sábado, 22 de noviembre de 2008

L'été est mort. Vive l'été!

Esta mañana he subido a Pamplona, a la biblioteca de la Plaza San Francisco. Algunos sábados voy, compro el Babelia y escribo algo. Hacía frío y el suelo estaba cubierto, más que otros días, por hojas muertas. De algunas de ellas no quedaba más que una pasta blanda y deforme, atacada por el agua y las pisadas de la gente. Entonces me he convencido de que del verano ya no queda nada, y de que el blog lleva tiempo sin tontadas reseñables. Así que nada, aquí volvemos.

Este verano ha sido el primero en muchos años que prácticamente no he estado en Sanfermín. Tanto hablar de la Fiesta, y luego me voy por la puerta de atrás. Sólo estuve día y medio, insuficiente para participar con la actitud adecuada, con la pérdida de conciencia necesaria de lo que es la Fiesta. Y si alguno de los presentes ha estado un fin de semana en Sanfermín y se lo pasó bien o al menos no recuerda nada, nada que afirme lo contrario, que sepa que ha sido como una piedra lisa y pulida que rebota en la superficie de algo que no ha llegado a conocer en absoluto. Y eso es lo que quería: llegar el sábado doce y no salir, ir de la estación de autobuses a mi casa como un mormón del Medio Oeste horrorizado por tanto chico sano echado a perder. El domingo trece levantarme tarde -había estado de vacaciones y tenía que descansar, excelente excusa- y por la tarde recoger a mis amigos supervivientes de la Fiesta todavía alcoholizados, sí, pero dignos, después de una semana de Fiesta para tomar un martini a las seis de la tarde y luego –no había opción- verlos entregarse otra vez a la Fiesta mientras yo era incapaz esta vez de comulgar con ellos y mantener medianamente el tipo, como si fuera a hacer un largo viaje a ninguna parte y necesitara la suficiente frialdad para comenzarlo bien. Luego el día catorce, el último, ese en el que se ven más que nunca personas que no quieren crecer o que han crecido ya y de vez en cuando se conceden el lujo de volver a tener menos años. Por la tarde-noche estuve con amigos tomando algo, comiendo-cenando mis primeros huevos con magras y tomate de los Sanfermines del 2008, acompañados de Marqués de Cáceres. Luego cubatas mientras esperábamos a que alguien nos dijera lo que toda Pamplona -salvo la que empieza- ansía a la vez que detesta: que se han acabado las fiestas de Sanfermín. Siempre nos quedará (les quedará, a los que van) Salou o Sitges -pero no saludes, que luego todos nos conocemos- o las fiestas menos conocidas pero igual de divertidas de otros pueblos a los que no llegó ni el escritor borracho y genial que estuvo en todos los sitios en los que se bebía con ganas -sin mesura, hasta el fondo- ni la televisión, ese último espejismo de que todos somos iguales. Luego unos últimos Jackdaniels acocacolados en bares de la Pamplona de bien, esa misma Pamplona que al día siguiente de la Fiesta hará como que no se acuerda de nada “¿en serio hice eso? ¿de verdad? Qué cosa. Es el alcohol”. Si Pamplona no tuviera los Sanfermines reventaría hacia dentro, como un submarino a cientos de metros de profundidad, sería abducida por su propia mediocridad. O tal vez el mediocre sea yo.

Por contra, estuve en París. Del cinco al doce. Voy a poner alguna nota sobre ese viaje a continuación, y espero seguir añadiendo cosas. Pero no esperen mucho. Porque algo que tengo claro es que no voy a mantener ninguna periodicidad con este blog. Uno de los objetivos de este engendro era asentar el hábito de escribir. Ese hábito ya está fijado, ha borrado del mapa otros como los de ganar dinero o llevar una vida normal. Así pues, habiendo cumplido como un héroe su cometido, la utilidad del presente blog queda en entredicho. Pero bueno, nos veremos de vez en cuando por aquí.

Saludos.


PARÍS, 2008 (1)

2008.07.05. Once treinta de la mañana, Pamplona. Acaba la última clase antes de las vacaciones. Todos preguntan a dónde voy, con la pequeña maleta de ruedas. A París, claro. Se despiden de mí pensando que tienen el mismo derecho que yo a pasárselo bien. Pobricos.

2008.07.05. Una menos cuarto del mediodía en la Estación de Autobuses de Pamplona. Aquí la fauna variopinta que puebla Sanfermín se condensa de un modo incontestable y se muestra a falta de unas pocas horas. Sin tonterías. Gente que busca, expectante. En otra época les hubiera dicho que miraran en otra parte. Pero como estoy tan harto de equivocarme y hacer el gamba que me callo y sigo con mi martini y mi libro. Hasta que llegue el autobús.

2008.07.05. Dos y cuarto del mediodía. Oronoz-Mugaire. Esperamos hasta hacer el trasbordo de autobús. Casi había olvidado la aventura de viajar sin coche por el Norte de Navarra. Dos chicas se han equivocado de enlace y temen no llegar a Pamplona a tiempo para el Innombrable, al día siguiente. El Chupinazo. Fiesta. El puto Hemingway. La puta tele y los putos encierros televisados. Mi padre conoció la Fiesta en los cincuenta. Se metía en ella y no volvía al pueblo por días. Al final siempre volvía. Qué largo puede ser un año. Incluso un solo día, sin dinero y borracho, puede ser insoportable.

2008.07.05. Cuatro y media de la tarde. Hendaya. En el tren de la SNCF (Sociedad Nacional de los Caminos de Hierro Franceses). Junto a mí se sientan una pareja joven francesita y su crío. Comienzo a conocer la liberalidad francesa en cuanto el tren se pone en marcha. Ella, de unos 25 años, sentada casi enfrente mía, gorda y vulgar, se descalza el pie derecho y lo planta en la entrepierna chandalera de su chorbo, francesito barriobajero aún más joven sentado a mi lado, flaco y como distraído, como si aquello no tuviera que ver con él y fuera lo más normal. Enfrente mío el crío, un demonio cabrón que no para quieto y grita cada vez más. Me dice cosas que no entiendo, y me enseña un cuaderno con colores. Si esa es la manera de desempolvar mi francés hablado, si así se divierte Dios, yo lo acepto. Repaso con él los colores en su idioma. La pareja mira sonriendo tanto al retaco que salió el día que no usaron condón como al españolito con pintas de poca cosa, mientras ella mueve los deditos de su pie derecho animando el cotarro de su chico que crece y crece tal vez más por miedo a lo que se le pueda ocurrir a aquella mole con trasuntos de mujer que se le sienta enfrente que por deseo. El deseo. De qué sirve el deseo si quien lo atiza es el pie de una mujer normanda cubierto –el pie- por un calcetín blanco de deporte con marca falsa de a euro y medio el par.

2008.07.05. Diez y algo de la noche. París. Gare Montparnasse. París. París existe y siempre nos quedará París. Una kilometrada andando desde donde para el tren hasta la boca de la estación. El metro está donde decía el mapa, el hotel también. El tipo de la recepción… El tipo no estaba en el mapa. Viene del África más negra y más profunda y creo que lleva en Francia menos horas que yo. No le entiendo una. En la llave que me da, la de la habitación, pone algo. El número de la habitación. Bien. Dejo la maleta y salgo por las calles cercanas. Qué se bebe por aquí. Poco y caro. Pijadas, me gusta decir a mí. Mariconadas, dicen algunos de mis amigos. Pensando en lo malamente que aguantan bebiendo, sonrío y brindo por ellos. Solo. Sin problemas.

(Continuará)

lunes, 19 de mayo de 2008

El Color de la Duda

Comunico a mis escasos lectores que se abre un período de reflexión acerca de la necesidad, conveniencia y resultados del presente blog, por lo que permanecerá durante un periodo indeterminando sin aportaciones que lo enriquezcan o empobrezcan, que lo mismo da.

Un saludo a todos, y cuídense de la primavera y los brotes nuevos, que alteran la sangre.

Demian

sábado, 10 de mayo de 2008

Muerte en Venecia

Lo sé. No son horas ni condiciones idóneas. Recurro a lo fácil: más tarea hecha, enlatada, de tapper. Pero vamos, no me siento mal. Es mejor así, rendirse ante la evidencia. Aparte de ello, me queda menos de una hora para estar en Pamplona, arreglado y medio presentable.

De todos modos, si alguien lee esto y de verdad tiene interés en algo interesante, le recomiendo el Babelia de hoy: un recuerdo para "Muerte en Venecia", de Thomas Mann. También para la película de Visconti y la ópera de Britten. La belleza, lo turbio y lo prohibido.

