sin embargo, en aquella ocasión encaró las escaleras que distaban hasta la entrada del club privado convencido de que estaba algo grande, con la tranquilidad de que los guardias de seguridad no le dejarían ver aquel hecho prodigioso y le mandarían hacia atrás, como a cualquier otro testigo indiscreto e irrelevante.

Por eso cuando al llegar a la puerta de la nave fue invitado por unos seres que se notaba que no eran terrestres a subir al habitáculo móvil no le sorprendió tanto la vulgaridad de su indumentaria –camisetas, pantalones cortos, pelos en las piernas, sandalias- como lo afable de su charla y lo trillado de sus argumentos: que si aquella nave no mareaba, que si en un pispás se llegaba a su destino. El caso es que subió.


Acabó en Benidorm, subido sobre una tarima enfrente a un público entregado, enseñando a pléyades de jubilados cómo bailar “Los Pajaritos”. Quienes le habían invitado a subir a la nave ahora cantaban en una orquesta de verano por los pueblos de la costa, interpretaban a Bisbal entre otros y rara vez se dignaban a cantar "pajaritos a bailar, cuando acabas de nacer". Así que, convertido en protagonista de una perpetua fiesta de verano, sólo lamentaba no haber bajado antes a aquel club que siempre había estado camino a su casa y en el que, ahora que lo pensaba, siempre había habido un autobús de jubilados esperándole.

P.D.: 98. Y bajando.

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