sábado, 23 de febrero de 2008

Blog de taperguare

Hoy no pienso complicarme con la paginita del blog. Son ya las ocho, y no me sale nada, no estoy ocurrente. Además, luego salgo de juerga y ya estoy nervioso, como si tuviera dieciocho años o simplemente no fuera a hacer lo de siempre, el ridículo. Qué bien.

Esta mañana he estado por Pamplona. Parecía primavera, había por las calles un entusiasmo falso producido por el buen tiempo. Supongo que así empezaron en el Sur y ahora saben vivir mucho mejor que aquí. Pero bueno. Les vamos a la zaga.

Siguiendo en la línea del último día, recupero un escrito de hace un tiempo. Es un ejercicio de un curso, sobre redacción de cuentos. Otro día hablamos de los cuentos, en serio. Un mundo aparte.

Lo dicho, hoy toca blog de taperguare. Lo siento. Pero comprendan. Que uno ya no está para desperdiciar oportunidades.


¿Qué pasaría si los Rolling Stones lo dejaran definitivamente?

Creo que no es imprescindible hacer ciencia-ficción, pero no he podido contenerme. Sus Satánicas Majestades. En casa para siempre. Sin dar conciertos. En albornoz, supongo. Cuidando los rosales de los jardines de sus palacios. Jugando al escondite por sus dominios -con GPS, para no perderse- con sus hijos y nietos (todos de la misma edad). Asistiendo con sus mujeres e hijas (también de la misma edad) a fiestas benéficas de a mil dólares la cena en las que actrices espléndidas se retuercen como columnas salomónicas ante las cámaras mientras sus parejas intentan no hablar demasiado para que no se les note todo lo que se han metido.

Volvamos a la pregunta, y hagamos un símil. Una noticia a la altura de la disolución de los Rolling sería el cierre de la Ford. Recordemos que Sus Diabólicas Majestades y la Ford llevan ahí toda la vida, desde el comienzo de sus respectivos negocios. Son pioneros. Son populares. Han tenido productos (el Modelo T o el Fiesta, Satisfaction o Angie) que han llegado a todos. Cada nuevo lanzamiento (un coche, un disco) es bendecido por millones de fieles. Tal vez ya no brillen como antes, puede que su momento haya pasado, pero siguen facturando. El Buen Dios sabe que lo siguen haciendo, amén aleluya.

A lo que vamos: supongo que se llenarán titulares. Nadie se lo creerá del todo. Se apostará sobre cuándo y por cuánto volverán a reunirse para hacer, otra vez, la última gira. Aparecerán expertos a los que no se debiera haber preguntado explicando los motivos de la separación. La basura rosa repasará los pecados y los excesos del grupo: un tribunal, jugando a hacer periodismo, dictará sentencia. El veredicto sabrá a envidia, consciente el tribunal de que nunca llegará ni siquiera a imaginar un vicio de tanta calidad como el juzgado esa noche. El colofón, la guinda al programa: algún perdedor asegurando haber sido alguien en su momento, diciendo que estuvo cinco minutos en el camerino, con los Rolling, en aquel concierto del Calderón. Dirá que les vio enterrar sus cabezas en montañas de coca tan anchas como las Rocosas mientras abrazaban a mujeres desnudas empapadas en bourbon. Lo dirá con envidia.

Mientras tanto, tal vez, en alguna bajera de ensayo –sucia, mal ventilada- algún joven músico, empeñado en dominar los acordes, se alegre de que la edad haya por fin expulsado a los mercaderes del templo. Quien sabe, puede que ese chico no se dedique a adorar a grupos ni a personas. Puede que simplemente le gusten las canciones. Píldoras vivas y perfectas de 4 minutos, placebo para el alma y los sentidos, emociones tan largas como el sabor de un chicle y que a veces nos llegan justo en el momento preciso, se nos quedan marcadas a fuego y nos acompañan para siempre. Ya era así hace cuarenta años. Ahora…