Les dejo con una cita, sólo con una, antes de unos recuerdos de la infancia:

"Quien con sus ojos la belleza ha visto,
está ya entregado a la muerte"
(August von Platen)


Recuerdos
La mayoría de los recuerdos de mi infancia tienen un lugar común: el pueblo. Durante el año vivíamos en las afueras de Pamplona, pero tras las clases nos refugiábamos allí –treinta habitantes, trigo, cebada y calor-. Desde entonces me ha quedado la sensación de que todo lo sucedido entre los meses de octubre a junio de aquellos años no tuviera que ver conmigo: hechos aislados y sin importancia.

Como he dicho, todo comenzaba tras coger las notas, con mi intento forzado y falso por participar en la alegría jacobina de mis compañeros al acabar las clases. De verdad que intenté contagiarme de ese entusiasmo incendiario, pero era inútil. Apenas sacrificaba en aquellas hogueras de San Juan unos pocos apuntes que no servían, que previamente había pasado a limpio, y que al quemarse me dolían como si yo mismo hubiera caído entre las brasas.

Otro recuerdo de aquellos días: el llegar a casa tras la última clase y derrumbarme durante unas horas, indefenso ante aquel mar de días por delante, sin clases. La desazón ante ese medio hostil remitía hasta desaparecer cuando éramos salvados a primeros de julio y llevados al pueblo.

Salvados de los Sanfermines. Rescatados del Mal igual que los Niños de Londres de los ataques de la Luftwaffe, como los Niños de la Guerra rumbo a Rusia. Durante unos años habría de funcionar: las visitas a la Fiesta siempre de día –los fuegos artificiales eran nuestro toque de queda, abandonábamos Pamplona poco antes de medianoche corriendo medio descalzos igual que Cenicienta-, visitas con guardaespaldas –los mayores- y con una ruta segura de escape siempre abierta. Mirando todo “desde el otro lado”, desde la Fe y el Orden, viendo en vivo lo que no debía hacerse, observando de cerca los borrachos, los excesos y la alegría sucia de esos días. El Mal, en definitiva. Ese mismo Mal al que nos abrazaremos en menos de dos meses todos los Niños de los Sanfermines marcados con el signo de Caín.

Del pueblo recuerdo la cosecha, el frontón, el calor y las noches en la calle hasta tarde, así como las visitas del señor Julián los jueves, con su camión chato cargado con todo lo que pensábamos que podría ofrecernos el mundo: desde alpargatas y cal en bolsas de plástico hasta fruta y chocolate. Esperábamos nuestro turno –primero los mayores-, y comprábamos leche condensada en pequeñas latas de metal y golosinas.
¿Qué más? Veamos.

Nosotros, los críos, descalzos con los pantalones remangados en el remolque lleno de trigo, empujándolo con palas que no pesábamos hacia el agujero desde el que caía a un cajón de madera, en el suelo, con un sinfín desde el que subía a habitaciones en casas abandonadas, utilizadas de granero. Accidentes de circulación en el frontón: dibujábamos a tiza sobre el cemento liso circuitos enrevesados, semáforos y pasos de cebra que nos comprometíamos a respetar con nuestras bicis. Pocos eran lo que querían hacer de peatones. Media hora después íbamos a por ellos, como si puntuara atropellarlos, y estrellábamos nuestras bicis contra las de los demás, a veces con nosotros sobre ellas y otras veces habiéndolas abandonado segundos antes de la colisión.

Sangre en las rodillas, sangre en los codos, y muchos lloros, siempre lloros. Y guantazos y gritos de nuestras madres, que nos zarandeaban como las mammas italianas en las películas de Fellini. Y es que hay que recordar que en aquella época los niños no mandaban.

Atrevimiento o verdad, prueba o beso. Mayoritariamente escogíamos la prueba.

Fines de los 70’, primeros de los 80’: Mike Oldfield, Supertram, Triana, Pink Floyd y Status Quo.

sábado, 3 de mayo de 2008

De ratón a hombre

El pequeño ratón no comprendió a tiempo que devorar libros le habría de llevar a lo que nunca podría ser. Pero eso no le importó ni siquiera cuando fue mayor para darse cuenta de ello, ni aún cuando era demasiado tarde para reaccionar. Aceptó el cúmulo de errores –o aciertos- que le habían llevado a esa situación con la dignidad mísera de los que no tienen nada más que eso: la dignidad.

En el principio de todo comenzó sin pretensiones, con obritas menores para niños: Los Hollister, Los Cinco. Familias numerosas que hablaban de un american way que no tenía que ver con él, pero que no tardó en envidiar. Envidia y arte, siempre de la mano.

Luego vino Alberto Vázquez Figueroa, el aventurero. Mientras las demás ratas –ya no era un ratón: había crecido- se entretenían con la realidad él prefería escaparse a los mundos de La Iguana, Tuareg, Nuevos Dioses, Vendaval, Océano, Yaiza, Mar Adentro… No eran malas lecturas para esa edad, justo en el momento en que los ratones se hacen ratas.

Al poco comenzó una de sus interferencias más notorias: la música. Era más rápida, más fácil. Hubo un día en que las notas explotaron en su cabeza al escuchar las canciones: los acordes de dibujaban solos y era posible seguirlos como si fuera una lectura a primera vista. Y comenzó el embrujo de lo fácil, el que nunca debió seguir.

Después, siendo ya un gato de angora, vinieron las lecturas de instituto: El Quijote, El Árbol de la Ciencia, Gabo, El Sí de las Niñas, y por encima de todos ellas una, sin duda: Tragicomedia de Calixto y Melibea y de la Puta Vieja Celestina. Por primera vez, una voz de hace 500 años le hablaba del poder del deseo, de la pasión, del sexo. Envidia y sexo: Arte.

A continuación se convirtió en un perro sumiso. Vinieron años de silencio en los que sirvió a dioses ajenos. Años en que hizo lo que se supone que debía hacer. Años perdidos. No se aprecia lo que ganas o tienes si no lo comparas con lo que perdiste, o al menos con lo que dejaste de ganar.

Pero el perro se cansó, y se convirtió en un lobo: un lobo estepario. Siddartha, Demian, El Juego de los Abalorios, El Viaje a Oriente. Un lobo amable que a través de sus amigos y sobre todo gracias al mejor de todos ellos se reconcilió con el mundo.

Un lobo que empieza a ser hombre.

sábado, 26 de abril de 2008

Frikis

El jueves pasado estaba a las siete de la mañana en la estación de autobuses de Pamplona. Esas no son horas para andar despierto ni para estar en ningún otro sitio que no se sea en la cama o de juerga. Posiblemente por eso mi habitual actitud y disposición bondadosa hacia las personas y las circunstancias no se encontraba operativa.

El autobús salía a las siete y cuarto, y diez minutos antes el conductor nos dejó subir a él (al autobús, no al conductor). Una vez sentado en la segunda fila comencé a repasar la lección que ese día me tocaría dar en Tudela: Hidrología. Ríos, regímenes fluviales, vertientes, lagunas, embalses, nacederos kársticos… Vamos, una chapa potente, consistente. Puestos a dar una chapa, no te andes con medias tintas, dala bien.

En estas oigo que abajo, junto a la puerta, alguien pregunta al conductor: “Joven, ¿qué opina de la situación económica actual?”. La voz era firme, segura, pero con un puntito de desequilibrio y de histrionismo que me hizo prestar atención. Enseguida resultó evidente que aquella era una liturgia que se repetía con cierta frecuencia. No podía entender lo que decía el chofer, pero al otro se le oía calentarse cada vez más mientras decía estupideces con el fervor creciente de un catedrático calenturiento ante las faldas cortas de las alumnas de la primera fila. Vamos, que empezaba a gritar.

De pronto, el friki –resultaba evidente que eso era, uno más de esa nueva plaga bíblica que nos sacude- gritó, con todas sus fuerzas:
-¡Señores! Por la acera, vayan por la acera, gracias!

La mayoría de los que estaban en el autobús despertaron y pegaron sus jetas a los cristales del lado derecho del vehículo para fijarse con detalle en semejante individuo. Yo preferí imaginármelo y rellenar los huecos, con la disposición torcida y malévola que me posee durante las primeras horas de cada día, hasta que despierto y me reconcilio con el mundo. Además puse algo de mi infinito cariño hacia las personas que se empeñan en destacar cuando lo que tendrían que hacer es no salir nunca de casa.

Los frikis. Imaginé que el de la estación de autobuses era el encargado de alegrarle el día a los conductores de autobuses, que esperaban ansiosos que viniera a decirles siempre las mismas tonterías, día tras día. Y los pasajeros. Cómo agradecían igualmente que les gritara desde la otra punta del andén, reventándoles los tímpanos, para recordarles que debían ir por la acera, no por donde circulan los autobuses. Siempre se giraban agradecidos y le sonreían. Sin duda.

Hay un friki para cada situación. Cada uno tiene su cometido. La mayoría de ellos, a pesar de lo que mucha gente pueda pensar, no buscan una contraprestación económica. En general son vocacionales, tipo "amateur". Tienen un don y deben compartirlo, eso es todo. La luz no se hace para que esté escondida. Se hace para que esté a la vista de todos.

Los miembros de este colectivo que pronto tendrá su propio Número de Identificación Fiscal suelen seguir unos ritos, un proceder sistemático y riguroso que han ido reforzando con el tiempo y la repetición. Pero por mucho que practiquen, a diferencia de las personas con talento, los frikis nunca consiguen hacerlo bien, nunca llegan a ese mínimo exigible que no haga sentir vergüenza ajena a los que están alrededor. Además, para ellos la luz roja de la cámara siempre tiene que estar encendida. Creen que cualquier cosa que hagan, en cualquier momento, tiene interés, es susceptible de ser admirada y tenida en cuenta. Son como quijotes, sólo ven lo que quieren ver. Y eso es lo que más me gusta de ellos, lo reconozco.

Es difícil escapar al frikismo hoy en día. Está ahí, en todas partes, como el mundo rosa o el fútbol. Al final, de una manera u otra, te acabas enterando de quién es el nuevo juguete de la Obregón o de quién va a ganar la liga. Aunque te importe tanto como el nombre del Secretario del Tesoro estadounidense. Por ejemplo: Tamara. Es difícil escapar de Tamara, no de la que canta boleros, sino de la otra, de la que tiene una madre-escolta con un ladrillo en el bolso. ¿Se han fijado en cómo mira a cámara? Es asombroso. Habría que escribir una novela sobre ese personaje. Es genial. Además abre un poquito la boca, a medio camino entre una mujer que acaba de descubrir algo y una actriz porno de tercera. Pero es imposible que haya descubierto nada: todos podemos ver que no tiene esa capacidad, es un libro abierto: no tiene nada ni entre las orejas ni entre la nuca y los ojos. Nada. Pero se empeña en estar ahí, ¿no es genial? ¿Por qué tenemos que saber quién es Tamara? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Es el apocalipsis que llega? Que la exorticen, por favor.

Tengo un vecino friki. Vive en el octavo, cuatro pisos más arriba que yo. Tiene unos 60 años, y es incapaz de estar en el ascensor sin decir alguna estupidez. Al principio le seguía la corriente, le sonreía, intentaba añadir algo coherente. Pero eso no funcionaba: se crecía, se ponía a explicarme cómo era realmente la vida, y la próxima vez que me lo encontraba contaba algo peor. Un día decidí cambiar de estrategia. Me resultó violento, pero no me gusta que la gente se engañe. Así que cuando dijo la chorrada de turno me quedé serio, muy muy muy serio, mirando fijamente a través de su cabeza. Conseguí que no estuviera en el ascensor, que desapareciera. Cuando bajé en mi piso, no había nadie conmigo. Desde ese día, cuando coincidimos, hay un silencio tenso entre nosotros que me he ganado a pulso. Sí. Me lo he ganado.

domingo, 20 de abril de 2008

Punto de Vista

Os propongo un juego. En el siguiente relato hay cuatro narradores distintos para una misma historia. Uno de ellos es objetivo, frío, no se involucra, es como una cámara que se limita a describir lo que ve. Otro es el típico narrador que todo lo sabe, que cuenta lo que quiere, que se cree Dios. El tercero es la propia voz del protagonista, en primera persona, y el cuarto es uno de los personajes menores del relato.
Ale. Se diviertan. O se aburran, porque tampoco es gran cosa.


REALITY

(En algún punto de Morant Cays, Jamaica)
Una cámara enfoca el interior de un chamizo con estructura de madera y cubierta de lona caqui. Dentro, una silla plegable de madera y tela. A su lado, una pequeña mesilla con un botellín de agua sin abrir y un vaso. Interferencia en la imagen de 14 segundos –puntos y rayas blancas y negras-. Ningún sonido.
Un joven entra en la tienda. Tiene algo más de 20 años, un metro setenta y cinco de estatura, aproximadamente. Constitución delgada. Viste sandalias destrozadas, pantalón corto marrón y camiseta sucia. Está muy moreno. Lleva un puño cerrado, en el que parece ocultar algo. Nueva interferencia, 20 segundos esta vez.
El joven reaparece sentado en la silla plegable, mirando a cámara. Seguramente está hablando. Gesticula, pero no se oye nada. Interferencia -7 segundos-. Ahora está mirando al suelo. Levanta la cabeza. Está llorando. Interferencia de 18 segundos. Tras ella, vemos al chico mirando hacia la cubierta de la choza. Muestra el cuello y la nuez, poderosa. Respira como con esfuerzo, tomando grandes bocanadas y expulsando el aire con violencia. Bruscamente endereza la cabeza y mira de nuevo a cámara, con fiereza. Abre la mano que ha tenido cerrada todo el tiempo. Aparece una navaja. La abre. El filo despliega brillos perfectos. Interferencia de 62 segundos. Reaparece la silla, caída en el suelo.
El joven ha desaparecido.


Con excepción de sus seis últimos meses, aquellos en que planeó su suicidio, a Pablo Rangel le llevó toda su vida identificar y poder mirar de frente a su más fiel compañera. Ésta –habilidosa, persistente-, en ocasiones se había disfrazado de entusiasmo, de fe, de optimismo. Otras veces le había soplado frente a sus narices un poco del duende de la genialidad, durante apenas un instante, para que sintiera un poquito cómo podría haber sido, de haber tenido talento. Y es que, a su modo, ella siempre había procurado su bien: lo mantuvo alejado del abismo de saberse uno más –o aún menos- que el resto, lo ocupó en quimeras, y en algún momento le dio las alas justas para planear unos metros en lo que a él se le antojó un vuelo. Con 24 años, acabado y deprimido, Pablo Rangel por fin pudo saludar a su mediocridad.

Si les digo a los demás que soy un fracaso, no me creerían. Pero así es. Por fin lo sé: yo, Pablo Rangel, de profesión: fracasado. No se lo puedo comentar a mis amigos del barrio: se enfadarían. “Tienes piso y coche, y están pagados, mamón”, -me dirían. Luego intentarían animarme, y eso no lo soporto. Repasarían todos mis logros: mi elección entre decenas de miles para concursar y cantar en el programa de la tele, una vez allí los coros estupendos que hacía para mis compañeros, para esos que de verdad iban como una bala hacia arriba. Siempre era a mí a quien contaban sus secretos y sus sensaciones al tener el cielo ya tan cerca. (Bueno, a mí y a cámara, y a medio país por tanto). Mis compañeros, qué majos, recogiendo al poco de aquello sus varios discos de platino, dedicándome unas palabras cariñosas.
Pero lo cierto es que no gané ni una sola noche en aquel puto programa, no he vendido todavía las segundas cincuenta mil copias de mi primer disco, nadie quiere hacerme una canción buena y llevo dos años arrastrándome por lo peor de la televisión, dándome codazos con buscavidas por unos minutos en antena. “Mediocres del mundo, yo os absuelvo a todos”, eso era de la película en que Mozart se reía todo el rato. Pero a mí no. Yo no busco perdón. Yo me bajo en la próxima parada.


-Mire inspector, ya sé lo qué me está preguntando, soy psicólogo, ¿sabe? Que si Pablo estaba mal de la cabeza, o que si alguno de los concursantes de la isla podía tener algo contra él. Usted no ve el programa, ¿verdad? Bueno, es igual. La respuesta a las dos preguntas es no. Rotundamente no. Comprendo que ustedes tengan que investigar todas las opciones, y que la cinta de vídeo, sin sonido y con interferencias, no aclare del todo lo sucedido. Pero por Dios, nadie quería mal a Pablo. De hecho, cuando vino aquí a hacer las pruebas, pensamos que no daría juego. Era un buenazo, al menos así lo recordábamos de cuando cantaba en el programa de las versiones: soso, diligente, aplicado. Un tipo sin magia, un perdedor de libro. Sin embargo, en la entrevista vimos que había cambiado. Estaba más maduro. Había recorrido su desierto y ahora sí estaba preparado. Ahora iba para arriba. Mire, yo conozco a la gente, inspector. He visto pasar por aquí a gente muy pero que muy famosa, –famosa de verdad-, dispuesta a lo que fuera con tal de ir a la isla y aguantar en este negocio un par de años. Pero aquí sabemos quién puede valer y quién no. Pablo estaba ahí, era su momento. Mire, para ganar hay que mirarse al espejo, ¿vale? Pablo fue a la isla para acabar de mirarse del todo, para comprobar si merecía estar arriba, y de paso para demostrarnos que ya no era el osito de peluche que todos recordábamos. Lo que pasa es que en la isla se dio cuenta de que no tenía madera. Éste es un programa de verdad, ¿sabe? A Pablo no le gustó lo que vio en el espejo. Y se suicidó. Punto. Delante de las cámaras. Lástima que ni en esto tuviera suerte. Pero aquí vino limpio, inspector, no traía nada en la cabeza.