Ahora todo eso se ha acabado. Hoy los niños cantan en la tele canciones con letras de mayores. Hoy hay sopa para todos. Hoy hay escuelas que te sacan con fórceps el cantante que llevas dentro, no importa lo abominable que sea. Y lo hacen con fe, como si fuera un deber, con el convencimiento de los cruzados. Eso sí: a veces un buen amigo te trae algo, lo escuchas, y te sorprende. Sucede muy de vez en cuando, pero cuando sucede, apago la radio y lo disfruto.

sábado, 16 de febrero de 2008

Triunfando

Me considero un genuino representante “de letras”. Con esta expresión, al menos hasta hace unos años, se designaba a los que estudiábamos principalmente para ganar siempre al Trivial, y para poco más. Historia, Lengua, Literatura, Idiomas Muertos y Bien Muertos, Geografía, Filosofía… Nos hemos distinguido siempre por tener más habilidades sociales que los “de ciencias” -cuando no estamos deprimidos-, y sobre todo por nuestra absoluta nulidad no sólo para encarar con posibilidades de éxito la vida actual, sino también para comprender con un mínimo de dignidad por qué se eleva un avión, por qué flota un barco, y por qué aparecen personas y paisajes tan parecidos a los reales –pero en pequeñito- dentro del aparato del televisor.

La televisión. Ese sí que es un invento. Qué buena es. Te sientas, y ya está. Que quieres ver Arte, ahí te enseñarán los dibujos del cole del hijo de la Obregón cuando no se está comiendo las alcachofas –de los micros, se entiende- de los periodistas. ¿Quieres Ciencia? Pues lee el historial médico y adictivo de los Matamoros y ya casi tienes el doctorado en Farmacia. Los Debates: la Esteban y el Lequio, la Bella y la Bestia –elige tú-, ahí es nada. Bueno, y no te olvides del Periodismo de Investigación, el que hace guardia día y noche junto al contenedor de la basura de la Pantoja para descubrir que ésta come chorizo del que pica. Todo. Todo lo que debemos saber, con mayúsculas y al alcance de la mano. Y no sólo eso. Ahora también la ayuda práctica e imprescindible para algo que se ha convertido en una prioridad nacional: sacar el artista que todos llevamos dentro.

Porque todos tenemos dentro un artista. En serio, de verdad de la buena. Si lo dudas es que no ves suficiente tele, y oye, eso no es bueno. Todos tenemos la obligación moral, el deber sagrado de sacar afuera el artista que somos desde siempre y no sabíamos. Pobrecillo, ese pequeño Bustamante dentro de nosotros, predestinado por un duende cabrón a una vida vulgar y sin brillo, un trabajo mediocre y unas relaciones nada V.I.P.’s.

No. Eso se acabó. Ahora, si tienes un sueño, hay toda una autopista asfaltada para llegar a él. Creo que nunca agradeceremos lo suficiente al Buen Dios la existencia de programas que te cogen de la mano y te ayudan a cumplir con tu Destino. Sé que hay detractores –perdedores frustrados, principalmente- que dicen que en el fondo lo que hacen es cogerte de las pelotas y ponerte allí donde ellos quieren, para exprimirte y sobre todo exprimir a una inmensa mayoría, consumidores de basura musical, visual y de todo tipo. No les hagan caso, son perdedores que no venden.

No sé, por ejemplo. Vamos a ver. Imaginemos que un amigo mío siempre ha sido bueno cantando. En las funciones del colegio, cuando no levantábamos un metro del suelo, siempre era él el que hacía los solos cuando nos vestían de corderillos o de árboles. Puede ser que a veces se atorara un poco, o que el miedo escénico le hiciera deshidratarse y le dejara semicomatoso, pero ahí estaban sus padres reforzando su vocación, armados con cámaras de fotos y de vídeo para sustentar gráficamente los inicios de la prometedora carrera del niño. Mira la Britney, qué maja sale en las fotos de cuando era cría, en las funciones del colegio.

Y ahora, en serio. En el fondo, lo más probable es que mi amigo disfrutara destacando sobre los demás. Y esa droga, como todas, es muy difícil de dejar. Y no hay nada malo en eso, supongo. El reconocimiento y el aplauso son el alimento del complicado y enorme ego de los artistas. Éstos no serían nada sin un ego a prueba de tanques, capaz de hacerles ver algo allí donde de momento no hay nada, o donde puede que haya algo que nunca será apreciado más que por cuatro locos como él. Pero perdona, que estaba hablando de mi compañero de colegio.