En los últimos meses de su vida, Pablo Rangel planeó algo parecido a una gran venganza: demostraría ante las cámaras de qué estaba hecho, en directo. Tenía pensado conseguir plaza en un nuevo “reality”. Lo cierto es que los conocía todos –llevaba toda su vida viendo triunfar a otros en ellos-. El que más le gustaba era el de la isla. Engañaría a los psicólogos que evaluaban la idoneidad de los candidatos al concurso. Ocultaría sus motivos y sublimaría su decisión de morir en un genuino deseo de ganar: con lo que había aprendido en los últimos años, desde el concurso de las canciones, se sentía capaz de cualquier cosa. Una vez en la isla, se abriría las venas en directo, frente a la cámara, en el espacio de tiempo que tenía cada concursante para desahogarse delante de todo el país. Eran esos minutos algo así como una confesión, y en ellos los participantes interpretaban, manipulaban e intrigaban libremente con la única compañía de un objetivo fijo, a solas. Eran unos pocos minutos al día, absolutamente vitales e incensurables, sin duda el principal motivo de éxito del programa casi desde el principio.
Es justo mencionar que también consideró otra opción, si bien no le llevó mucho tiempo pensar en ella. Quedó descartada casi de inmediato. Consistía en empezar de cero. Dar marcha atrás. Apagar la tele y no volver a cantar. Como en aquel vídeo musical que vio cuando era más joven todavía: Stupid Girls, de Pink, así creía recordar que se llamaba. Jamonas de instituto, campeonas de su clase, animadoras-jefe del equipo de béisbol del condado metidas a artistas. Vulgares, sin talento. Casi al final del videoclip, la niña deja de cantar con su karaoke casero y sigue haciendo los deberes.


No, demasiado tarde para mí. Ya no puedo apagar la tele. No quiero que me vean como a un ex-convicto, esforzándome por no volver a robar. Un horario de 9 a 5, un trabajo de verdad. Ni hablar. ¿Y las noches? No. No renunciaré a entrar en un bar y saber que empiezan a mirarme y a preguntarse por lo bajo si no soy ese que sale en la tele. Yo no voy a renunciar a eso: voy a cambiarlo por algo mucho mejor. Me recordarán. Sabrán que no soy uno más.


-No sé, Jaime, puede que se nos colara una rata en la isla. Llevo años en esto, he hecho cientos de entrevistas, y más o menos siempre los concursantes han dado en pantalla lo que yo había imaginado. Pero con Pablo, no sé. Tal vez ya estaba muerto cuando lo entrevistamos. ¿Te acuerdas de cómo brillaba? Dios, parecía que lo tenía, era su momento. Ya sabes lo que pienso de este negocio, Jaime, te lo he dicho muchas veces: de toda esa basura blanca, sólo uno entre mil triunfa y llega arriba. La misma probabilidad de que Pablo nos la haya metido.
-Claro, claro.
-Pero Dios es justo, Jaime, y pone a cada uno en su lugar. Jódete, Pablo, mi querido perdedor, entérate de que la cámara aquel día no funcionaba. Nadie oyó tu discursito. Nadie vio cómo te rajabas las muñecas ni tampoco cómo salías a la carrera de la tienda, tirando la silla. Nadie te vio morir desangrado unos metros más allá, en la playa más impresionante de tu vida, aterrado tras darte cuenta de que ahora sí ibas en serio, y de que lo más grande que habías hecho nunca iba a ser también lo último.

sábado, 12 de abril de 2008

El adjetivo adecuado

Y de qué escribo hoy. De qué escribo, de qué escribo…

El otro día me comentaba uno de los pocos lectores de este blog que la última aportación era para salir del paso. Y la verdad es que no le falta razón.

Sin embargo, no dejo de sentir cierto orgullo estúpido e infantil al mirar atrás y ver lo que hay publicado por ahora. Salvo en los casos en que he echado mano de escritos anteriores, el resto ha sido hecho como mucho en hora u hora y media, en las tardes de los sábados, como hoy. Si corrigiera o pensara este blog como los cuentos que tengo por ahí, no publicaría nada. Uno de ellos va por la duodécima revisión, sólo le faltan dos o tres vueltas más y sin embargo tengo dudas de que lo termine antes de junio, fecha límite en que debe estar acabado. Otro está en la octava corrección, y le queda más o menos un año para que se salve de acabar en la basura. Y así varios. Es de locos.

Recuerdo el prólogo de un libro, “Plegarias Atendidas”. Estaba escrito por el editor, y comentaba que solía coincidir con el autor, Truman Capote, en qué adjetivo había que cambiar en determinado cuento, antes de que éste fuera publicado. Un adjetivo, una sola palabra, que cambiaba el sentido de toda la historia, que aportaba un matiz que no se correspondía con el tono o con lo que el cuento quería contar. Y coincidían los dos, en esa palabra y en la que debía sustituirla, justo antes de ir a imprimir.

Pero es igual. Hablemos de cosas más importantes. Sanfermín. Menos de tres meses.

Ya no falta nada. Y cuando digo esto estoy usando una de esas frases hechas que no se deben utilizar nunca en ningún escrito con una mínima pretensión. Pero es que es verdad. Ya no queda nada.

Porque vamos a ver. Abril. Sí, vale, trabajamos, y tal. Pero el puente de mayo está ahí, enseguida. Y luego en mayo hace muy bueno y salimos y el día es largo y para cuando nos damos cuenta ya está junio. Y junio ya es Sanfermín. Es una continuidad no declarada de las Fiestas. La gente se mira por la calle con complicidad, sonríe pensando en cómo se lo van a pasar en breve. Cuando hay problemas en el tráfico o a la hora de aparcar los conductores se cabrean como siempre, naturalmente, pero de un modo solidario, porque saben que están intentando dejar todo acabado y hecho y atado y bien atado antes de que llegue el día 6. Y surge cierta camaradería que suaviza los roces.

Luego está andar por el Casco Viejo y ver los camiones de reparto de bebida. Los repartidores deben planificar cómo ir suministrando a los bares todo lo que han pedido para que no nos muramos de sed en esos días de fiesta. Se llenan a conciencia bodegas, bajeras, trasteros, buhardillas, baños, cocinas, pozos medievales, fosas sépticas con un arsenal de bebida que si fuera pólvora y explotara a la vez no dejaría de Pamplona más rastro que un hueco desde Francia a Zaragoza. Pero no explota. Simplemente nos lo bebemos, con disciplina y método, como nos han enseñado nuestros mayores. Y a los mayores hay que hacer caso. A veces.

Y luego están las tiendas de ropa. Llega un momento en que los escaparates sacan el blanco y rojo a la vista de todos. Y claro, ya no se puede. En esas condiciones no – se – pue - de. Cómo llevar una vida normal viendo eso. Pues no. Yo ya ni lo intento. Mires donde mires ves rojo y blanco. Rojo y blanco rojo y blanco. Como el martini. Así no se puede.

Se cuiden.

sábado, 5 de abril de 2008

Propaganda

Casi todos, hagamos lo que hagamos, formamos parte del Sistema: trabajamos, ganamos dinero, gastamos dinero. Y la rueda sigue girando. Henry Ford dijo: “pago a mis empleados para que compren mis coches”. O sea, que de entrada no quiero juzgar a nadie. El que esté libre de culpa, –no seré yo-, que tire la primera piedra.

Por eso, que ningún publicista se ofenda. Pero dicho esto, creo que la Publicidad es el maquinista de las antiguas locomotoras de vapor que está continuamente metiendo paletadas de carbón en los viejos motores, siempre hambrientos. La locomotora es el Sistema en el que vivimos y el carbón somos nosotros, los que pagamos.

Cuando era crío, había un anuncio de un gel de baño que se renovaba cada temporada en el que siempre debía aparecer una bella mujer con sus bellas tetas al viento, dando blincos en cámara lenta, rodeada por el marco paradisíaco de una playa caribeña. En aquellos años, –hablo del Triásico, justo antes del Jurásico-, aquello impactaba. El gel se llamaba Fa, ya nunca se me olvidará. Así que, al menos con respecto a mí, el anuncio consiguió su objetivo: grabó una marca comercial en una mente. No sé si todavía existe el gel en cuestión, no recuerdo haberlo comprado alguna vez ni tampoco haberlo visto nunca en casa. Y mucho menos creo haber concebido jamás la esperanza de que por comprar dicho engrudo se me hubiera podido aparecer esa real hembra con la pechera al aire en el baño de mi casa, mientras me duchaba. Pero ahí está. Fa. Veinticinco años después.

Hay anuncios que, como algunas canciones, se quedan marcados a fuego. Otro día trataré sobre los que más me han gustado. Hoy déjenme tomar la vía fácil y comenzar por los otros, la mayoría. Si les parece, voy a repasar alguno de ellos, y a decirles lo que me parece que cuentan.

Por ejemplo, el último de Movistar: salen tres pirámides construidas con teléfonos móviles, de distintos tamaños ellas y colores ellos –naranja, rojo y azul-, representando las tres marcas que se dedican al negocio en España. La pirámide de teléfonos azules, que es de Movistar, es la más grande, la más alta. O sea, que su empresa es la mejor, la que más gana. Pero no les basta. No. Recordemos que esta empresa de móviles es de Telefónica, empresa-monopolio creada en la dictadura de Primo de Rivera, hace unos 80 años. Y ya se sabe que muchos de los comportamientos de Telefónica desprenden ese tufillo de desprecio hacia los clientes –y hacia los ciudadanos- propio de los monopolios y de las dictaduras. Volviendo al anuncio, al final un tipo viene a decir que eres jilipollas si no estás con ellos, por “eso de que, como somos más, pagamos menos”. Y lo dice con el tonillo del que lo ha contado tantas veces que está hasta los huevos de que no todos le hayamos creído. Su tonillo es acusador, como diciendo: “a ver si lo pillas ya, pobre imbécil, y te vienes con nosotros”. Es decir, el anuncio apela a un principio de autoridad que ahora se lleva mucho: el de la mayoría. Su fundamento es sencillo: si lo hace la mayoría, seguro que es bueno. En fin. Algún día deberían hacer un estudio serio sobre cuántos somos los que hacemos por norma precisamente lo contrario que la mayoría, porque no nos hemos creído semejante porquería de principio.

Otro que es una joya. Bueno, la verdad es que en los últimos años ya han sido varios. Son de gafas, de Afflelou. Los anuncios tienen que cumplir varias condiciones que se pueden resumir en una sola: satisfacer el insaciable ego del dueño de la empresa. Éste debe salir siempre en sus spots –por algo los paga él- hablando con su acento francés, y al final del anuncio alguien debe decir: “tiene vista este Afflelou”. Divino.

Luego están los de los deportistas, esos nuevos dioses. De entre ellos hay dos que me pueden: el Alonso y el tenista Nadal. El primero, en un anuncio en el que le adelanta hasta el Cojo Manteca, nos dice: “para ganar, no hace falta ser Fernando Alonso”. Gracias, Fernando. Gracias, de verdad. Ya duermo mucho mejor. Y el otro, el Nadal, el eternamente cabreado, siempre luchando a pelotazos contra el mundo. La traducción de lo que dice en finlandés no tiene desperdicio. Espero de verdad que el chaval se vaya relajando de mayor y deje de mirarnos así. Yo, al menos, no le he hecho nada.

No me gusta la publicidad que me dice que soy un mierda con sólo una posibilidad de redención: ese momento preciso en el que compre lo que me quieren vender. Tengo derecho a pensar que mi vida es tan plena y tan válida como la de los que salen en la tele y/o persiguen un balón y ganan una pasta gansa por lo que hacen, sin duda una enorme contribución a la Humanidad. Nunca compraré relojes de 150 euros que anuncian personas que tienen decenas de millones de euros porque ellos, en su vida diaria, no los van a llegar. (Yo no lo haría, teniendo todo ese dinero).

Así que tranquilo, Enrique, no hace falta que te bajes los pantalones, como cuando nos vendías relojes: no te quitaré tu Viceroy. Y saludos a la Kournikova. Por cierto: excelente candidata y delantera para el anuncio de Fa.

P.D.: ayer, cuatro de abril, fue el cuarto peldaño en la escalera. Ya falta menos.

domingo, 30 de marzo de 2008

Benidorm

A mitad del camino, a quince minutos de su casa, comenzó a darse cuenta de que algo extraño sucedía.

No era normal que en donde siempre había habido un centro deportivo con su piscina y sus frontones y hasta un campo de béisbol ahora hubiera una nave espacial varada en segunda fila esperando turno para aparcar. El artefecto era enorme, y le pareció que ocupaba más espacio que todo aquel recinto deportivo destinado a sublimar en algo medianamente aceptable las ansias sexualmente insatisfechas de aquella pequeña ciudad de provincias. Le hizo bastante gracia ver a esa mole de acero y de metal con las luces de posición puestas tocando el claxon tras el Renault Megane que le precedía, pidiendo vez para aparcar como si fuera un socio más de las piscinas.

Nunca había bajado hasta el club deportivo, siempre se había limitado a mirarlo desde el paseo por el que iba y venía cada día a su casa. Sin embargo, en aquella ocasión encaró las escaleras que distaban hasta la entrada del club privado convencido de que estaba algo grande, con la tranquilidad de que los guardias de seguridad no le dejarían ver aquel hecho prodigioso y le mandarían hacia atrás, como a cualquier otro testigo indiscreto e irrelevante.

Por eso cuando al llegar a la puerta de la nave fue invitado por unos seres que se notaba que no eran terrestres a subir al habitáculo móvil no le sorprendió tanto la vulgaridad de su indumentaria –camisetas, pantalones cortos, pelos en las piernas, sandalias- como lo afable de su charla y lo trillado de sus argumentos: que si aquella nave no mareaba, que si en un pispás se llegaba a su destino. El caso es que subió.


Acabó en Benidorm, subido sobre una tarima enfrente a un público entregado, enseñando a pléyades de jubilados cómo bailar “Los Pajaritos”. Quienes le habían invitado a subir a la nave ahora cantaban en una orquesta de verano por los pueblos de la costa, interpretaban a Bisbal entre otros y rara vez se dignaban a cantar "pajaritos a bailar, cuando acabas de nacer". Así que, convertido en protagonista de una perpetua fiesta de verano, sólo lamentaba no haber bajado antes a aquel club que siempre había estado camino a su casa y en el que, ahora que lo pensaba, siempre había habido un autobús de jubilados esperándole.

P.D.: 98. Y bajando.

sábado, 15 de marzo de 2008

Vacas

Bueno, ha llegado la hora de añadir al blog una nueva ración de comida enlatada. Es que... bueno... yo... A ver, sí, qué pasa. Ayer salí, ¿vale? ¿Y? Cené en la peña Donibane-San Juan, era viernes y estaba con otros profes y voluntarios de una ong en la que doy alguna clase. Estuvo muy bien. Pero hoy no lo está tanto, así que me resulta jarto complicado intentar siquiera pensar en que tengo que escribir.
El ejercicio de hoy es también del curso aquel sobre cuentos. Se trataba de coger un titular de un periódico, e inventarse una historia.
Bueno, pues ahí va, espero que les guste. Va sobre vacas.


El aburrimiento de un jubilado, sus ganas de incordiar: así comenzó todo.
Celso Mariñelarena -64 años, sano, rollizo, inquieto-, ganadero jubilado del pirineo navarro. Jubilado a la fuerza. Sus hijos no quieren ni verlo cerca del corral. Dicen que es para que descanse, porque es mayor, que ya se lo ha ganado, tanto trabajar. En el fondo no lo soportan: tienen casi cuarenta años y sigue tratándolos como si no supieran lo que es una vaca. A veces hasta se han arrepentido de no haber estudiado en Pamplona, escapando así del pueblo, pero sobre todo de su padre.

¿Qué hace un tipo jubilado que no puede parar quieto? Tiene varias opciones. Poner un huerto detrás de casa. Levantarse a las 7 de la mañana para trabajar en él. Y después de parcelar, sembrar, abonar y regar esa miaja de tierra en poco más de una semana, Celso vuelve a empezar: redistribución. Donde estaban las lechugas, ahora pone los tomates; a los cardos los hace formar junto a las cebollas. El buen hombre contempla desolado su ejército de plantuchas en posición de firmes: se aburre. Maldice a sus hijos. Los tendría que haber mandado a estudiar a Pamplona. Ahora trabajarían en un banco y apenas aparecerían por el pueblo. En sus esporádicas visitas estarían más ocupados en esquivar boñigas que en jubilarlo. Si Celso hubiera impuesto los estudios a sus hijos, ahora él seguiría cuidando de sus vacas, como siempre.