El chico va creciendo, lleva una vida aparentemente normal, y en un momento dado se apunta a un concurso de esos de la tele. Los castings de esos programas son sublimes. Son karaokes industriales donde la gente se lo toma en serio, se lo cree, de verdad. Y no digo que no haya gente con duende, con alma… con arte. Claro. De eso se trata. De seleccionarlos y de facilitarles las cosas lo suficiente como para que se olviden de lo que querían y cuál era su magia, si es que la tenían. No cabe duda de que las personas que ganan en esos programas tienen cualidades -ya me gustaría a mí tener aunque sólo fuera una-, y me alegro de que lleven la vida que llevan, posiblemente mejor que la que tenían. Son eficientes y guapos, no desafinan y han aprendido a respirar cuando deben. Pero me he vuelto a ir. Estábamos hablando de arte.

No, no era ese el tema. Me doy cuenta de que debo acabar, estoy desvariando. He empezado hablando de televisión y ahora estoy con el arte. Estoy mezclando aceite y agua. A uno de ciencias posiblemente nunca le hubiera pasado. Pero en fin, ya se sabe cómo son...

sábado, 9 de febrero de 2008

Sanfermín again

De vuelta a los sanfermines...
Desde pequeño, siempre tuvieron el aura de lo prohibido, la magia de lo que no se debe tocar. ¿Quién podía resistirse?

Acababa el curso en junio y nos ponían a salvo del Mal en el pueblo, a tan sólo unos pocos kilómetros de Pamplona. Demasiado cerca. Éramos como los niños de Londres en 1940, yendo a la campiña por si bombardeaban los alemanes. Al estar al Sur de la ciudad, solían llegar al monte globos de helio que algún enano desaprensivo había perdido en Pamplona. Se quedaban enredados en las matas, y para cuando los rescatábamos solían estar ya medio desinflados. Pero de todos modos nos hablaban de otra vida que no tenía que ver con el pueblo, ni con la cosecha de trigo, ni con las tardes larguísimas y aburridas sentados a la sombra del frontón.

Algunas noches los mayores nos llevaban a ver los fuegos artificiales. Preparaban una ruta segura, con una vía de escape siempre abierta, y solíamos volver en torno a las doce de la noche, casi perdiendo los zapatos como Cenicienta. A pesar de ello, nos daba tiempo para ver la alegría sucia de la Fiesta. Nos reafirmábamos en nuestro deseo de crecer y ser mayores.

Por fin llegó ese año en que ya no era posible por más tiempo que no fuéramos a Sanfermín. Curiosamente, no recuerdo cuándo fue, aunque recuerdo muy bien el seis de julio en que tenía 18 años. Llevaba 7 días con el carnet de conducir y 6 trabajando. Repartía donuts, palmeras y porquerías riquísimas por Pamplona. Había quedado con mis hermanos y con mis primos, como siempre aparecieron amigos y amigas de ellos. Llegué tarde, ya me había tomado algún champán con algún cliente del trabajo, y no sé ni dónde aparqué, aunque luego recuerdo haber encontrado la camioneta, una vieja Seat Trans, y haber bajado a casa -a unos 3 kilómetros-, con mi cuñada al lado diciéndome que no me preocupara "por la conducción", que ella se encargaba de las marchas. Y así fue. Yo le decía: "ahora", pisaba el embrague y ella cambiaba de marcha desde mi derecha, sentada en el asiento del copiloto. Vamos, un equipo perfecto y con un puntito etílico.

Aquellos años bajábamos a comer a casa el día del Chupinazo. Mi madre preparaba mucha comida, porque era un sorpresa absoluta cuántos y quiénes apareceríamos a comer ese día. Recuerdo años de estar comiendo (totalmente borracho, pero entero, aguantando el tipo como los demás) junto a personas que no conocía de nada. Tampoco mis hermanos o mis primos les conocían, simplemente los habíamos ido recogiendo por ahí. Mi madre ponía cara de preocupada, recelaba de la salvación de nuestra alma y ya nos veía a todos en el infierno, pero en el fondo se lo pasaba bien, le hacíamos gracia. Los cuartos eran ocupados por los menos resistentes a la bebida, que dormían hasta que volvíamos a subir a Pamplona, por la tarde. Mi madre vigilaba con celo la ocupación y la rotación en las habitaciones, sabía quién entraba y salía del comedor y por qué. Supongo que no quería que hubiera sexo en su casa ese día. Y es normal.