Segunda opción: ésta ni se la plantea. Jugar al mus en el bar con otros viejos, junto al fogón, bebiendo pacharán y riéndose con disimulo de los turistas que caen por allí. Jugando con Evaristo –ludópata reconocido por todos menos por él mismo, cuatro horas de mus al día desde hace 15 años-. Nada. Descartado. Bastantes años lleva ya viendo a los del pueblo como para verlos aún más. Antes, al cuidado de sus vacas, no tenía que ver a nadie, sólo a sus hijos, y eso ya era suficiente.

Está la otra opción. La tercera. Ésta le atrae bastante. Pensando en ella siente lo mismo que de crío, al ir de noches al cementerio, temblando de placer por el miedo, o años después, en el baile, al mirar las mozas. La opción consiste en visitar la granja nueva, la que está casi en el monte, subiendo por una pista forestal privada escoltada por hayas, siempre en penumbra.

Celso sabe que no debería hacerlo. No habrá estudiado, pero tonto no es. Las señales de “Prohibido el Paso” cada cincuenta metros en el camino a la granja, desde mucho antes de llegar al portón de entrada. Dicho portón, siempre cerrado. La valla electrificada –no para evitar que las vacas se escapen, ya que nunca se ve ninguna-, rodeando todo el perímetro de la propiedad. Los todoterrenos con cristales tintados que atraviesan el pueblo deprisa, sin aminorar. Las frecuentes visitas del veterinario del Gobierno de Navarra. “Mucho va ése por ahí, a mi corral no viene tanto” –piensa Celso. Todo lo expuesto impone una conclusión al jubilado: allí tienen las mejores vacas, los mejores piensos, las mejores máquinas. Hará una visita por simple interés profesional.

Lo hará de noche. Tiene decidido el punto débil de la verja: se conforma con uno que es algo más bajo que el resto. Apoyará una escalera rota de madera sobre la alambrada, gateará sobre ella como pueda y saltará al otro lado, evitando el calambrazo. Si no le ha sobrevenido de momento ningún infarto de importancia seguirá en su audacia, dispuesto a patear con ganas los perros que se le puedan venir encima. Ha pensado que puede haber alguno defendiendo el complejo. No les teme especialmente. Tampoco sería la primera vez que aparte de sí varios metros un perro de una sola y certera patada. A continuación deberá entrar como sea en el corral. Piensa ayudarse, si es necesario, de una barra de hierro rematada en punta, ya que puede haber alguna puerta cerrada o algún perro de los de antes con el ánimo perseverante y las entendederas cortas. Para ese momento, acabando casi su visita profesional, habiendo fisgado ya todo por todas partes, debe habérsele ocurrido algún modo de dejar constancia del suceso. Tiene que ser algo sencillo que no delate a su autor, pero que sea motivo de comentario en el bar. Así Celso podrá sonreír preocupado mientras los demás hablan de los ladrones que parecen merodear por el pueblo. Nuestro hombre lo hará por el bien de la comunidad: hay que dar un poco de vida a las tardes de mus.

Este plan fue cumplido en buena parte. La noche de autos saltó la valla sin electrificarse, recorrió el espacio hasta el cobertizo sin avistar perro alguno, y mientras circundaba todo el edificio intentando calcular sus dimensiones y dar con una entrada, se topó con dos enormes puertas correderas cerradas y otra más pequeña, abierta. Celso asomó la cabeza hacia el interior y luego el resto de su cuerpo. Desde esa noche, deseó durante mucho tiempo no haber sido tan curioso y haber disfrutado más con su huerta y con las cartas.

* * * * *

A la mañana siguiente, el pueblo fue tomado por la Policía Foral y la Guardia Civil. Se cerraron los accesos por carretera, se vigiló el monte, se interrogó a muchos vecinos, e incluso un helicóptero benemérito intentó el aterrizaje en la exigua plaza del pueblo. No pudo ser. Acabó depositándose suavemente en un prado cercano, haciendo hueco entre el pavor y las carreras de un grupo de vacas asustadas.

Enseguida comenzaron los rumores: en la granja nueva pasaba algo. Cuando dos enormes trailers cargados con dos pequeñas grúas atravesaron el pueblo con dirección al foco de las sospechas, sus habitantes decidieron que se trataba de un asunto de drogas. Se desdijeron dos horas después, viendo los camiones de vuelta, cargados con cuatro vacas frisonas de más de dos mil kilos cada una, descomunales y sedadas, grandes como tractores. Tumbadas y atadas con cadenas sobre los remolques de los trailers, se desbordaban a ambos lados de los vehículos.

La prensa enseguida lo aclaró todo: engorde ilegal de ganado, e incluso algo de manipulación genética. Al veterinario del Gobierno de Navarra se le había ido la mano: las vacas no habían dejado de crecer. Ramificaciones internacionales (Francia, a 20 kilómetros atravesando el monte). 19 detenidos. La Protectora de Animales se presentaría como acusación particular.

* * * * *

- Que me dejen a mí un ratico a solas con esos cabrones -decía Celso Mariñelarena en el bar del pueblo, días después, resignado definitivamente a jugar mus el resto de sus días-, ya les voy a dar yo pastillas para engordar. Y clembuterol para beber, por si no tienen bastante.

- Juega y calla –intervino Evaristo.

- Hacer eso a unas pobres vacas, hombre, habráse visto.

En ese momento le vienen a Celso las imágenes de los cuatro animales. Esas cuatro vacas se han convertido en las nuevas dueñas de sus pesadillas. Espanta la visión con cierta facilidad y sigue a lo suyo, medio hablando solo, reconfortándole su hábito nuevo de molestar a Evaristo en lo más profundo de su religión: las cartas.

- ¿Qué les habían hecho esos pobres animales? –continuó-. Como hay Dios que no hay bestias mejores y más nobles que las vacas.

- Y más tontas tampoco –le atacó Evaristo-. Venga, habla, que te toca.

Evaristo se impacientaba. Cuando llevaba buena mano debía ir rápida la partida. Era como si los reyes le pesaran entre los dedos, necesitaba arrojar las cartas cuanto antes y llevarse su botín de tantos y amarrecos.

- Si llego a saber antes… -Celso calló enseguida, dueño de su error. Dio un vistazo alrededor. Nadie sospechaba nada. Simplemente miraban el tapete como esperando una declaración de guerra-. Digo que si llego a saber lo que hacían allá arriba, les aparezco con una barra de hierro y les reviento la cabeza a todos. Mus –dijo Celso con una sonrisa muy suave.

Evaristo no podía más. Estaba convencido de que sus dos reyes y las treintaiunas que llevaba serían descubiertas enseguida. Pero la partida había comenzado, acabaría pronto y podría tirar las cartas sobre la mesa. Se relajó y dijo:

- Ya era hora. Y por favor deja de decir burradas. Menos mal que algún chivato se te ha adelantado, animal. Cinco envido a grande.

“19 detenidos en Navarra y Francia por engorde ilegal de vacuno. Un sospechoso es veterinario del Departamento de Agricultura navarro”. (EL PAÍS, 2005.12.03)

sábado, 8 de marzo de 2008

Compromisos

Sabía que el blog iba a tener un problemilla: la periodicidad. Me consolaré pensando que dos de los principales escritores españoles piensan igual: Eduardo Mendoza dejó su columna semanal en El País con el miedo todavía en el cuerpo por mandar cada aportación a tiempo y Almudena Grandes, al relevo, confiaba en sus dioses paganos para poder mantener las fechas de entrega.

Lo malo de los compromisos es que hay que cumplirlos. Y cuando pasa el tiempo y nos acostumbramos a no cumplir, es complicado cambiar. Bueno, supongo que el cambio es complicado siempre. La vida es una porquería porque cuando consigues estar bien y conforme y disfrutando es justo un segundo antes de darte cuenta de que hay que ir cambiando. Qué le vamos a hacer.

Ese momento de descanso después de conseguir algo es uno de los mejores que acabamos teniendo, así que supongo que no hay nada de malo en alargarlo, en disfrutarlo. Pero luego –o casi al instante- a muchos nos viene un vacío raro e incómodo. Admiro a las personas que no se complican la vida, que son capaces de mirar a los próximos años y verlos todos igual y no rasgarse las venas. Es un síntoma de verdadera inteligencia, de sentido común, de educación –que no es otra cosa que responder satisfactoriamente a lo que nos va pasando-.

Por otra parte, he calibrado otra opción –mediocre, vulgar, impropia-: escribir sólo cuando Dios me dé a entender. La he rechazado casi de inmediato: prefiero no cumplir que engañarme a mí mismo. Así que, querido público –donde quiera que esté-, temo comunicarles que iré escribiendo, siempre en fecha de sábado, y si todo va bien, uno tras otro.

Ahora son casi las seis de la tarde. Hoy también daré una vueltita. Corta. Seguro. Creo que cenaré con un amigo, y luego quedaremos con más gente, y después ya se verá. La noche que se sale por ahí es siempre una puerta abierta a lo que pueda pasar, si bien generalmente nunca pasa nada. Aunque no sé, hoy me da…

Por cierto. 119. Y bajando.

sábado, 23 de febrero de 2008

Blog de taperguare

Hoy no pienso complicarme con la paginita del blog. Son ya las ocho, y no me sale nada, no estoy ocurrente. Además, luego salgo de juerga y ya estoy nervioso, como si tuviera dieciocho años o simplemente no fuera a hacer lo de siempre, el ridículo. Qué bien.

Esta mañana he estado por Pamplona. Parecía primavera, había por las calles un entusiasmo falso producido por el buen tiempo. Supongo que así empezaron en el Sur y ahora saben vivir mucho mejor que aquí. Pero bueno. Les vamos a la zaga.

Siguiendo en la línea del último día, recupero un escrito de hace un tiempo. Es un ejercicio de un curso, sobre redacción de cuentos. Otro día hablamos de los cuentos, en serio. Un mundo aparte.

Lo dicho, hoy toca blog de taperguare. Lo siento. Pero comprendan. Que uno ya no está para desperdiciar oportunidades.


¿Qué pasaría si los Rolling Stones lo dejaran definitivamente?

Creo que no es imprescindible hacer ciencia-ficción, pero no he podido contenerme. Sus Satánicas Majestades. En casa para siempre. Sin dar conciertos. En albornoz, supongo. Cuidando los rosales de los jardines de sus palacios. Jugando al escondite por sus dominios -con GPS, para no perderse- con sus hijos y nietos (todos de la misma edad). Asistiendo con sus mujeres e hijas (también de la misma edad) a fiestas benéficas de a mil dólares la cena en las que actrices espléndidas se retuercen como columnas salomónicas ante las cámaras mientras sus parejas intentan no hablar demasiado para que no se les note todo lo que se han metido.

Volvamos a la pregunta, y hagamos un símil. Una noticia a la altura de la disolución de los Rolling sería el cierre de la Ford. Recordemos que Sus Diabólicas Majestades y la Ford llevan ahí toda la vida, desde el comienzo de sus respectivos negocios. Son pioneros. Son populares. Han tenido productos (el Modelo T o el Fiesta, Satisfaction o Angie) que han llegado a todos. Cada nuevo lanzamiento (un coche, un disco) es bendecido por millones de fieles. Tal vez ya no brillen como antes, puede que su momento haya pasado, pero siguen facturando. El Buen Dios sabe que lo siguen haciendo, amén aleluya.

A lo que vamos: supongo que se llenarán titulares. Nadie se lo creerá del todo. Se apostará sobre cuándo y por cuánto volverán a reunirse para hacer, otra vez, la última gira. Aparecerán expertos a los que no se debiera haber preguntado explicando los motivos de la separación. La basura rosa repasará los pecados y los excesos del grupo: un tribunal, jugando a hacer periodismo, dictará sentencia. El veredicto sabrá a envidia, consciente el tribunal de que nunca llegará ni siquiera a imaginar un vicio de tanta calidad como el juzgado esa noche. El colofón, la guinda al programa: algún perdedor asegurando haber sido alguien en su momento, diciendo que estuvo cinco minutos en el camerino, con los Rolling, en aquel concierto del Calderón. Dirá que les vio enterrar sus cabezas en montañas de coca tan anchas como las Rocosas mientras abrazaban a mujeres desnudas empapadas en bourbon. Lo dirá con envidia.

Mientras tanto, tal vez, en alguna bajera de ensayo –sucia, mal ventilada- algún joven músico, empeñado en dominar los acordes, se alegre de que la edad haya por fin expulsado a los mercaderes del templo. Quien sabe, puede que ese chico no se dedique a adorar a grupos ni a personas. Puede que simplemente le gusten las canciones. Píldoras vivas y perfectas de 4 minutos, placebo para el alma y los sentidos, emociones tan largas como el sabor de un chicle y que a veces nos llegan justo en el momento preciso, se nos quedan marcadas a fuego y nos acompañan para siempre. Ya era así hace cuarenta años. Ahora…

Ahora todo eso se ha acabado. Hoy los niños cantan en la tele canciones con letras de mayores. Hoy hay sopa para todos. Hoy hay escuelas que te sacan con fórceps el cantante que llevas dentro, no importa lo abominable que sea. Y lo hacen con fe, como si fuera un deber, con el convencimiento de los cruzados. Eso sí: a veces un buen amigo te trae algo, lo escuchas, y te sorprende. Sucede muy de vez en cuando, pero cuando sucede, apago la radio y lo disfruto.

sábado, 16 de febrero de 2008

Triunfando

Me considero un genuino representante “de letras”. Con esta expresión, al menos hasta hace unos años, se designaba a los que estudiábamos principalmente para ganar siempre al Trivial, y para poco más. Historia, Lengua, Literatura, Idiomas Muertos y Bien Muertos, Geografía, Filosofía… Nos hemos distinguido siempre por tener más habilidades sociales que los “de ciencias” -cuando no estamos deprimidos-, y sobre todo por nuestra absoluta nulidad no sólo para encarar con posibilidades de éxito la vida actual, sino también para comprender con un mínimo de dignidad por qué se eleva un avión, por qué flota un barco, y por qué aparecen personas y paisajes tan parecidos a los reales –pero en pequeñito- dentro del aparato del televisor.

La televisión. Ese sí que es un invento. Qué buena es. Te sientas, y ya está. Que quieres ver Arte, ahí te enseñarán los dibujos del cole del hijo de la Obregón cuando no se está comiendo las alcachofas –de los micros, se entiende- de los periodistas. ¿Quieres Ciencia? Pues lee el historial médico y adictivo de los Matamoros y ya casi tienes el doctorado en Farmacia. Los Debates: la Esteban y el Lequio, la Bella y la Bestia –elige tú-, ahí es nada. Bueno, y no te olvides del Periodismo de Investigación, el que hace guardia día y noche junto al contenedor de la basura de la Pantoja para descubrir que ésta come chorizo del que pica. Todo. Todo lo que debemos saber, con mayúsculas y al alcance de la mano. Y no sólo eso. Ahora también la ayuda práctica e imprescindible para algo que se ha convertido en una prioridad nacional: sacar el artista que todos llevamos dentro.

Porque todos tenemos dentro un artista. En serio, de verdad de la buena. Si lo dudas es que no ves suficiente tele, y oye, eso no es bueno. Todos tenemos la obligación moral, el deber sagrado de sacar afuera el artista que somos desde siempre y no sabíamos. Pobrecillo, ese pequeño Bustamante dentro de nosotros, predestinado por un duende cabrón a una vida vulgar y sin brillo, un trabajo mediocre y unas relaciones nada V.I.P.’s.

No. Eso se acabó. Ahora, si tienes un sueño, hay toda una autopista asfaltada para llegar a él. Creo que nunca agradeceremos lo suficiente al Buen Dios la existencia de programas que te cogen de la mano y te ayudan a cumplir con tu Destino. Sé que hay detractores –perdedores frustrados, principalmente- que dicen que en el fondo lo que hacen es cogerte de las pelotas y ponerte allí donde ellos quieren, para exprimirte y sobre todo exprimir a una inmensa mayoría, consumidores de basura musical, visual y de todo tipo. No les hagan caso, son perdedores que no venden.

No sé, por ejemplo. Vamos a ver. Imaginemos que un amigo mío siempre ha sido bueno cantando. En las funciones del colegio, cuando no levantábamos un metro del suelo, siempre era él el que hacía los solos cuando nos vestían de corderillos o de árboles. Puede ser que a veces se atorara un poco, o que el miedo escénico le hiciera deshidratarse y le dejara semicomatoso, pero ahí estaban sus padres reforzando su vocación, armados con cámaras de fotos y de vídeo para sustentar gráficamente los inicios de la prometedora carrera del niño. Mira la Britney, qué maja sale en las fotos de cuando era cría, en las funciones del colegio.