La primera vez que besé a una chica fue un seis de julio. Le acompañé hasta la parada del autobús, incluso por un momento pensé acompañarla a casa -ella también lo pensó, ahora estoy seguro de eso-, pero mis prioridades cambiaron cuando eché la vista atrás y ví la calle San Gregorio y San Nicolás llena de gente. Era como un reto, -hoy lo sigue siendo-, ir de un sitio a otro, acudir al lugar al que has quedado con no sé quién e irte encontrando mientras tanto con gente conocida. El seis de julio es el día en el que los de Pamplona y sus alrededores nos disfrazamos. La ropa blanca, el pañuelo rojo, hace la misma función que un disfraz: todo está permitido, si eres habilidoso y tienes gracia.

Bueno, creo que por hoy ya basta, iré añadiendo más cosas, por supuesto, y seguro que cambio esto varias veces, pero de momento...

sábado, 2 de febrero de 2008

Estreno

Sábado a la tarde. Empieza a oscurecer. Tanto oir hablar de blogs... Esta vez, voy a hacer algo al revés que en otras ocasiones. En vez de hacer un plan perfecto para saber muy bien qué es un blog y luego no hacer nada (como siempre), este lo he creado ya. Luego, ya veremos qué pasa. No importa mucho, porque creo que nadie lo va a leer...

El título del blog: es de un libro de Hermann Hesse. Un buen libro. Pero es difícil de leer, eso es verdad. Hay veces que parece que no dice nada, que no avanza. Pero lo hace. No es un buen libro para los que tienen muy claro cómo son las cosas, para los que están en posesión de la Verdad.

Qué de gente sabe cómo son las cosas. Lo que es bueno, lo que es malo... Eso está bien, supongo. Da seguridad, y se duerme mejor. No sé, por ejemplo. Pensemos que yo sé que las morsas son los mejores animales del mundo. Igual es porque me lo han dicho siempre, o tal vez lo piense porque un día me dio por ahí. El caso es que encuentro gente como yo (alguno habrá), y nuestra creencia se refuerza. Igual surge algo de cariño, pero sin pasarse, que estamos en cosas serias. Luego organizamos reuniones con cierta regularidad, y hacemos un tratado: "Acerca de Por Qué las Morsas Sí y otros Bichos No". Lo leemos, lo recitamos. Algunos hasta se lo aprenden de memoria. Todo va bien. Ya no entendemos cómo otros no ven lo obvio, cómo hay quien quiere a perros babosos y gatos engreídos. Hombre, hay que reconocer que no todo es siempre de color de rosa. Es perturbador cuando te encuentras con alguien que no piensa igual y encima argumenta y además defiende sus ideas erróneas. Supongo que entonces lo que tendría que hacer es pensar que está perdido, que es malo, que lo han sugestionado. Luego iría corriendo donde los míos para que me diesen fuerzas. Un problema serio podría plantearse el día que no sólo yo, sino todos los del grupo nos hayamos encontrado con gente así, equivocada. Entonces, ¿quién anima a quién? Tendríamos que haber nombrado antes a alguno de nosotros como Superior, alguien a quien nunca alcanzara la duda ni la tibieza. Entonces iríamos donde él, y nos reconfortaría. Qué bien. Las noches volverían a pasar tranquilas, sin dudas.

No sé, últimamente es de las cosas a las que más vueltas doy: me asombra la seguridad de tanta gente.

Bueno, ya ha oscurecido del todo aquí en Pamplona. Creo que faltan ciento cincuenta y pico días para Sanfermín. Yo creo en Sanfermín. En cómo pueden las personas, cómo puede una ciudad tan de toda la vida como Pamplona cambiar de repente en los pocos minutos que rodean a las doce del mediodía del día 6 de julio. Es un sueño real.