Y ahora, en serio. En el fondo, lo más probable es que mi amigo disfrutara destacando sobre los demás. Y esa droga, como todas, es muy difícil de dejar. Y no hay nada malo en eso, supongo. El reconocimiento y el aplauso son el alimento del complicado y enorme ego de los artistas. Éstos no serían nada sin un ego a prueba de tanques, capaz de hacerles ver algo allí donde de momento no hay nada, o donde puede que haya algo que nunca será apreciado más que por cuatro locos como él. Pero perdona, que estaba hablando de mi compañero de colegio.

El chico va creciendo, lleva una vida aparentemente normal, y en un momento dado se apunta a un concurso de esos de la tele. Los castings de esos programas son sublimes. Son karaokes industriales donde la gente se lo toma en serio, se lo cree, de verdad. Y no digo que no haya gente con duende, con alma… con arte. Claro. De eso se trata. De seleccionarlos y de facilitarles las cosas lo suficiente como para que se olviden de lo que querían y cuál era su magia, si es que la tenían. No cabe duda de que las personas que ganan en esos programas tienen cualidades -ya me gustaría a mí tener aunque sólo fuera una-, y me alegro de que lleven la vida que llevan, posiblemente mejor que la que tenían. Son eficientes y guapos, no desafinan y han aprendido a respirar cuando deben. Pero me he vuelto a ir. Estábamos hablando de arte.

No, no era ese el tema. Me doy cuenta de que debo acabar, estoy desvariando. He empezado hablando de televisión y ahora estoy con el arte. Estoy mezclando aceite y agua. A uno de ciencias posiblemente nunca le hubiera pasado. Pero en fin, ya se sabe cómo son...

sábado, 9 de febrero de 2008

Sanfermín again

De vuelta a los sanfermines...
Desde pequeño, siempre tuvieron el aura de lo prohibido, la magia de lo que no se debe tocar. ¿Quién podía resistirse?

Acababa el curso en junio y nos ponían a salvo del Mal en el pueblo, a tan sólo unos pocos kilómetros de Pamplona. Demasiado cerca. Éramos como los niños de Londres en 1940, yendo a la campiña por si bombardeaban los alemanes. Al estar al Sur de la ciudad, solían llegar al monte globos de helio que algún enano desaprensivo había perdido en Pamplona. Se quedaban enredados en las matas, y para cuando los rescatábamos solían estar ya medio desinflados. Pero de todos modos nos hablaban de otra vida que no tenía que ver con el pueblo, ni con la cosecha de trigo, ni con las tardes larguísimas y aburridas sentados a la sombra del frontón.

Algunas noches los mayores nos llevaban a ver los fuegos artificiales. Preparaban una ruta segura, con una vía de escape siempre abierta, y solíamos volver en torno a las doce de la noche, casi perdiendo los zapatos como Cenicienta. A pesar de ello, nos daba tiempo para ver la alegría sucia de la Fiesta. Nos reafirmábamos en nuestro deseo de crecer y ser mayores.

Por fin llegó ese año en que ya no era posible por más tiempo que no fuéramos a Sanfermín. Curiosamente, no recuerdo cuándo fue, aunque recuerdo muy bien el seis de julio en que tenía 18 años. Llevaba 7 días con el carnet de conducir y 6 trabajando. Repartía donuts, palmeras y porquerías riquísimas por Pamplona. Había quedado con mis hermanos y con mis primos, como siempre aparecieron amigos y amigas de ellos. Llegué tarde, ya me había tomado algún champán con algún cliente del trabajo, y no sé ni dónde aparqué, aunque luego recuerdo haber encontrado la camioneta, una vieja Seat Trans, y haber bajado a casa -a unos 3 kilómetros-, con mi cuñada al lado diciéndome que no me preocupara "por la conducción", que ella se encargaba de las marchas. Y así fue. Yo le decía: "ahora", pisaba el embrague y ella cambiaba de marcha desde mi derecha, sentada en el asiento del copiloto. Vamos, un equipo perfecto y con un puntito etílico.

Aquellos años bajábamos a comer a casa el día del Chupinazo. Mi madre preparaba mucha comida, porque era un sorpresa absoluta cuántos y quiénes apareceríamos a comer ese día. Recuerdo años de estar comiendo (totalmente borracho, pero entero, aguantando el tipo como los demás) junto a personas que no conocía de nada. Tampoco mis hermanos o mis primos les conocían, simplemente los habíamos ido recogiendo por ahí. Mi madre ponía cara de preocupada, recelaba de la salvación de nuestra alma y ya nos veía a todos en el infierno, pero en el fondo se lo pasaba bien, le hacíamos gracia. Los cuartos eran ocupados por los menos resistentes a la bebida, que dormían hasta que volvíamos a subir a Pamplona, por la tarde. Mi madre vigilaba con celo la ocupación y la rotación en las habitaciones, sabía quién entraba y salía del comedor y por qué. Supongo que no quería que hubiera sexo en su casa ese día. Y es normal.

La primera vez que besé a una chica fue un seis de julio. Le acompañé hasta la parada del autobús, incluso por un momento pensé acompañarla a casa -ella también lo pensó, ahora estoy seguro de eso-, pero mis prioridades cambiaron cuando eché la vista atrás y ví la calle San Gregorio y San Nicolás llena de gente. Era como un reto, -hoy lo sigue siendo-, ir de un sitio a otro, acudir al lugar al que has quedado con no sé quién e irte encontrando mientras tanto con gente conocida. El seis de julio es el día en el que los de Pamplona y sus alrededores nos disfrazamos. La ropa blanca, el pañuelo rojo, hace la misma función que un disfraz: todo está permitido, si eres habilidoso y tienes gracia.

Bueno, creo que por hoy ya basta, iré añadiendo más cosas, por supuesto, y seguro que cambio esto varias veces, pero de momento...

sábado, 2 de febrero de 2008

Estreno

Sábado a la tarde. Empieza a oscurecer. Tanto oir hablar de blogs... Esta vez, voy a hacer algo al revés que en otras ocasiones. En vez de hacer un plan perfecto para saber muy bien qué es un blog y luego no hacer nada (como siempre), este lo he creado ya. Luego, ya veremos qué pasa. No importa mucho, porque creo que nadie lo va a leer...

El título del blog: es de un libro de Hermann Hesse. Un buen libro. Pero es difícil de leer, eso es verdad. Hay veces que parece que no dice nada, que no avanza. Pero lo hace. No es un buen libro para los que tienen muy claro cómo son las cosas, para los que están en posesión de la Verdad.

Qué de gente sabe cómo son las cosas. Lo que es bueno, lo que es malo... Eso está bien, supongo. Da seguridad, y se duerme mejor. No sé, por ejemplo. Pensemos que yo sé que las morsas son los mejores animales del mundo. Igual es porque me lo han dicho siempre, o tal vez lo piense porque un día me dio por ahí. El caso es que encuentro gente como yo (alguno habrá), y nuestra creencia se refuerza. Igual surge algo de cariño, pero sin pasarse, que estamos en cosas serias. Luego organizamos reuniones con cierta regularidad, y hacemos un tratado: "Acerca de Por Qué las Morsas Sí y otros Bichos No". Lo leemos, lo recitamos. Algunos hasta se lo aprenden de memoria. Todo va bien. Ya no entendemos cómo otros no ven lo obvio, cómo hay quien quiere a perros babosos y gatos engreídos. Hombre, hay que reconocer que no todo es siempre de color de rosa. Es perturbador cuando te encuentras con alguien que no piensa igual y encima argumenta y además defiende sus ideas erróneas. Supongo que entonces lo que tendría que hacer es pensar que está perdido, que es malo, que lo han sugestionado. Luego iría corriendo donde los míos para que me diesen fuerzas. Un problema serio podría plantearse el día que no sólo yo, sino todos los del grupo nos hayamos encontrado con gente así, equivocada. Entonces, ¿quién anima a quién? Tendríamos que haber nombrado antes a alguno de nosotros como Superior, alguien a quien nunca alcanzara la duda ni la tibieza. Entonces iríamos donde él, y nos reconfortaría. Qué bien. Las noches volverían a pasar tranquilas, sin dudas.

No sé, últimamente es de las cosas a las que más vueltas doy: me asombra la seguridad de tanta gente.

Bueno, ya ha oscurecido del todo aquí en Pamplona. Creo que faltan ciento cincuenta y pico días para Sanfermín. Yo creo en Sanfermín. En cómo pueden las personas, cómo puede una ciudad tan de toda la vida como Pamplona cambiar de repente en los pocos minutos que rodean a las doce del mediodía del día 6 de julio. Es un sueño real.